Había apurado la botella con calma, trago a trago, sentado en la cama. No la había soltado siquiera cuando los vapores del caldo francés le habían nublado la mente y se había adormecido. Aún la sujetaba cuando se abrió la puerta y pensó que soñaba las dos figuras que entraban. Sonrió cuando vio a la mujer. Una mujer con la que calentar la cama. Era exactamente lo que necesitaba.
Sin embargo, la voz de Lázaro vino a romper todas sus ilusiones. Más aún sus palabras. ¿Devolverla? ¿Llevarla de nuevo? ¡Que lo colgaran si quería volver a vérselas con el abogado! ¡Y mucho menos borracho como estaba! Si Lázaro no hubiera dicho lo de la recompensa he habría lanzado la botella sin dudar. Prescindir de ella facilitaba las cosas, podía soltarla en su casa, llamar y marchar, evitando todo problema. Renunciar al dinero haría que renunciaran a toda pesquisa, ya de puestos, y eso, tras el incidente de la timba, les beneficiaría. Aún así tenía que intentarlo...
-¿Llevarla? Estoy borracho. Y dormido. Llevadla vos si os place, señor, yo no puedo moverme más por hoy...
-Y que sea ya.
Y por si fuera poco, estaba de mal humor...
Era tarde y la moza era reacia a quedarse en la hacienda. Tuvo casi que arrastrarla hasta allí y luego convencerla con suaves palabras de que volvería. Mañana. A por la recompensa. No lo dudéis. Un suave beso y un par de caricias que dejó que ella adelantara. Cuando llegó de regreso a la taberna, ya el amanecía y sus compañeros no tardarían en bajar. Se habían acostumbrado a ello de un modo casi militar. Se reunían al amanecer, recibían órdenes, y si no eran inmediatas, volvían a dormir mientras pudieran, de modo que ya estaban gastando parte del botín del día anterior en cerveza, pan y algo de carne cuando llegó el bardo con las nuevas de la Revoltosa.
- ¿Amy?
Los hombres se miraron y apenas tuvieron que hablar. Vaciaron sus vasos y en apenas unos minutos ya habían recogido sus escasas pertenencias y estaban listos para partir de nuevo.
-Por el báculo del Papa, ya podían haber esperado un par de días más vuestra zagala, ¿no? Malditas las ganas de echarse de nuevo al camino...
Pero volvieron al camino, como siempre hacían.
-Pezzo di... ¡Si no me habéis dado tiempo de desayunar!
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16 de junio de 2012
8 de junio de 2012
Persiguiendo a Amy 56 .- Lázaro
Cuando llegaron a la taberna encontraron de nuevo sentados en la taberna. Volvían a ser solo dos, pero al menos Servando era uno de ellos.
Mostraba durante apenas un segundo esa dentadura perfecta que ni los años ni las peleas ni la mala vida habían logrado perjudicar, y luego juntaba los labios en ese gesto que retenía todas sus emociones en una media sonrisa pícara, retadora. Le hacía parecer un ángel encantador, lleno de vida, alegría y bondad a quien uno bien querría entregar alma y vida sin reservas… hasta que el brillo de sus ojos, esos cristales castaños que achinaba ligeramente al sonreír indicaban que, de ser un ángel, bien seguro era uno de aquellos que habían seguido al Maligno en su caída.
Y no era maldad lo que brillaba en sus ojos solo… solo eso. Problemas.
-¿Salvatore y Leonardo?
-El bardo dijo que no lo esperáramos despierto. -Servando se rió y se pasó la mano por la calva, luego miró a la joven de reojo. -Y tu her... digo... Leo agarró una francesa y se fue a la habitación a dormir con ella. -Señaló escaleras arriba. -Nos dieron dos, las dos del fondo. Está en la última.
Lázaro miró de reojo a la moza. Había apretado los dientes y se le habían subido los colores a la cara. Imaginaba perfectamente a qué se refería el hombre, así que tiró del brazo de la zagala escaleras arriba, sin permitirle quejarse. Llegó a la puerta y entró sin llamar.
Su hermano estaba allí, tumbado boca abajo en la cama, aún sujetando el cuello de la francesa. Una botella del vino francés al que tanto se había acostumbrado en sus épocas de falso noble. Alzó la mirada al ruido de la puerta. En un principio pareció sorprendido ante la mujer, pero enseguida sonrió cuando la reconoció. Maldita fuera su estampa.
Lo vio sonreír y en lo primero en
que pensó fue en partirle la cara. Conocía demasiado bien esa sonrisa y sabía
que en la mayoría de los casos solo significaba una cosa: problemas.
Mostraba durante apenas un segundo esa dentadura perfecta que ni los años ni las peleas ni la mala vida habían logrado perjudicar, y luego juntaba los labios en ese gesto que retenía todas sus emociones en una media sonrisa pícara, retadora. Le hacía parecer un ángel encantador, lleno de vida, alegría y bondad a quien uno bien querría entregar alma y vida sin reservas… hasta que el brillo de sus ojos, esos cristales castaños que achinaba ligeramente al sonreír indicaban que, de ser un ángel, bien seguro era uno de aquellos que habían seguido al Maligno en su caída.
Y no era maldad lo que brillaba en sus ojos solo… solo eso. Problemas.
Su sonrisa te pedía el alma y ya había visto a muchas mujeres regalársela. Clamaba por tu vida y más de un hombre la había dejado a sus pies. Y él, sin reservas, cobraba sus rentas en el amor y con el acero sin dudarlo, sin reservas. Así el Altísimo lo confundiera.
Pero esta vez no podía consentirlo.
-Llévala a su casa. Y no quiero volver a verla. Aunque tengamos que renunciar a esa recompensa, voto a tal que los problemas que nos está buscando no la compensan.
5 de junio de 2012
Persiguiendo a Amy 55 .- Salvatore
Salvatore remató con disgusto al desdichado arrodillado a sus pies,
limpiando el filo de su daga con su pañuelo antes de envainarla. Siguió a los
demás escaleras arriba hasta abandonar aquel antro, y miró al cielo. Aún era
noche cerrada, tenía tiempo. Sonrió.
- Caballeros... -hizo una reverencia, quitándose el sombrero, como si fuesen señores- ¡no me busquéis hasta por la mañana! ¡Nos veremos en la taberna de antes! -apuntilló ya desde lejos, perdiéndose tras la esquina de una callejuela.
Tenía buen sentido de la orientación, en unos minutos había llegado, escurridizo como una sombra, hasta la casa de la amiguita de Leonardo. Las contraventanas de la habitación de la criada no estaban cerradas, así que se aventuró a lanzar un guijarro contra el cristal, escondiéndose después entre las sombras del callejón, al acecho. No había pasado ni un minuto cuando las ventanas se abrían, asomando la cabeza de la joven. Salvatore sonrió, era evidente que la muchacha lo estaba esperando, y su sonrisa se ensanchó cuando le dijo que su señora no estaba en la casa. Antes de que terminara la frase Salvatore había trepado al balcón con la agilidad de un felino, y se colaba por la ventana.
La muchacha era pequeña y algo flaca para su gusto, pero tenía unos ojos bonitos y una sonrisa dulce. No le costaría demasiado seducirla, aquel brillo en los ojos ya la delataba, pero aún así sacó su laúd y, arrodillándose ante ella le cantó muy bajito una mentira que ella, arrobada de gozo, quiso creerse, y alabó sus oídos de criada con palabras que merecería una princesa... Porque tenía debilidad por aquellas pobres muchachas cuya juventud se marchitaría fregando, o cocinando, o barriendo, o en las más brutas tareas, y que probablemente se entregarían a otros más bárbaros que no se tomarían la molestia de cortejarlas. De modo que cantó para ella con su mejor voz:
Desd´el día que miraron mis ojos vuestra presencia,
de tal forma se mudaron, que no consiente ausencia.
Vuestros amores é, señora, vuestros amores é...
Tengo siempre el pensamiento en servir i contentaros,
que vuestro mereçimiento jamás me dexa olvidaros.
Vuestros amores é, señora, vuestros amores é...
Es vuestra gentil figura tan perfeta y acabada
que con gracia y ermosura teneis mi vida rrobada
Vuestros amores é, señora, vuestros amores é...
Pues quiso mi ventura que de vos fuese cativo,
dadme vida sin tristura, pues por vos muriendo bivo.
Vuestros amores é, señora, vuestros amores é...
No hizo falta mucho más para que la pobre se rindiera a los encantos del bardo, aquellas eran conquistas con poco riesgo y poco mérito, pero se entregaban casi con candor, y eso le hacía sentirse algo incómodo cuando abandonaba el cuarto a hurtadillas, en la madrugada. No pudo resistirse a darle un beso antes de salir de nuevo a la noche, creyéndola profundamente dormida. Mas la chica despertó, y al verlo vestido, unas lágrimas silenciosas acudieron a sus ojos. No parecía extrañada, sólo triste. Lamentó no haberse ido antes. Y cuando buscaba desesperadamente algo que decir, fue ella la que habló:
- Es por esa tal Amelia a la que buscáis, ¿no? ¿vos también la amáis, no es así? A fe que es bella... -hipó, secándose las lágrimas con la sábana.
Salvatore se acercó y la cogió por las muñecas, mirándola a los ojos:
- ¿Habéis visto a Amelia? ¿está aquí?
-La mujer forastera de los ojos verdes y larga melena... -la chica, algo asustada, desistió de la escena de celos, y contestó a las preguntas con la mansedumbre de años de servir- Esas... mujeres siempre llaman la atención allá por donde pasan. La vi hace dos o tres días en el mercado, compraba comida para marchar hacia la capital. Iba vestida con un peto de cuero, como un hombre, y llevaba una espada corta, como los demás hombres con los que iba.
- ¿Un peto de cuero? ¿como los de los soldados? ¿eran soldados? ¡vamos, cuéntame! -le dijo, con cierta urgencia.
- Esa... esa impresión me dio, mercenarios que marchaban a la capital, como muchos otros han hecho desde que empezaron los conflictos...
- Grazie mille, cara...
La muchacha aún lloraba cuando la besó por última vez y salió por la ventana. Aún no había amanecido, pero tenía que correr a la posada y despertar a Leonardo y los demás. Tal vez la Revoltosa estuviera en grave peligro.
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(Salvatore por Sherezade)
1 de junio de 2012
Persiguiendo a Amy 54.- Lázaro
-¡Señor! Parad, os lo ruego...
Y por la misa que no era otra su intención... Echándose a un lado apoyó la espalda y la cabeza contra el muro más cercano, mientras Hernán se enfrentaba al último hombre.
-Sé que me arrepentiré de esto, Hernán, pero déjalo con vida. Por lo visto tiene quien se preocupe por él...
Observó la figura estática que los observaba envuelta en la oscuridad y no pudo reprimir un gemido preocupado, más cuando Hernán ni siquiera se había percatado de su presencia. El tiempo que había pasado con los monjes no le había lavado del alma las supersticiones que le habían inculcado de pequeño las mujeres de la casa donde "trabajaba" su madre: el hecho de que el timbre de la voz no se le antojara del todo extraño, no le quitó esa sensación amarga. La Dama Negra que llegaba al final, siempre al final, para acompañarte hasta la otra orilla, junto al Altísimo. La Gran Meretriz, que decían las rameras, compañeras de su madre, con la que al final, todos nos acostamos.
Los monjes decían que no eran más que leyendas estúpidas, que la muerte no era más que un proceso por el que el alma viajaba junto al Señor, no una dama... pero él no podía dejar de imaginarla así, con el rostro cubierto por los velos oscuros y esos labios capaces de llevarte al otro mundo con un simple roce...
-No lo mates, pero tampoco seas demasiado blando... No tengo ganas de volver a cruzármelo mientras estemos en Huesca. Y vos no os preocupéis, señora. Dejaremos a vuestros compañeros con vida... Lo intentaremos, al menos.
Torció la boca en su sonrisa más amarga y, apoyándose en el arma, recogió el atado con el hábito del suelo.
Mientras tanto, Hernán había sacado una
botella de debajo de la capa y le daba largos tragos, entrecerrando los ojos
con deleite.
- Tienes mal aspecto… ¿Te apetece un trago? ¡Delicioso! Estos curas se
lo montan bien con el tema del alcohol… Por cierto, deberías esquivar las
espadas antes de que te corten...
- ¿Esquivarlas? Que te aspen, Hernán... ¡Maldita sea! Casi nos matan por una botella de vino... Casi me matan, al menos.
Pero no pudo evitar reírse. Ese tipo alto siempre lo sorprendía... Se volvió para analizar fríamente, ahora que su vida no estaba en juego, a la sombra del callejón.
Así ardiera en el infierno si no la conocía. Era la damisela en apuros. No era otra que la muchacha del camino. El Altísimo la confundiera, no les iba a traer más que problemas. En mala hora habían aceptado llevarla con ellos...
- ¿No deberíais estar ya en vuestra cama? No creo que este sea lugar para una dama como vos... ¿Y qué tenéis que ver con esta... escoria?
Sonrió ante el apelativo. No eran más escoria que ellos mismos. La joven en cambio, no parecía preocuparse ahora lo más mínimo por los individuos heridos. Los miraba, en cambio, entre preocupada y asustada, alternando la vista entre él y Hernán, y apenas tartamudeó un par de palabras. Una de ellas, el nombre de su hermano. El muy hijo de... Volvió a sonreír. Sí, esa era la expresión exacta.
Decidió que, antes de nada, lo importante era sacarse del medio, evitar una posible guardia, y llevar a la moza a un lugar seguro ¿Qué lugar seguro podían encontrar en Huesca? ¿En una ciudad que no conocían? Decidió que lo mejor sería no perderla de vista y buscar a los demás. Había dejado a los otros en la taberna y allí los encontraría, casi seguro.
Agarró a la joven del brazo y le hizo un gesto a su compañero.
-Vamos, con suerte encontraremos en la taberna a vuestros dos amorcitos. Al menos, Hernán, seguro que al tuyo sí...
30 de mayo de 2012
Persiguiendo a Amy 53.- María de Quintana
A pesar de todo lo acontecido ese día, María no podía dormir. Estaba
cansada, pero aún demasiado agitada y nerviosa como para permanecer en la cama
dando vueltas. Se levantó sin hacer ruido, se vistió como pudo, pues no estaba
acostumbrada a hacerlo sin ayuda de su criada, se puso una gruesa capa de lana
y salió de la habitación con sigilo. La casa estaba oscura y en silencio, pero
la luna iluminaba sus pasos. Llegó a la puerta de las cocinas, que daba a un
pequeño patio, cruzó la verja y salió de allí.
En la calle hacía frío, tanto que María se quedó parada largo rato hasta acostumbrarse a la temperatura. Caminó sin rumbo, sintiendo el frío en su rostro. Necesitaba serenarse, calmarse, y olvidar la mirada dura y fría de Leo. El sonido de unos aceros chocando entre sí, la hizo dejar de lado sus pensamientos y prestar atención de dónde estaba. Se vió sola, en una calle oscura y apartada, perdida. Y ante sí, dos hombres luchaban, otro en guardia no les quitaba ojo, y dos más se retorcían en el suelo. Rezó por que no la hubieran visto, pero cuando se iba a girar para volver corriendo a casa, reconoció a uno de los hombres y su corazón se le encogió en el pecho.
- ¡Señor! - no se movió ni un centímetro, pero deseaba salir corriendo el dirección al hombre. No era capaz de reconocer los rostros de los otros cuatro hombres, pero temía que Leo estuviera allí y fuera uno de los heridos - Parad, os lo ruego.
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(María por Xie)
28 de mayo de 2012
Persiguiendo a Amy 52.- Leonardo
Fue una batalla rápida, sentenciada prácticamente desde el primer
encontronazo. No les costó dominar la situación. Salvatore era rápido, Conrado,
implacable y Servando, grande. En cuanto a él, hacía buen uso de sus lecciones
de esgrima. Era grandioso lo que se podía llegar a hacer con un buen maestro. Y
aunque muchos podrían pensar lo contrario, la Compañía de Teatro a quien su
madre había encargado su educación estaba llena de buenos maestros. ¿Quién iba
a haberlo educado mejor? Los de la farándula le habían enseñado todos los usos
y costumbres de los nobles hasta el hecho de pasar por uno mejor que los
propios descendientes de las más antiguas familias. A fin de cuentas, vivían de
ello. No podían cometer el menor error. Y en la esgrima era exactamente lo
mismo. Leonardo aprendió las mejores coreografías, las mejores estocadas, las
mejores defensas, de un simple actor.
Pero los había aprendido bien. Apenas lucía un par de cicatrices fruto del acero, y una se la había causado Amelia, así que no podía contarla... La revoltosa había destilado la sangre de ramera y mercenario en una mezcla insidiosa y encantadoramente letal... Y de todas formas él no sabía alzar las armas contra su hermana.
Pero contra esos impresentables, no tenía el más mínimo remordimiento. Llegó el último a la fiesta, pero enseguida se avino a ella, esquivando mesas y sillas, tiñendo su arma de escarlata. Pronto los jugadores perdían la partida e imploraban piedad sollozando como niños de cuna. Escoria entre la escoria, perfecto.
Leonardo paladeaba el placer de la victoria, cuando notó las miradas de sus tres compañeros clavadas en él. Sorprendido, se recorrió el cuerpo con la mirada, pero no encontró motivo para tal expectación. Luego cayó en la cuenta. ¿Pero qué se creían, que era Lázaro?
-Vaya... ¿Qué queréis que os diga? No podemos dejar que se vayan de la lengua, pero...
No llegó a terminar la frase. Conrado ya había clavado su espada en la garganta del hombre más cercano, que murió con un gorgoteo húmedo por toda queja. Lucía una sonrisa que habría dotado a su rostro de una belleza y dulzura que no podía menos que helar la sangre del mismo diablo. Conrado solo sonreía así cuando la muerte servía a sus manos.
-Bueno, sea. Muertos no hablarán, y aquí tardarán en encontrarlos.
Dio un paso hacia la puerta, hundiendo su acero en el pecho de uno de los truhanes, que luchaba por ganar la salida.
-Que no escape ninguno o estaremos en un lío mayor...
Tuvo que gritar, para ser oído. El puñado de hombres se alzaron y retomaron su lucha en un intento desesperado por mantener su alma unida al cuerpo, llenando el aire viciado de la sala de aullidos de rabia desconsolada, la tortura de la muerte anunciada, mordiendo su cuerpo en manos de un grupo de canallas como ellos...
Las armas volvieron a brillar y a bailar en el cuartucho, y para cuando el dolor se silenció, Leonardo se agachó y recogió varias monedas de una bolsa.
-Dejad las armas y parte del dinero. Sí. El dinero. Dejadlo.
Sus compañeros le miraron como si estuviera loco. Pudo ver, incluso, un brillo peligroso en la mirada de alguno que casi le hizo desdecirse, pero ¡que diablos! si habían decidido obedecerle, que fueran consecuentes o por la misa que él seguía sabiendo pelear...
-Coged una parte y dejad el resto a la vista. Y si les quitáis algo, que no se note que los han desvalijado. Cuando los encuentren, porque seguramente los encontrarán, pensarán que se han matado los unos a los otros por una mala partida. Y eso ha sido. Su última mala partida.
Sonrió, con esa sonrisa retadora, pícara, que hacía perder la cabeza a muchas mujeres y que desquiciaba a los hombres hasta el punto en que había desnudado aceros y damas solo por ella.
-Y vámonos cuanto antes. Estoy harto de esto y necesito una copa. Vosotros, desgraciados, ya habéis bebido bastante -se echó a reír- y a mí entre la moza y vuestras correrías, no me habéis dejado probar ni una gota...
25 de mayo de 2012
Persiguiendo a Amy 51.- Salvatore
Por fin, en aquel tugurio oscense la jarana había comenzado. Salvatore
sonrió. Su cuerpo perdió la rigidez, los pies se adelantaban y volvían a su
posición secundando cada estocada, su mano libre se movía para equilibrar el
torso. En cierto modo, la lucha tenía algo de danza. Y Salvatore era un buen
bailarín.
Lo repentino del combate y la entrada de Conrado y Leonardo pronto inclinó la balanza hacia el bando de los forasteros. Los escurridizos tahúres imploraban clemencia ante los ojos furibundos de Servando. Los matones presentaban resistencia en silencio. Un navajazo certero a punto estuvo de rajar la cara del bardo.
- ¡Ma, figlio di...! ¡Nel viso!
Arremetió con lances ágiles y prestos que hicieron retroceder a su
rival. Su daga no era grande, pero en un par de ocasiones se hundió en la carne
levemente, lo bastante para teñirse de rojo. Si le hubiese marcado la cara,
Salvatore lo hubiese degollado sin dudar.
Miró a su alrededor, y vio que la pelea había terminado, los últimos que se resistían miraban resignados al acero a pocos palmos de su cara, desde el suelo. Los tres miraban a Leonardo sin envainar sus armas. Un movimiento afirmativo de su cabeza, y aquellos pobres diablos no verían amanecer. Eso sí, pasase lo que pasase, pensaba recuperar sus monedas y llevarse además todas las de aquellos maleantes. No parecían del tipo de gente que acude a la guardia a dar parte del suceso. Es más, no parecían del tipo de gente que quisiera estar a cien yardas de la guardia. Salvatore pensó que igualmente, después de aquello no podrían quedarse mucho más tiempo en Huesca, podría ser peligroso. Y a fin de cuentas, allí no habían encontrado ni rastro de la Revoltosa…
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(Salvatore by Sherezade.)
23 de mayo de 2012
Persiguiendo a Amy 50.- Leonardo
Llamaron a la puerta y se echaron a un lado. Si abrían, no los
pillarían delante. Tampoco los podrían ver bien.
-¿Santo y seña?
Leonardo miró a Conrado que se encogió de hombros. ¿Pero qué santo y seña ni que... ? El hombrecillo de la puerta se impacientaba, Leonardo podía sentirlo.
-¡Santo y seña!
Leonardo se encogió él también de hombros. Si había que entrar, había que entrar.
-¡Abran paso a la guardia!
Pudo notar el desconcierto del hombre del otro lado de la madera que cerraba la casucha. De todas formas no duró mucho.
-¿Qué estúpido truco pretenden? Por aquí la guardia...
Leonardo se quedó sin saber qué hacía la guardia por esos lares. Se oyó un estruendo apagado, allá dentro, y un juramento por parte del guardia. Lo oyeron alejarse de la puerta corriendo.
-Maldita sea su estampa... ¿Vamos?
Conrado asintió. Se alejaron unos pasos de la puerta y cargaron contra ella, los dos a una. La madera resonó con fuerza, pero apenas tembló. Dentro el ruido era mayor. Volvieron a embestir la puerta. Esta vez se combó un poco. Leonardo se frotó el hombro dolorido.
-Caerá como me llamo Leonardo Medina...
Y cayó. Al cuarto golpe, la puerta se soltó de sus goznes y Leonardo cayó con ella junto al comienzo de las escaleras. Ahora le llegaba mucho mejor el ruido de la lucha. Conrado ya bajaba los escalones. Se levantó y lo siguió, sacando la espada que había ocultado a su espalda.
21 de mayo de 2012
Persiguiendo a Amy 49.-Lázaro
¿Tumbado? ¿Pero había bebido o qué diantres...? No, no lo suficiente,
igual... Tal vez ahí estaba el problema...
La defensa de Hernán le permitió volver a ponerse en pie, aunque la herida le escocía como el mismísimo diablo. Por un momento pensó en dejar a su compañero a cargo de la situación, pero Hernán apenas se dedicaba a defender, basándose en cierto código estricto de honor y zarandajas varias que solo él y el Altísimo conocían.
Aprovechó, pues, que el tipo de cara de caballo atacaba de nuevo para tirar a fondo desde debajo del brazo de su compañero. El acero se deslizó suave entre dos costillas, apenas sin oponer resistencia. El muy cretino ni siquiera iba vestido para luchar... ¿Quién se creían que eran, dos turistas idiotas?
Se vio tentando de soltar el arma, pero el moreno ya estaba en pie y atacaba a Hernán. Dio un tirón seco para liberar la espada de su nueva vaina de carne humana. El hombre de rostro equino había gritado cuando se la clavó, pero ahora apenas gimió mientras caía. Mala herida. El Altísimo lo acogiera en su gloria... o no... Eso ya no era cosa suya, ya bastante había hecho dándole el pasaje al otro mundo...
-No te preocupes por mí, Hernán... Ese es todo tuyo... Sangre para calentar tu otra espada. Con un alma robada, para mí ya es suficiente por hoy...
Se mantuvo, no obstante, espada en alto, a la defensiva, sin perder de vista al moribundo ni al otro, que se retorcía intentando desclavar su mano de la tierra. Maldecía, y junto a los jadeos del moreno en su lucha contra Hernán, los chasquidos de los aceros al encontrarse y los gemidos agónicos del otro, la guerra parecía haber vuelto a aquel perdido callejón. Lázaro sonrió.
Luego volvió la vista al hombre del suelo. En minutos iba a ser cadáver... Otro cadáver más. Le dedicó su sonrisa más amarga mientras le susurraba, más para sí mismo que para el futuro difunto.
-Si hubiera aguantado un par de meses más en el monasterio, te habría podido dar la extrema unción, hermano... Ahora... Ahora nos vemos en el infierno. Pax Vobiscum...
18 de mayo de 2012
Persiguiendo a Amy 48.-Hernán
Tras escuchar las palabras de Lázaro no pudo evitar que se le escapará
un suspiro mientras miraba al su rival, temeroso, en el suelo. No sabía lo que
hacer y las palabras dichas solo le habían suscitado más dudas. Si hubiera sido
una batalla justa le habría matado sin dudarlo un segundo.
- Supongo que me siento generoso - Dijo el hombre quitándole la espada de la garganta - no temas, no te mataré, todavía. Pero no dejare que vuelvas a unirte a la batalla - Continuo diciendo - así que mejor que cierres los ojos, dolerá.
Unos segundos después de decirlo el acero del hombre atravesó la mano de su rival, así no podría empuñar una arma con esa mano. Su rival no pudo reprimir un grito del dolor, pero debía dar gracias de conservar la vida.
- Por desgracia para ti, no me fio lo suficiente de tu otra mano - Dijo Hernán mientras retiraba la mano de la empuñadura - Así que conservaremos clavada la espada ¿Te parece bien? Volveré a buscar la espada, solo espera ahí quietecito.
Aprovechó el momento de tranquilidad para sacar la botella a la luz y observar que estaba intacta. “Menos mal” pensó el hombre alto. Volvió a ocultar la botella bajo la capa mientras su mirada ahora se centraba en la pelea de Lázaro. No le iba tan mal, seguía todavía vivo contra dos oponentes. ¿Acaso los hermanos Medina no le dejarían de sorprenderle?
- Bueno habrá que ayudarle - Dijo Hernán desenvainando la otra espada de su funda - aunque ya no recuerdo si ha pedido ayuda…
Por suerte se decidió ir a ayudarle justo a tiempo, antes de que cayera al suelo, dirigiéndose hacia Lázaro casi corriendo.
- ¡¡Hernán!!
Le llamó Lázaro, parecía angustiado por la situación.
- ¿Qué haces tumbado? – Dijo Hernán apareciendo justo a tiempo y parando la espada del rival - ¿Tomándote un descanso? ¡Te parecerá bonito! Mientras yo sufriendo sin beber de la botella… digo… sin beber desde la taberna…
Hernán se fijó el ahora su adversario, ¿o seguía siendo el de Lázaro?, que había retrocedido unos pasos al ver que las cosas se complicaban. No le podía quitar el rival a Lázaro, cada uno tiene que encargarse de sus contrincantes. Así que haciendo caso a su yo interior, el hombre alto se quedó a la defensiva mientras el señorito se decidía a levantarse.
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(Hernán, a manos de Alexsparda.)
16 de mayo de 2012
Persiguiendo a Amy 47.- Lázaro
Lázaro esquivó otro golpe del aragonés de cara de caballo y retrocedió
un par de pasos. El moreno parecía intentar levantarse de nuevo.
-¿Y yo qué sé? ¿Podrías matarle o darle una patada o algo y ayudarme un poco? Esto duele y el tipo este… -Paró otro golpe. –¡Así el Altísimo lo confunda!
La siguiente estocada del enemigo volvió a pasarle demasiado cerca. No le gustaba hablar mientras luchaba. Lo desconcentraba. Esquiva otro ataque, parada en tercera y otro paso atrás. Estaba retrocediendo demasiado. Demasiado…
¿Cómo era aquella estocada que le había intentado enseñar Leo? Para empezar tenía que tratar de ganarle los tercios del arma a su adversario, haciéndole parar sus ataques con la parte más cercana a la empuñadura. Parar en cuarta y luego... Pero el moreno se alzaba, sujetándose la herida y Lázaro retrocedió otro paso más, tropezando. Paró la siguiente estocada ya desde el suelo.
-¡¡Hernán!!
14 de mayo de 2012
Persiguiendo a Amy 46.-Hernán
- Me ha tocado el enano… - Murmuraba Hernán mientras echaba un pequeño
vistazo a la pelea de Lázaro - Que suerte tienen algunos… Este seguro que me
rompe la botella al no poder atacarme más arriba…
Le encantaba quejarse en cada batalla, fuera por lo que fuese, siendo básicamente su forma de mantenerse centrado en el rival. Aunque su rival no estaba dispuesto a dejarle quejarse en demasía, atacándolo con movimientos rápidos mientras perjuraba a no sé quien sobre que iba a hacer no se qué.
- Encima me ha tocado hablador, - Seguía murmurando - por lo menos, podría aprenderse algunas frases diferentes…
Hernán iba parando los golpes como podía mientras buscaba el momento idóneo para esquivarlo y contraatacar de forma certera. Para ello, el hombre memorizaba los movimientos del rival para poder anticiparse. Aunque parecía que el ya apodado por Hernán como “enano hablador” no repetía golpes.
- ¿Izquierda? - Hernán miró a su rival y según los gestos parecía que esa era la dirección - No, al final es derecha…
El hombre alto esquivó el último golpe a duras penas consiguiendo salvar la botella del filo. Sin darle un segundo de respiro, su rival, volvía a la carga, ahora por el costado. Por suerte el juego de pies del hombre alto estaba a la altura de la velocidad de esos ataques pudiendo volver a esquivar el ataque poniéndose de cara al acero y echándose hacia la izquierda.
- Ahora cambia las tornas - El hombre alto aprovechó el fallo del rival para emprender su ataque - es hora de contraatacar...
Hernán dio un paso hacia adelante alzando la espada y descargándola hacia abajo en un golpe poderoso que a duras penas pudo pararlo el enano con su acero. Era su turno así que ahora la felicidad era extrema. El rival retrocedió unos pasos, cosa que hacían todos pero era algo ilógico, ya que concedían a Hernán volver a preparar otro golpe.
Mientras lanzaba el segundo golpe esta vez en horizontal pudo escuchar a Lázaro preguntarle qué hacía.
El hombre se encogió de hombros mientras veía su acero esquivado, cosa esperada, y emprendía ahora un golpe hacia el costado.
- ¿Luchar, no? – Disimulaba el hombre mientras observaba que su espada impactaba contra la del rival, haciéndole a este ultimo perder el equilibrio y caer al suelo - Ah, es por lo del brazo… Es que… Tengo frío, Lázaro, ya sabes que luchar a estas alturas de la estación y a estas horas hiela hasta la mismísima sangre.
Hernán suspiró al ver a su rival en el suelo y la espada, que instantes
antes había buscado con ansia su carne, a sus pies. No podía negar que le
habría gustado que su rival volviera a coger la espada, pero no podía dejarle
hacerlo.
El hombre alto plantó una de sus botas sobre el acero para que no lo pudiera levantar su rival.
El hombre alto plantó una de sus botas sobre el acero para que no lo pudiera levantar su rival.
- En fin… Cuando empezaba a divertirme… - Dijo con desolación mientras le ponía la otra de sus botas en el peto de la armadura y la espada en la garganta- ¿Qué hago con este Lázaro?
---
(Hernán por Alexsparda.)
11 de mayo de 2012
Persiguiendo a Amy 45.- Lázaro
-Que elijan ellos. No les vamos a hacer ese feo, ¿no?
Los hombres ya estaban desenvainando y se acercaban a ellos.
-Por cierto, Hernán... ¿A ti te suenan de algo? Caballeros... antes de atacar y ya que están tan convencidos de que estábamos en el otro ejército... ¿Pueden indicarnos en cual ejército? Solo por estar informado, vamos... Hemos estado en tantos...
Siempre que se ponía nervioso antes de luchar no podía evitar provocar a los contrincantes. Las florituras no se le daban bien. El de las clases de esgrima era Leonardo. Sacó la daga a hacer compañía a su espada.
-¿Y bien...?
No le dejaron seguir hablando. Los tres hombres cargaron contra ellos a una y enseguida todo fue caos. Cruzó su espada con un tipo ancho de hombros y cara morena. A su derecha, Hernán se batía con otro que apenas le llegaba a los hombros, y que perjuraba a cada embiste, mientras que el tercero, delgado y con un rostro que le recordaba a un caballo famélico, bailaba entre los dos, ora atacando a uno, ora aprovechando un descuido en la defensa del otro. Lo ponía nervioso. Más aún cuando una de las espadas enemigas le pasó rozando la oreja. El Altísimo los confundiera, ya estaba harto.
Paró otra acometida y tiró a fondo, a la desesperada. Fue un buen golpe, su adversario cayó, herido, pero el hombre de rostro equino aprovechó su parca defensa para clavar su acero en su muslo. Así se quemara en las más ardientes llamas del infierno. Así la próxima vez que conociera mujer, esta le contagiara las más terribles pústulas. Así recibiera el doble de acero que había brindado a sus enemigos.
Mientras desclavaba su arma del cuerpo del moreno, trazó un arco con su daga para apartar al otro. Miró a a Hernán de soslayo. Se las arreglaba bien, pese a luchar solo con una espada. La otra mano la mantenía aún bajo la capa.
-¿Se puede saber qué diantres haces? Voto a...
9 de mayo de 2012
Persiguiendo a Amy 44.- Servando
¿Qué leches hacía el ligón en una timba? Si él se pasaba las tardes en
que él invertía delante de los naipes cantándole sensiblerías a las taberneras
y poniéndole ojitos de cama a todo lo que llevara falda. Casi no se habían
reído cuando aquel soldado caledonio le quiso cruzar la cara, entre el pelo
largo y la faldita a cuadros el pobre Salvatore había perdido el norte por un
momento. Pero claro, ahí había estado Servando para ponerse delante y evitar
que le metieran el laúd por la glotis abajo y se pasara cagando cuerdas y
astillas dos semanas, ¿y cómo se lo pagaba el cretino? Arruinándole la mejor
partida en años. Cierto que ya había perdido unos doscientos escudos, y de esos
doscientos no llevaba más que cincuenta en la bolsa, pero estaba seguro de que
iba a remontar a los naipes.
Servan entendió a la perfección las señas del bardo, o casi, a la primera se creyó que estaba indicando que tenía duples y a la segunda que tenía juego, pero como no estaban dándole al mus se dio por enterado de que hiciera como si no lo conociera. El disimulo a él se le daba perfectamente, aunque sus sobacos y su calva no lo entendieran tan bien y empezaran a sudar, convirtiéndole en una mezcla entre Goliat y las cataratas Victoria.
El mano repartió las dos cartas de rigor para jugar al ramponeau, con los dedos como salchichas Servando agarró las suyas y sonrió al ver un as de corazones y un siete del mismo palo. No estaba mal, a ver esas tres primeras cartas. El croupier las volcó sobre la mesa y luego las giró. La primera fue un 3 de corazones, observó complacido el gigantón, aunque la segunda le desanimó un poco, un rey de diamantes. A la tercera esbozó otra vez su sonrisa bobalicona: una reina de corazones. Faltaba otro corazón en las dos siguientes cartas para conseguir color. El tipo a la derecha del mano habló y apostó veinte escudos. Servando fingió dudar, se rasco el cogote pero al final igualó la puja. El resto de jugadores menos el bardo se retiraron rezongando. Giraron entonces la siguiente carta y el calvo reprimió un grito de júbilo. Un dos de corazones. Ahora el otro apostaría más alto y él podría resubir, estaba todo hecho, una victoria fácil y gloriosa...
-¡Maldito, te he visto mirarme las cartas! ¡Tramposo!
¿¿¿Qué decía aquel chalado guaperas???? No podía hacer el idiota ahora. Ahora no, no con aquellas cartas en la mano. Había venido sólo a destrozarle la partida, se iba a enterar, ahora que iba a recuperar todo lo perdido. Con un rugido Servando se levantó, la cara y la calva rojas de rabia, metió una manaza debajo de la mesa y la volcó como una hoja de pergamino. Arremetió contra el bardo y le agarró de la garganta con una mano mientras cerraba la otra en un apretadísimo puño. Salva le miró aterrorizado, negó con la cabeza y señaló hacia la puerta con el dedo que antes le apuntaba a él. Los dados dejaron de rodar dentro de los sesos de Servando y el sonido de miles de naipes barajándose dejó de zumbarle en los oídos al comprender lo que pasaba.
Impresionantemente deprisa para alguien de su tamaño soltó al bardo y cambió el destinatario del paquete de nudillos. El tipo de su derecha, el de la cara de rata, se estrelló contra la pared con la nariz desparramada por la jeta y un par de dientes rodaron por el suelo. Lo siguiente fue encontrarse junto a Sal balanceando la maza por encima de sus cabezas y con los tahures gritando y desenvainando sus aceros.
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(Servando por James. ¡A ti también te queremos una jartá!)
7 de mayo de 2012
Persiguiendo a Amy 43.- Salvatore
Aquel par de pícaros condujo a Salvatore hasta una casucha adosada a la
muralla oscense. Seguía metido en su papel de "primo" al que van a
desplumar, pero empezaba a costarle fingir tranquilidad... Cuando entró a la
habitación en el sótano, sopesó que al menos un par de aquellos tipos había
matado más de una vez. En aquel antro parecía darse cita lo más granado de la
chusma oscense: timadores, charlatanes, bandidos de la peor ralea... Salvatore
confiaba en la fuerza de Servando y en su propia destreza con la daga, pero deseó
que Leonardo y Conrado no anduviesen lejos, o podrían verse en serios
problemas.
Hizo tintinear en su mano las pocas monedas que había reunido, fingiendo despreocupación. Los que jugaban en aquella mesa alzaron la cabeza al oírlo. A la pobre luz que brindaba el candil de sebo identificó a Servando, y con un gesto impaciente le dio a entender que le siguiese la corriente, como si no se conociesen. La frente del condenado ya estaba perlada de sudor, a saber cuánto había perdido ya a los dados, porque en aquel momento los retiraban para sacar una manoseada baraja...
Salvatore se temía que, en el mejor de los casos, saldrían de allí con el pellejo ileso y sin un denario. Eso si Servando no había perdido ya más de lo que podía pagar... Sobre todo porque el italiano no tenía ni idea de juegos de cartas, salvo lo poco que escuchaba cuando Servando les relataba durante horas los pormenores de las partidas que había estado "a esto de ganar". Mientras miraba los ajados naipes, recordó la primera y última vez que había jugado... Sólo era un muchacho, y lo habían dejado sin blanca en una partida de "gioco di Primiera"... Recordó cómo lo había consolado la tabernera del local, y cómo había abandonado para siempre la afición al juego por la afición a las damas...
Se sentó, saludando a sus compañeros de mesa, que esgrimieron sonrisas taimadas, no todos los días tendrían dos presas fáciles juntas. Servando sólo tenía ojos para el mazo de cartas, quizá conjuraba así a la suerte que con tanta frecuencia lo esquivaba. El hombre de la oreja mellada repartió, y el silencio en la sala se hizo más espeso. Salvatore afianzó los pies en el suelo, sintiendo la daga pegada a su costado, por si hubiera que salir de allí por las malas. Después, observó lo que salía en aquella mano y procuró actuar como si supiera lo que estaba haciendo.
En aquel momento llamaban a la puerta.
-¿Santo y seña? -preguntaba el anciano. Su voz sonaba amortiguada desde arriba de la escalera.
- ...
- ¡Santo y seña! -repitió, casi gritando esta vez.
La concurrencia se volvió hacia la escalera, donde en lo alto el vigilante empezaba a impacientarse, asomando la bulbosa nariz por la mirilla, a fin de identificar quién llamaba. Salvatore podía imaginarse quienes eran. Vió cómo acudían a un par de manos sendas navajas melladas. Fue entonces cuando se levantó de un brinco, haciendo caer la silla a su espalda, y señalando a Servando con un dedo enhiesto, gritó:
- ¡Maldito, te he visto mirarme las cartas! ¡Tramposo!
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(Nuestro buen bardo, siempre por Sherezade. ¡Te queremos, Cher!)
4 de mayo de 2012
Persiguiendo a Amy 42.- Hernán
La mirada de Hernán estaba fija en las espadas de los soldados
aragoneses, esperando que estas mostraran un poco de su acero, aun guardado en
sus vainas para poder acabar con el dialogo, o más bien interrogatorio. Por
suerte, Lázaro, no estaba con el plan de alargar más la conversación.
-Espero que a tus armas no les moleste el frío, Hernán. Me parece que va a tocar bailar...
El hombre alto sin embargo, ahora, tenía un problema sobre qué hacer con la dichosa botella que les había traído problemas. Se debatía entre dejarla salir a la luz y dejarla a un lado, o luchar con ella con el peligro de que la rompieran o se le cayera.
- No creo que les importe, Lázaro, siempre que haya un baño de sangre que calme el frío…
Aunque le gustaba luchar con dos espadas, esta vez, no sería posible debido a que había decidido al final mantener la botella guardada bajo la capa. Le costaba demasiado alejarse de la querida botella y quizás así no le regañara Lázaro.
- Tres para dos… ¿Qué eliges Lázaro? ¿Dos o uno para vos?
Hernán agarró con firmeza la empuñadura de la espada y desenvaino mientras observaba a Lázaro. Como era la costumbre en él, no empezaría la batalla hasta que Lázaro no lo hiciera.
- O sino, que elijan ellos, como prefieras Lázaro.
Hacía ya bastante tiempo que ansiaba algo de acción y ahora que la iba a tener, su cuerpo, lo celebraba con gran entusiasmo. Aunque quizás por derramar aquella sangre se meterían en mas líos de los deseados. Su instinto asesino crecía al medida que los segundos iban pasando mientras que su cuerpo empezaba a no sentir ni pizca de frío.
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(Hernán, ese tipo algo, a manos de Alexsparda.)
2 de mayo de 2012
Persiguiendo a Amy 41.- Lázaro
Lázaro ya no sentía las manos ni los pies cuando Hernán salió del
monasterio. Recogió el hábito y las monedas. No eran muchas. Estaba casi
convencido de que Hernán se había guardado alguna para sí, pero no habían de
ser muchas. Y, a fin de cuentas, si pretendía guardarlas todas, bien podría
haber ido él...
-¿Nada más?
No sabía si fiarse, pero lo dejó correr. El dinero, sumado al del alcalde, era suficiente para que el grupo pasara la noche en la posada, desayuno incluido. Y aún tenían una recompensa pendiente por parte de la dama... La moza...
-¡Por la misa! ¡Hernán! No recordaste preguntar por Amelia, ¿verdad? Maldita sea... ¿Será posible que no hagamos nada al derecho?
Como si Aristóteles oyera sus palabras, al cruzar la esquina se encontraron con un trío de aragoneses que bien podían acabar de salir de un ejército por la cantidad de metal afilado que llevaban encima. Podrían ser todo el ejército.
Lázaro arrugó el ceño y se rascó la nuca. Aquello atufaba a problemas.
-Buenas noches, caballeros.
-Buenas noches, señores.
-¿Qué hacen unos extranjeros como ustedes tan lejos de casa?
¿Lejos de casa? Ni siquiera habían preguntado de dónde eran... Y Lázaro sabía que no tenían pinta de extranjeros. De desharrapados quizá...
-Tan solo estamos de paso...
-¿Y qué lleva vuesa merced tan bien oculto?
Lázaro miró el hatillo que llevaba en las manos. Aún a esa luz se veía que era un atado de ropa de mala calidad. Sin embargo, al levantar la vista pudo observar que la mirada del hombre no iba dirigida a él, sino al tipo alto que lo seguía. Retrocedió un paso sin separar los ojos de sus interlocutores, hasta ponerse a su altura para poder susurrarle.
-Por el Altísimo, Hernán, ¿qué diantres haces? Estamos en minoría, no creo que sea el momento de hacerse el interesante...
Su hombre mantenía la mano bajo la capa, sujetando algo que permanecía oculto a sus ojos.
-No oculto nada, señores... es que me duele una costilla... una herida de guerra, ya saben...
Los aragoneses dieron un paso al frente.
-Y hablando de guerras... ¿a vosotros no os he visto en el campo de batalla? Juraría haber cruzado mi espada con un tipo como vos...
-Sí, yo también creo haberlos visto en el bando contrario.
Lázaro se rascó la nuca de nuevo. Por todos los santos de este y el otro Reino. ¿Por qué la gente se empeñaba en recordar sus caras después de una batalla? Él solo tendía a recordar los golpes, las heridas, los gritos y la sangre...
-Lo dudo, señores. Soy siervo de la santa iglesia Aristotélica.
-Pues yo juraría por el báculo del papa que también lo he visto... Y al tipo alto también...
Los tres hombres acariciaban sus espadas. ¿Buscaban trifulca? Hacía un par de minutos, Lázaro se había arrepentido de no haberse puesto el hábito sobre su ropa. Ahora se alegraba de no haberlo hecho. Si querían gresca, la iban a tener.
-Espero que a tus armas no les moleste el frío, Hernán. Me parece que va a tocar bailar...
Y dejando caer el hábito a un lado, echó mano a la espada que ocultaba bajo la capa.
30 de abril de 2012
Persiguiendo a Amy 40.- Leonardo
Leonardo ocultó sus armas a la espalda, bajo la raída capa. No valía la
pena asustar a los parroquianos más de lo necesario. Muy a regañadientes
entregó las pocas monedas que le quedaban a Salvatore.
-Las he contado, Messere... espero que vuelvan todas. Les he cogido cariño, ya ves...
-La duda ofende, ragazzino, la duda ofende...
Se acercaron a una taberna y se apostaron a la puerta, apoyados a desgana contra la pared, Servando se adelantó y se mezcló entre los parroquianos, comentando partidas y ganancias, y alabando las virtudes del juego y de los naipes, aplaudiendo las grandezas de los dados. No tardaron en aparecer un par de hombres quienes, tras analizarlo desde cierta distancia con el rabillo del ojo, decidieron abordarle.
-¿Le gusta el juego, señor?
En apenas un par de guiños y un par de frases escogidas, los hombres dirigían al italiano por distintas callejuelas y callejones, mientras que, silenciosos como gatos, Leonardo y Conrado los seguían.
27 de abril de 2012
Persiguiendo a Amy 39.- Salvatore
Salvatore se despidió de las mujeres dedicándole un guiño a la joven
criada. Memorizó la casa, y sopesó si sería capaz de trepar al balcón. Sí,
sería. Cuanto antes encontrasen a aquel condenado ludópata, antes volvería. Y
si no fuera porque le sacaba una cuarta, le molería los huesos a palos, para
quitarle aquel vicio malo. Con la de mujeres que había sueltas, no tener ojos
nada más que para un par de dados de hueso girando en un tapete...
Cuando al fin estuvo libre, y después de un par de chanzas sobre la "condesita", se dirigió en serio ya a Leonardo:
- Creo que lo más rápido será usar el truco del pardillo. ¿Aún tenéis algunas monedas? Juntadlas y dejadme hacer a mi, que con la cara de Conrado no iba a colar... Ahora sólo he de acercarme a aquella esquina oscura de la plazuela, fingir el habla de un gañán, y ese gesto perdido que se le pone a veces a Servando... Y comentar con vosotros, en voz algo alta que vengo a probar eso del rampono a la capital... -Dijo Salvatore, belfo adelantado, encasquetándose el sombrero y bizqueando con aire teatral…
- ¡No exageres! -dijo Conrado, dándole un empujón en el hombro que casi lo hace caer. Pero Salvatore estaba convencido de que le había hecho gracia, aunque él siempre se riese hacia dentro.
Los avariciosos trileros, jugadores empedernidos y demás escoria local no tardarían en acercarse e invitarlos, casi con seguridad hasta el sitio adonde se habían llevado a Servando...
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(El gran Salvatore, por Sherezade.)
26 de abril de 2012
Persiguiendo a Amy 38.- Hernán
Ahora que estaba en frente de la puerta del monasterio, el hombre alto,
no lo veía tan claro como cuando había asentido ante el plan de Lázaro.
- Que remedio… - Murmuraba para sí, al mismo tiempo que cogía aire y llamaba a la puerta - Espero que sean amables…
La mirada del hombre se elevó al cielo, le daba confianza hacer tal gesto, mientras la puerta del monasterio se abría dejando ver a un monje de pequeña estatura.
- Perdone, mi buen señor ¿Qué es lo que desea vuestra merced?
- Vengo de parte del padre Lázaro.
- ¿Del padre Lázaro? – Dijo el pequeño monje – ¿Qué es lo que
desea el padre Lázaro?
- Una bonita túnica, digo un hábito para que pueda vestirse
adecuadamente y un par de monedas para pagar la posada.
El pequeño monje le miró de arriba hacia abajo para terminar diciéndole.
- Tendrá que hablar con el monje Celestino – Dijo el pequeño monje invitándole a pasar – Entre señor… No vaya a ser que se congele, usted, antes de cumplir con su encomienda.
Tras un paseo por los pasillos del monasterio.
- Aquí es – Dijo el monje abriendo la puerta de un pequeño despacho - Celestino, este hombre dice no se que de un padre llamado Lázaro.
- Coge asiento, hijo.
Hernán cogió asiento mientras el hombre religioso no le perdía ojo de encima.
- ¿Que es lo que quiere el padre Lázaro?
- Un hábito para poder vestirse adecuadamente – Dijo Hernán
entregándole la recomendación -
y unas cuantas monedas para pagar la posada además de proseguir el
viaje.
Celestino leyó la recomendación y siguió su interrogatorio.
- ¿Y a que se debe dicha petición?
- Nos asaltaron el camino y debemos llegar a Zaragoza para cumplir con
su misión religiosa.
- Ajá, ¿Y cómo se que usted me está diciendo la verdad?
- Porque si no fuera así, me sería más fácil robarlo que pedirlo.
Además, ¿De qué me serviría a un hombre tan alto como yo, un hábito que le
llega por las rodillas?
Celestino asentía con la cabeza mientras escribía algo en un papel.
- ¿Y el padre Lázaro necesita algo más?
- El no… - Dijo Hernán poniendo cara de pena profunda - pero, si le dieras a
este humilde servidor una botellica de vino para el camino, no estaría de más.
Agachó la cabeza y termino por decir.
- Aunque a lo mejor sería mucho pedir a tan amables señores… Pero hace tanto que no pruebo nada mas que el agua que nos sirven en las tabernas…
Celestino le sonrió y ordeno al monje pequeñín que se le trajera la botella y las demás cosas pedidas. Unos minutos después apareció el monje pequeñín con lo que le habían pedido.
- Aquí tenéis, buen señor – Dijo entregándole las cosas, incluida la botella, a Hernán y acompañándole hacia la salida - Y que tengáis buen viaje.
- Muchas gracias señor – Dijo Hernán aferrándose a la botella - Seguro
que el de arriba os lo pagará.
Hernán se despidió como si de un caballero se tratara del pequeño monje y se dirigió hacia Lázaro. Estaba feliz ya que tenía su botella de vino, la cual escondió al llegar donde se encontraba Lázaro
- Me han dado el dinero y la ropa… - Dijo Hernán mirando hacia otra parte y disimulando - Y nada mas…
Hernán se despidió como si de un caballero se tratara del pequeño monje y se dirigió hacia Lázaro. Estaba feliz ya que tenía su botella de vino, la cual escondió al llegar donde se encontraba Lázaro
- Me han dado el dinero y la ropa… - Dijo Hernán mirando hacia otra parte y disimulando - Y nada mas…
- ¿Seguro?
- No, también me dieron suerte para el camino, creo.
El hombre empezó a caminar sin rumbo con la botella aun escondida dentro de sus ropas. Nervioso por si le preguntaban mas sobre lo otorgado. Y ansioso por poder abrir de una vez la botella de vino, ya que el alcohol era su pasión.
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Hernán, ese tipo alto, corre a cargo de Alexsparda.
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