Dejó los pedazos de papel en la entrada. Ya los limpiaría más tarde.
Se volvió a pasear hasta la cocina y se preparó otro desayuno, algo más consistente. Mientras calentaba agua al fuego, se acercó a la habitación para vestirse. Apretó con rabia las tiras de un corpiño ajustado y se embutió en unos pantalones ajustados.
Ya debía haber pasado la hora sexta hacía tiempo, apenas le quedaba medio día para maitines. Y debería salir antes si quería seguir el ritual. Y esa noche necesitaba seguir el ritual.
El agua hervía con fuerza cuando volvió a la cocina, arreglándose el pelo. Añadió dos cucharadas de la infusión y lo alejó del fuego. Pasó la siguiente hora entre sorbos, rebuscando en los cajones en busca de los libros y de algún resto de pergamino que le pudieran quedar.
Apuntó varios hechizos y se deslizó los pedazos de pergamino en el escote, enroscados en un canutillo estrecho. A continuación sacó varias tiras de cuero fino que se enlazó en las manos como protección y enroscó alrededor de sus antebrazos. Repitió lo mismo en sus piernas y enganchó un par de dagas en ellas, cubriéndolas con unas botas altas. En las tiras de los brazos, solo un par de agujas. Se colgó la espada y la misericordia a la cintura, junto con varios saquillos que rellenó de aquello que creyó que podría llegar a necesitar. Adjuntó varios monedas y recitó el hechizo para reforzar el escudo mientras preparaba las trampas en la puerta y las ventanas.
Suspiró, se enderezó, se recolocó el escote y se echó el pelo hacia atrás, revolviéndolo un poco de modo que le diera ese aire algo más salvaje que sabía le favorecía. Se cubrió con la capa y salió con la cabeza alta.
La taberna estaba llena cuando entró. Repasó a los parroquianos con la mirada, sopesando cada una de las posibilidades, pero ninguno le convenció lo suficiente como para perder tiempo con él. Tenía cosas más importantes de las que preocuparse. Comer y aprovechar hasta vísperas para recorrer el mercado. A lo mejor encontraba algo que pudiera ayudarla. Luego aún le quedarían varias horas para completar el ritual y acudir a la cita. Aunque sin Jules, ¿cómo pensaba hacerlo?
---
¿Cómo hará el ritual?
a) Sola.
b) Con el primero que encuentre.
c) Buscará a otro viejo amigo.
d) Pasa del ritual y va directamente a la cita.
e) ¿Se os ocurre algo más? ¡Contádmelo!
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6 de agosto de 2012
1 de junio de 2012
Persiguiendo a Amy 54.- Lázaro
-¡Señor! Parad, os lo ruego...
Y por la misa que no era otra su intención... Echándose a un lado apoyó la espalda y la cabeza contra el muro más cercano, mientras Hernán se enfrentaba al último hombre.
-Sé que me arrepentiré de esto, Hernán, pero déjalo con vida. Por lo visto tiene quien se preocupe por él...
Observó la figura estática que los observaba envuelta en la oscuridad y no pudo reprimir un gemido preocupado, más cuando Hernán ni siquiera se había percatado de su presencia. El tiempo que había pasado con los monjes no le había lavado del alma las supersticiones que le habían inculcado de pequeño las mujeres de la casa donde "trabajaba" su madre: el hecho de que el timbre de la voz no se le antojara del todo extraño, no le quitó esa sensación amarga. La Dama Negra que llegaba al final, siempre al final, para acompañarte hasta la otra orilla, junto al Altísimo. La Gran Meretriz, que decían las rameras, compañeras de su madre, con la que al final, todos nos acostamos.
Los monjes decían que no eran más que leyendas estúpidas, que la muerte no era más que un proceso por el que el alma viajaba junto al Señor, no una dama... pero él no podía dejar de imaginarla así, con el rostro cubierto por los velos oscuros y esos labios capaces de llevarte al otro mundo con un simple roce...
-No lo mates, pero tampoco seas demasiado blando... No tengo ganas de volver a cruzármelo mientras estemos en Huesca. Y vos no os preocupéis, señora. Dejaremos a vuestros compañeros con vida... Lo intentaremos, al menos.
Torció la boca en su sonrisa más amarga y, apoyándose en el arma, recogió el atado con el hábito del suelo.
Mientras tanto, Hernán había sacado una
botella de debajo de la capa y le daba largos tragos, entrecerrando los ojos
con deleite.
- Tienes mal aspecto… ¿Te apetece un trago? ¡Delicioso! Estos curas se
lo montan bien con el tema del alcohol… Por cierto, deberías esquivar las
espadas antes de que te corten...
- ¿Esquivarlas? Que te aspen, Hernán... ¡Maldita sea! Casi nos matan por una botella de vino... Casi me matan, al menos.
Pero no pudo evitar reírse. Ese tipo alto siempre lo sorprendía... Se volvió para analizar fríamente, ahora que su vida no estaba en juego, a la sombra del callejón.
Así ardiera en el infierno si no la conocía. Era la damisela en apuros. No era otra que la muchacha del camino. El Altísimo la confundiera, no les iba a traer más que problemas. En mala hora habían aceptado llevarla con ellos...
- ¿No deberíais estar ya en vuestra cama? No creo que este sea lugar para una dama como vos... ¿Y qué tenéis que ver con esta... escoria?
Sonrió ante el apelativo. No eran más escoria que ellos mismos. La joven en cambio, no parecía preocuparse ahora lo más mínimo por los individuos heridos. Los miraba, en cambio, entre preocupada y asustada, alternando la vista entre él y Hernán, y apenas tartamudeó un par de palabras. Una de ellas, el nombre de su hermano. El muy hijo de... Volvió a sonreír. Sí, esa era la expresión exacta.
Decidió que, antes de nada, lo importante era sacarse del medio, evitar una posible guardia, y llevar a la moza a un lugar seguro ¿Qué lugar seguro podían encontrar en Huesca? ¿En una ciudad que no conocían? Decidió que lo mejor sería no perderla de vista y buscar a los demás. Había dejado a los otros en la taberna y allí los encontraría, casi seguro.
Agarró a la joven del brazo y le hizo un gesto a su compañero.
-Vamos, con suerte encontraremos en la taberna a vuestros dos amorcitos. Al menos, Hernán, seguro que al tuyo sí...
28 de mayo de 2012
Persiguiendo a Amy 52.- Leonardo
Fue una batalla rápida, sentenciada prácticamente desde el primer
encontronazo. No les costó dominar la situación. Salvatore era rápido, Conrado,
implacable y Servando, grande. En cuanto a él, hacía buen uso de sus lecciones
de esgrima. Era grandioso lo que se podía llegar a hacer con un buen maestro. Y
aunque muchos podrían pensar lo contrario, la Compañía de Teatro a quien su
madre había encargado su educación estaba llena de buenos maestros. ¿Quién iba
a haberlo educado mejor? Los de la farándula le habían enseñado todos los usos
y costumbres de los nobles hasta el hecho de pasar por uno mejor que los
propios descendientes de las más antiguas familias. A fin de cuentas, vivían de
ello. No podían cometer el menor error. Y en la esgrima era exactamente lo
mismo. Leonardo aprendió las mejores coreografías, las mejores estocadas, las
mejores defensas, de un simple actor.
Pero los había aprendido bien. Apenas lucía un par de cicatrices fruto del acero, y una se la había causado Amelia, así que no podía contarla... La revoltosa había destilado la sangre de ramera y mercenario en una mezcla insidiosa y encantadoramente letal... Y de todas formas él no sabía alzar las armas contra su hermana.
Pero contra esos impresentables, no tenía el más mínimo remordimiento. Llegó el último a la fiesta, pero enseguida se avino a ella, esquivando mesas y sillas, tiñendo su arma de escarlata. Pronto los jugadores perdían la partida e imploraban piedad sollozando como niños de cuna. Escoria entre la escoria, perfecto.
Leonardo paladeaba el placer de la victoria, cuando notó las miradas de sus tres compañeros clavadas en él. Sorprendido, se recorrió el cuerpo con la mirada, pero no encontró motivo para tal expectación. Luego cayó en la cuenta. ¿Pero qué se creían, que era Lázaro?
-Vaya... ¿Qué queréis que os diga? No podemos dejar que se vayan de la lengua, pero...
No llegó a terminar la frase. Conrado ya había clavado su espada en la garganta del hombre más cercano, que murió con un gorgoteo húmedo por toda queja. Lucía una sonrisa que habría dotado a su rostro de una belleza y dulzura que no podía menos que helar la sangre del mismo diablo. Conrado solo sonreía así cuando la muerte servía a sus manos.
-Bueno, sea. Muertos no hablarán, y aquí tardarán en encontrarlos.
Dio un paso hacia la puerta, hundiendo su acero en el pecho de uno de los truhanes, que luchaba por ganar la salida.
-Que no escape ninguno o estaremos en un lío mayor...
Tuvo que gritar, para ser oído. El puñado de hombres se alzaron y retomaron su lucha en un intento desesperado por mantener su alma unida al cuerpo, llenando el aire viciado de la sala de aullidos de rabia desconsolada, la tortura de la muerte anunciada, mordiendo su cuerpo en manos de un grupo de canallas como ellos...
Las armas volvieron a brillar y a bailar en el cuartucho, y para cuando el dolor se silenció, Leonardo se agachó y recogió varias monedas de una bolsa.
-Dejad las armas y parte del dinero. Sí. El dinero. Dejadlo.
Sus compañeros le miraron como si estuviera loco. Pudo ver, incluso, un brillo peligroso en la mirada de alguno que casi le hizo desdecirse, pero ¡que diablos! si habían decidido obedecerle, que fueran consecuentes o por la misa que él seguía sabiendo pelear...
-Coged una parte y dejad el resto a la vista. Y si les quitáis algo, que no se note que los han desvalijado. Cuando los encuentren, porque seguramente los encontrarán, pensarán que se han matado los unos a los otros por una mala partida. Y eso ha sido. Su última mala partida.
Sonrió, con esa sonrisa retadora, pícara, que hacía perder la cabeza a muchas mujeres y que desquiciaba a los hombres hasta el punto en que había desnudado aceros y damas solo por ella.
-Y vámonos cuanto antes. Estoy harto de esto y necesito una copa. Vosotros, desgraciados, ya habéis bebido bastante -se echó a reír- y a mí entre la moza y vuestras correrías, no me habéis dejado probar ni una gota...
21 de mayo de 2012
Persiguiendo a Amy 49.-Lázaro
¿Tumbado? ¿Pero había bebido o qué diantres...? No, no lo suficiente,
igual... Tal vez ahí estaba el problema...
La defensa de Hernán le permitió volver a ponerse en pie, aunque la herida le escocía como el mismísimo diablo. Por un momento pensó en dejar a su compañero a cargo de la situación, pero Hernán apenas se dedicaba a defender, basándose en cierto código estricto de honor y zarandajas varias que solo él y el Altísimo conocían.
Aprovechó, pues, que el tipo de cara de caballo atacaba de nuevo para tirar a fondo desde debajo del brazo de su compañero. El acero se deslizó suave entre dos costillas, apenas sin oponer resistencia. El muy cretino ni siquiera iba vestido para luchar... ¿Quién se creían que eran, dos turistas idiotas?
Se vio tentando de soltar el arma, pero el moreno ya estaba en pie y atacaba a Hernán. Dio un tirón seco para liberar la espada de su nueva vaina de carne humana. El hombre de rostro equino había gritado cuando se la clavó, pero ahora apenas gimió mientras caía. Mala herida. El Altísimo lo acogiera en su gloria... o no... Eso ya no era cosa suya, ya bastante había hecho dándole el pasaje al otro mundo...
-No te preocupes por mí, Hernán... Ese es todo tuyo... Sangre para calentar tu otra espada. Con un alma robada, para mí ya es suficiente por hoy...
Se mantuvo, no obstante, espada en alto, a la defensiva, sin perder de vista al moribundo ni al otro, que se retorcía intentando desclavar su mano de la tierra. Maldecía, y junto a los jadeos del moreno en su lucha contra Hernán, los chasquidos de los aceros al encontrarse y los gemidos agónicos del otro, la guerra parecía haber vuelto a aquel perdido callejón. Lázaro sonrió.
Luego volvió la vista al hombre del suelo. En minutos iba a ser cadáver... Otro cadáver más. Le dedicó su sonrisa más amarga mientras le susurraba, más para sí mismo que para el futuro difunto.
-Si hubiera aguantado un par de meses más en el monasterio, te habría podido dar la extrema unción, hermano... Ahora... Ahora nos vemos en el infierno. Pax Vobiscum...
18 de mayo de 2012
Persiguiendo a Amy 48.-Hernán
Tras escuchar las palabras de Lázaro no pudo evitar que se le escapará
un suspiro mientras miraba al su rival, temeroso, en el suelo. No sabía lo que
hacer y las palabras dichas solo le habían suscitado más dudas. Si hubiera sido
una batalla justa le habría matado sin dudarlo un segundo.
- Supongo que me siento generoso - Dijo el hombre quitándole la espada de la garganta - no temas, no te mataré, todavía. Pero no dejare que vuelvas a unirte a la batalla - Continuo diciendo - así que mejor que cierres los ojos, dolerá.
Unos segundos después de decirlo el acero del hombre atravesó la mano de su rival, así no podría empuñar una arma con esa mano. Su rival no pudo reprimir un grito del dolor, pero debía dar gracias de conservar la vida.
- Por desgracia para ti, no me fio lo suficiente de tu otra mano - Dijo Hernán mientras retiraba la mano de la empuñadura - Así que conservaremos clavada la espada ¿Te parece bien? Volveré a buscar la espada, solo espera ahí quietecito.
Aprovechó el momento de tranquilidad para sacar la botella a la luz y observar que estaba intacta. “Menos mal” pensó el hombre alto. Volvió a ocultar la botella bajo la capa mientras su mirada ahora se centraba en la pelea de Lázaro. No le iba tan mal, seguía todavía vivo contra dos oponentes. ¿Acaso los hermanos Medina no le dejarían de sorprenderle?
- Bueno habrá que ayudarle - Dijo Hernán desenvainando la otra espada de su funda - aunque ya no recuerdo si ha pedido ayuda…
Por suerte se decidió ir a ayudarle justo a tiempo, antes de que cayera al suelo, dirigiéndose hacia Lázaro casi corriendo.
- ¡¡Hernán!!
Le llamó Lázaro, parecía angustiado por la situación.
- ¿Qué haces tumbado? – Dijo Hernán apareciendo justo a tiempo y parando la espada del rival - ¿Tomándote un descanso? ¡Te parecerá bonito! Mientras yo sufriendo sin beber de la botella… digo… sin beber desde la taberna…
Hernán se fijó el ahora su adversario, ¿o seguía siendo el de Lázaro?, que había retrocedido unos pasos al ver que las cosas se complicaban. No le podía quitar el rival a Lázaro, cada uno tiene que encargarse de sus contrincantes. Así que haciendo caso a su yo interior, el hombre alto se quedó a la defensiva mientras el señorito se decidía a levantarse.
--
(Hernán, a manos de Alexsparda.)
16 de mayo de 2012
Persiguiendo a Amy 47.- Lázaro
Lázaro esquivó otro golpe del aragonés de cara de caballo y retrocedió
un par de pasos. El moreno parecía intentar levantarse de nuevo.
-¿Y yo qué sé? ¿Podrías matarle o darle una patada o algo y ayudarme un poco? Esto duele y el tipo este… -Paró otro golpe. –¡Así el Altísimo lo confunda!
La siguiente estocada del enemigo volvió a pasarle demasiado cerca. No le gustaba hablar mientras luchaba. Lo desconcentraba. Esquiva otro ataque, parada en tercera y otro paso atrás. Estaba retrocediendo demasiado. Demasiado…
¿Cómo era aquella estocada que le había intentado enseñar Leo? Para empezar tenía que tratar de ganarle los tercios del arma a su adversario, haciéndole parar sus ataques con la parte más cercana a la empuñadura. Parar en cuarta y luego... Pero el moreno se alzaba, sujetándose la herida y Lázaro retrocedió otro paso más, tropezando. Paró la siguiente estocada ya desde el suelo.
-¡¡Hernán!!
14 de mayo de 2012
Persiguiendo a Amy 46.-Hernán
- Me ha tocado el enano… - Murmuraba Hernán mientras echaba un pequeño
vistazo a la pelea de Lázaro - Que suerte tienen algunos… Este seguro que me
rompe la botella al no poder atacarme más arriba…
Le encantaba quejarse en cada batalla, fuera por lo que fuese, siendo básicamente su forma de mantenerse centrado en el rival. Aunque su rival no estaba dispuesto a dejarle quejarse en demasía, atacándolo con movimientos rápidos mientras perjuraba a no sé quien sobre que iba a hacer no se qué.
- Encima me ha tocado hablador, - Seguía murmurando - por lo menos, podría aprenderse algunas frases diferentes…
Hernán iba parando los golpes como podía mientras buscaba el momento idóneo para esquivarlo y contraatacar de forma certera. Para ello, el hombre memorizaba los movimientos del rival para poder anticiparse. Aunque parecía que el ya apodado por Hernán como “enano hablador” no repetía golpes.
- ¿Izquierda? - Hernán miró a su rival y según los gestos parecía que esa era la dirección - No, al final es derecha…
El hombre alto esquivó el último golpe a duras penas consiguiendo salvar la botella del filo. Sin darle un segundo de respiro, su rival, volvía a la carga, ahora por el costado. Por suerte el juego de pies del hombre alto estaba a la altura de la velocidad de esos ataques pudiendo volver a esquivar el ataque poniéndose de cara al acero y echándose hacia la izquierda.
- Ahora cambia las tornas - El hombre alto aprovechó el fallo del rival para emprender su ataque - es hora de contraatacar...
Hernán dio un paso hacia adelante alzando la espada y descargándola hacia abajo en un golpe poderoso que a duras penas pudo pararlo el enano con su acero. Era su turno así que ahora la felicidad era extrema. El rival retrocedió unos pasos, cosa que hacían todos pero era algo ilógico, ya que concedían a Hernán volver a preparar otro golpe.
Mientras lanzaba el segundo golpe esta vez en horizontal pudo escuchar a Lázaro preguntarle qué hacía.
El hombre se encogió de hombros mientras veía su acero esquivado, cosa esperada, y emprendía ahora un golpe hacia el costado.
- ¿Luchar, no? – Disimulaba el hombre mientras observaba que su espada impactaba contra la del rival, haciéndole a este ultimo perder el equilibrio y caer al suelo - Ah, es por lo del brazo… Es que… Tengo frío, Lázaro, ya sabes que luchar a estas alturas de la estación y a estas horas hiela hasta la mismísima sangre.
Hernán suspiró al ver a su rival en el suelo y la espada, que instantes
antes había buscado con ansia su carne, a sus pies. No podía negar que le
habría gustado que su rival volviera a coger la espada, pero no podía dejarle
hacerlo.
El hombre alto plantó una de sus botas sobre el acero para que no lo pudiera levantar su rival.
El hombre alto plantó una de sus botas sobre el acero para que no lo pudiera levantar su rival.
- En fin… Cuando empezaba a divertirme… - Dijo con desolación mientras le ponía la otra de sus botas en el peto de la armadura y la espada en la garganta- ¿Qué hago con este Lázaro?
---
(Hernán por Alexsparda.)
11 de mayo de 2012
Persiguiendo a Amy 45.- Lázaro
-Que elijan ellos. No les vamos a hacer ese feo, ¿no?
Los hombres ya estaban desenvainando y se acercaban a ellos.
-Por cierto, Hernán... ¿A ti te suenan de algo? Caballeros... antes de atacar y ya que están tan convencidos de que estábamos en el otro ejército... ¿Pueden indicarnos en cual ejército? Solo por estar informado, vamos... Hemos estado en tantos...
Siempre que se ponía nervioso antes de luchar no podía evitar provocar a los contrincantes. Las florituras no se le daban bien. El de las clases de esgrima era Leonardo. Sacó la daga a hacer compañía a su espada.
-¿Y bien...?
No le dejaron seguir hablando. Los tres hombres cargaron contra ellos a una y enseguida todo fue caos. Cruzó su espada con un tipo ancho de hombros y cara morena. A su derecha, Hernán se batía con otro que apenas le llegaba a los hombros, y que perjuraba a cada embiste, mientras que el tercero, delgado y con un rostro que le recordaba a un caballo famélico, bailaba entre los dos, ora atacando a uno, ora aprovechando un descuido en la defensa del otro. Lo ponía nervioso. Más aún cuando una de las espadas enemigas le pasó rozando la oreja. El Altísimo los confundiera, ya estaba harto.
Paró otra acometida y tiró a fondo, a la desesperada. Fue un buen golpe, su adversario cayó, herido, pero el hombre de rostro equino aprovechó su parca defensa para clavar su acero en su muslo. Así se quemara en las más ardientes llamas del infierno. Así la próxima vez que conociera mujer, esta le contagiara las más terribles pústulas. Así recibiera el doble de acero que había brindado a sus enemigos.
Mientras desclavaba su arma del cuerpo del moreno, trazó un arco con su daga para apartar al otro. Miró a a Hernán de soslayo. Se las arreglaba bien, pese a luchar solo con una espada. La otra mano la mantenía aún bajo la capa.
-¿Se puede saber qué diantres haces? Voto a...
4 de mayo de 2012
Persiguiendo a Amy 42.- Hernán
La mirada de Hernán estaba fija en las espadas de los soldados
aragoneses, esperando que estas mostraran un poco de su acero, aun guardado en
sus vainas para poder acabar con el dialogo, o más bien interrogatorio. Por
suerte, Lázaro, no estaba con el plan de alargar más la conversación.
-Espero que a tus armas no les moleste el frío, Hernán. Me parece que va a tocar bailar...
El hombre alto sin embargo, ahora, tenía un problema sobre qué hacer con la dichosa botella que les había traído problemas. Se debatía entre dejarla salir a la luz y dejarla a un lado, o luchar con ella con el peligro de que la rompieran o se le cayera.
- No creo que les importe, Lázaro, siempre que haya un baño de sangre que calme el frío…
Aunque le gustaba luchar con dos espadas, esta vez, no sería posible debido a que había decidido al final mantener la botella guardada bajo la capa. Le costaba demasiado alejarse de la querida botella y quizás así no le regañara Lázaro.
- Tres para dos… ¿Qué eliges Lázaro? ¿Dos o uno para vos?
Hernán agarró con firmeza la empuñadura de la espada y desenvaino mientras observaba a Lázaro. Como era la costumbre en él, no empezaría la batalla hasta que Lázaro no lo hiciera.
- O sino, que elijan ellos, como prefieras Lázaro.
Hacía ya bastante tiempo que ansiaba algo de acción y ahora que la iba a tener, su cuerpo, lo celebraba con gran entusiasmo. Aunque quizás por derramar aquella sangre se meterían en mas líos de los deseados. Su instinto asesino crecía al medida que los segundos iban pasando mientras que su cuerpo empezaba a no sentir ni pizca de frío.
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(Hernán, ese tipo algo, a manos de Alexsparda.)
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