Pues sí... Ahí lo tenéis, en esa lista de cosas a la derecha, un link a la historia de Sombra (que al final, tras mucho pensar y pensar, se ha quedado con el título de "Viernes de Resaca."
http://www.bubok.es/libros/213309/Viernes-de-resaca
Le he cambiado un par de cosillas (como el hecho de que sea viernes en vez de domingo, que a ver qué oficina de Correos abre los domingos...), le he corregido alguna que otra más y lo he puesto bonito y todo junto para que lo podáis descargar y leer todo seguido. Más cómodo ¿no?
Ya no tenéis excusa. Y además, si os gusta/ha gustado, gustosa os doy permiso para hacerme publicidad, que siempre queda bien ¡y os lo agradeceré mucho mucho!
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4 de mayo de 2012
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14 de enero de 2012
Epílogo - Las fotos, las dichosas fotos.
-Correo.
-¿Qué? -Sombra palideció al ver al Gato entrar en la habitación y tirar el paquete sobre la cama.
-¡Eh! ¡Tranquilo! Lo manda gente de confianza. Les pedí que se pasaran por nuestras casas y nos mandaran el correo, nada más. -Como Sombra seguía mirando el abultado sobre como si fuese un alienígena, se encogió de hombros. -Puedes tirarlo directamente si quieres. -Sonrisa cínica. -Total, seguramente solo serán facturas.
Él tenía en la mano varios sobres que abultaban cada uno tanto como tres veces el suyo. Apoyó un pie en la silla y se sentó sobre el escritorio, abriendo el primero de ellos. Mientras, Sombra se decidió a coger el sobre y abrirlo. Desde que habían dejado el apartamento camino al aeropuerto... Más bien, desde que había cogido el maldito paquetito blanco con las llaves, aquel día, vivía con el corazón en un puño. Se sobresaltaba como treinta veces al día y una de ellas tentado estuvo, incluso, de pedir auxilio porque un tipo le miraba demasiado. Veía peligros en cada esquina, fantasmas bajo la cama y monstruos en el armario.
Y bombas nucleares en los paquetes, aunque fueran con forma de inocentes llaves. Al final, Gato tenía razón, casi todo eran cartas del banco y facturas. Y...
-¡Hostia!
-¿Te ha tocado un viaje al Caribe por ser el cliente un millón de una revista de ganchillo?
-No...
Le enseñó un paquete pequeño, más o menos del tamaño de una cajetilla de tabaco. La coincidencia le produjo un escalofrío de alarma, pero conocía la letra con que estaba escrita la dirección, vaya si la conocía... Era la suya. Lo que significaba que aquello solo podía ser... Rasgó el papel con urgencia. No era un paquete blanco, en relidad sí que era una cajetilla de tabaco. Y dentro...
-La tarjeta.
-La puta tarjeta.
El Gato le tiró la cámara, que estaba sobre la mesa, y en unos segundos ya tenía la tarjeta colocada. Encendido. Ver imágenes.
-Demasiado pequeñas... ¿Tienes el portátil a mano, Gato?
-Creo que tengo algo mejor.
Ya había rasgado un par de sobres y sonrió, abriendo un paquete del tamaño de un libro. Desempaquetó una tablet y se la tendió. Sombra no se sorprendió.
-¿Lee tarjetas de memoria? Mejor que la uses tú...
Volvió a desmontar la tarjeta y se la dio, sentándose en el escritorio también él. La primera foto no tenía nada de especial, era la típica de cualquier día de fiesta: el reloj de la plaza que marcaba las 10:16. Había llegado tarde. Un árbol con gotas de lluvia iluminadas por el flash. La calle oscura y dos figuras a lo lejos con abrigos cortos. Gato y Xavi habían llegado aún más tarde. De nuevo el reloj: las 10:25. Los otros 3 de espaldas, dos abrigos y una chupa de cuero, bajando de nuevo por la calle. Gato saludando a una chica. Un primer plano de la muchacha, que apartaba la mirada, cohibida. Otras dos más, la mano en alto, intentando taparse. Zapatos. La calle. El restaurante. El reloj del Gato: las 10:47. También allí llegaban tarde. La novia de Xavi. Un beso. Más zapatos. Un picado de la esquina de la mesa. Un contrapicado de Daniella...
Recordaba esa parte de la noche, no le interesaban. Fue pasándolas, pues, sin pararse demasiado en ellas, aunque lo hubiera hecho en condiciones normales. Algunas eran muy buenas. Sonrisas perdonavidas del Gato. Xavi y Daniella despidiéndose. Una foto de los 4 que, obviamente, no había hecho él, quizá Daniella. El reloj de Xavi: las 00:14. Una calle. Más gente... Ahí comenzaba su vacío. Más o menos con la foto de esos dos soportales.
Las fotos siguientes tampoco le decían nada, aunque las pasó más despacio. La puerta. La discoteca. La cola. Varias tomas de la go-gó.
-¿Estaba buena, eh, Sombra?
El Gato se reía de él, así que no le hizo ni caso. Siguió pasando las fotos, observando a la gente, hasta que algo llamó su atención. Volvió a la anterior y se la señaló al Gato.
-El fiambre.
-El fiambre. Tu amiguito.
Salía en un par de fotos más, unos metros más allá, pero siempre mirando a la cámara. En la última, estaba más cerca, caminando hacia ellos.
-Y ahí es cuando te largaste con él, volviste una hora después y me calzaste. Y te echaron.
No había fotos de eso. Sombra hizo una mueca mientras siguió pasando las fotos. Estaban todas borrosas o demasiado oscuras para ver nada. En la única lo suficientemente aceptable se veía un plato lleno de nueces sobre una mesa. No conocía ni la mesa ni el plato, no le sonaban de nada.
-¿Y todo ese lío para esta bazofia? Yo que te hacía un buen fotógrafo...
Siguiente. Siguiente... En una se veía una figura con el pelo azul, pero cuando se la señaló al Gato, éste negó con la cabeza.
-No tiene por qué ser Claudia. Con lo borrosa que está esa foto podría ser cualquiera. Podría ser un tío. Una señal, incluso.
-Es una tía, Gato.
-Es una mierda de foto. Punto.
Más fotos borrosas. Más fotos oscuras. Sombra ya estaba dispuesto a sacar la tarjeta cuando aparecieron un par más, algo aceptables. Unos bultos en el suelo, que bien podrían ser personas. Una calle que no conocían. El padre del Gato saludando al difunto. Los dos entrando a un coche. La cruz luminosa de una farmacia con la hora: las 6:12. Otra foto, borrosa y oscura, de dos tipos demasiado grandes, demasiado cerca. No necesitaron más nitidez para saber que eran dos de los matones que los habían estado persiguiendo.
-Tu padre...
-Mi padre...
La habitación quedó en silencio durante varios largos minutos. Muchos. Y muy largos. Al final fue el Gato quien rompió el silencio. Sonrió, como era habitual en él, cual si fuera a comerse el mundo, y le espetó:
-En el local del final de la calle dicen que también tienen muy buenas go-gós.
Recogió el correo de encima del escritorio y recuperó su tablet de manos de Sombra. Le hizo un gesto desde la puerta.
-Nos vemos luego.
Y se fue, llevándose la tarjeta.
A Sombra solo se le ocurrió maldecir.
-¿Qué? -Sombra palideció al ver al Gato entrar en la habitación y tirar el paquete sobre la cama.
-¡Eh! ¡Tranquilo! Lo manda gente de confianza. Les pedí que se pasaran por nuestras casas y nos mandaran el correo, nada más. -Como Sombra seguía mirando el abultado sobre como si fuese un alienígena, se encogió de hombros. -Puedes tirarlo directamente si quieres. -Sonrisa cínica. -Total, seguramente solo serán facturas.
Él tenía en la mano varios sobres que abultaban cada uno tanto como tres veces el suyo. Apoyó un pie en la silla y se sentó sobre el escritorio, abriendo el primero de ellos. Mientras, Sombra se decidió a coger el sobre y abrirlo. Desde que habían dejado el apartamento camino al aeropuerto... Más bien, desde que había cogido el maldito paquetito blanco con las llaves, aquel día, vivía con el corazón en un puño. Se sobresaltaba como treinta veces al día y una de ellas tentado estuvo, incluso, de pedir auxilio porque un tipo le miraba demasiado. Veía peligros en cada esquina, fantasmas bajo la cama y monstruos en el armario.
Y bombas nucleares en los paquetes, aunque fueran con forma de inocentes llaves. Al final, Gato tenía razón, casi todo eran cartas del banco y facturas. Y...
-¡Hostia!
-¿Te ha tocado un viaje al Caribe por ser el cliente un millón de una revista de ganchillo?
-No...
Le enseñó un paquete pequeño, más o menos del tamaño de una cajetilla de tabaco. La coincidencia le produjo un escalofrío de alarma, pero conocía la letra con que estaba escrita la dirección, vaya si la conocía... Era la suya. Lo que significaba que aquello solo podía ser... Rasgó el papel con urgencia. No era un paquete blanco, en relidad sí que era una cajetilla de tabaco. Y dentro...
-La tarjeta.
-La puta tarjeta.
El Gato le tiró la cámara, que estaba sobre la mesa, y en unos segundos ya tenía la tarjeta colocada. Encendido. Ver imágenes.
-Demasiado pequeñas... ¿Tienes el portátil a mano, Gato?
-Creo que tengo algo mejor.
Ya había rasgado un par de sobres y sonrió, abriendo un paquete del tamaño de un libro. Desempaquetó una tablet y se la tendió. Sombra no se sorprendió.
-¿Lee tarjetas de memoria? Mejor que la uses tú...
Volvió a desmontar la tarjeta y se la dio, sentándose en el escritorio también él. La primera foto no tenía nada de especial, era la típica de cualquier día de fiesta: el reloj de la plaza que marcaba las 10:16. Había llegado tarde. Un árbol con gotas de lluvia iluminadas por el flash. La calle oscura y dos figuras a lo lejos con abrigos cortos. Gato y Xavi habían llegado aún más tarde. De nuevo el reloj: las 10:25. Los otros 3 de espaldas, dos abrigos y una chupa de cuero, bajando de nuevo por la calle. Gato saludando a una chica. Un primer plano de la muchacha, que apartaba la mirada, cohibida. Otras dos más, la mano en alto, intentando taparse. Zapatos. La calle. El restaurante. El reloj del Gato: las 10:47. También allí llegaban tarde. La novia de Xavi. Un beso. Más zapatos. Un picado de la esquina de la mesa. Un contrapicado de Daniella...
Recordaba esa parte de la noche, no le interesaban. Fue pasándolas, pues, sin pararse demasiado en ellas, aunque lo hubiera hecho en condiciones normales. Algunas eran muy buenas. Sonrisas perdonavidas del Gato. Xavi y Daniella despidiéndose. Una foto de los 4 que, obviamente, no había hecho él, quizá Daniella. El reloj de Xavi: las 00:14. Una calle. Más gente... Ahí comenzaba su vacío. Más o menos con la foto de esos dos soportales.
Las fotos siguientes tampoco le decían nada, aunque las pasó más despacio. La puerta. La discoteca. La cola. Varias tomas de la go-gó.
-¿Estaba buena, eh, Sombra?
El Gato se reía de él, así que no le hizo ni caso. Siguió pasando las fotos, observando a la gente, hasta que algo llamó su atención. Volvió a la anterior y se la señaló al Gato.
-El fiambre.
-El fiambre. Tu amiguito.
Salía en un par de fotos más, unos metros más allá, pero siempre mirando a la cámara. En la última, estaba más cerca, caminando hacia ellos.
-Y ahí es cuando te largaste con él, volviste una hora después y me calzaste. Y te echaron.
No había fotos de eso. Sombra hizo una mueca mientras siguió pasando las fotos. Estaban todas borrosas o demasiado oscuras para ver nada. En la única lo suficientemente aceptable se veía un plato lleno de nueces sobre una mesa. No conocía ni la mesa ni el plato, no le sonaban de nada.
-¿Y todo ese lío para esta bazofia? Yo que te hacía un buen fotógrafo...
Siguiente. Siguiente... En una se veía una figura con el pelo azul, pero cuando se la señaló al Gato, éste negó con la cabeza.
-No tiene por qué ser Claudia. Con lo borrosa que está esa foto podría ser cualquiera. Podría ser un tío. Una señal, incluso.
-Es una tía, Gato.
-Es una mierda de foto. Punto.
Más fotos borrosas. Más fotos oscuras. Sombra ya estaba dispuesto a sacar la tarjeta cuando aparecieron un par más, algo aceptables. Unos bultos en el suelo, que bien podrían ser personas. Una calle que no conocían. El padre del Gato saludando al difunto. Los dos entrando a un coche. La cruz luminosa de una farmacia con la hora: las 6:12. Otra foto, borrosa y oscura, de dos tipos demasiado grandes, demasiado cerca. No necesitaron más nitidez para saber que eran dos de los matones que los habían estado persiguiendo.
-Tu padre...
-Mi padre...
La habitación quedó en silencio durante varios largos minutos. Muchos. Y muy largos. Al final fue el Gato quien rompió el silencio. Sonrió, como era habitual en él, cual si fuera a comerse el mundo, y le espetó:
-En el local del final de la calle dicen que también tienen muy buenas go-gós.
Recogió el correo de encima del escritorio y recuperó su tablet de manos de Sombra. Le hizo un gesto desde la puerta.
-Nos vemos luego.
Y se fue, llevándose la tarjeta.
A Sombra solo se le ocurrió maldecir.
21 de diciembre de 2011
Capítulo 19 - Asuntos familiares
Sombra lanzó una última mirada al coche antes de entrar. Era una oportunidad tan buena... Pero estaba convencido de que no funcionaría. Con su maldita mala suerte seguro que lo tumbaban al primer signo de huida. Y, además, no podía dejar al Gato tirado. No podía ser tan cobarde y traicionarlo así, menos aún cuando el Gato no lo había dejado en la estacada y se había entregado por acompañarlo. Buen Gato...
De modo que, medio a regañadientes y pseudoarrastrado por los matones de turno, le tocó volver a subir los tres pisos. Sin embargo, esta vez pasaron por la puerta de enfrente.
Sombra se encontró en un piso más amplio y mejor amueblado. Mucho mejor, dónde iba a parar, con ese sofá el doble de grande que el otro, y sin las botellas ni la ropa tirada... Eso sí, la joven del pelo azul, Claudia, volvía a estar acomodada en el sofá. Y el dueño de la voz que tanto le sonaba.
Joder, vaya si le sonaba la voz. La voz y la cara y los gestos y el traje caro. Y la sonrisa, por supuesto. Esa sonrisa felina que, junto con la mirada de depredador que la acompañaba, hacía que el Gato perdiera su mayúscula y se quedara en un simple minino aficionado.
Mierda, cómo le había impresionado ese hombre cuando tenía 8 años, cómo lo intrigaba siempre detrás de la puerta de su despacho, qué respeto imponía cada vez que se asomaba para mandarles callar o soltarles un pescozón por haberla liado (otra vez) en el colegio. Mierda, qué respeto imponía ahora con la colección de matones articulados que lo acompañaba. Y venían con todos los extras, joder, joder... De todas esas armas sí que no se acordaba...
-Gonzalo, Simón. Sentados.
Señaló el sofá y ellos, como perrillos entrenados, obedecieron. El Gato se acomodó cruzando una pierna sobre la otra y le respondió con un gesto de cabeza y una sonrisa indolente, manteniéndose en su sitio. En cuanto a Sombra, tuvo que echarle más valor.
-Bu... Buenos días, señor Antares...
- ¿Días? ¿Es que acabas de levantarte, Simón? -Su sonrisa felina se acrecentó.
"Como si no supiera el tiempo que llevo levantado el tío... como si no supiera hasta las veces que he ido a mear... ¡oh, mierda! Maldita sea, Sombra... ¿Por qué tienes que pensar en 'eso' justo ahora?"
-Pero no me habéis dado tiempo a comer... Lo cierto es que me estoy muriendo de hambre y... ¿Puedo ir al baño?
Simplemente lo miró, antes de centrarse en el Gato.
-Teníamos un trato, Guillermo. Tú no te metías en mis asuntos y yo te dejaba en paz.
-Yo no me he metido en tus asuntos.
-¿Ah, no? Creo que las fotos que robó Simón no dicen lo mismo...
Sombra se sintió culpable, terriblemente culpable... Aunque sabía que no tenía por qué sentirse así. A fin de cuentas, él solo había cogido unas fotos. Ellos eran los que habían matado al tipo, ¿no? O al menos eso creía. Y los que lo habían drogado y perseguido y jugado con él todo el maldito día. Y apostaba a que también eran los culpables de que hubiera pegado al Gato y de que le doliera tanto la maldita cabeza y que estuviera muerto de hambre y de que Ella lo odiara y de que se estuviera meando. ¡Joder!
-Tergiversadas. Y además, no debisteis meterlo en esto.
No, claro que no debían haberlo metido... ¿Pero qué coño les pasaba? Con sus pistolas y sus puestas en escena de película de acción americana... ¿No podían haberlo solucionado tranquilamente en el despacho de caoba y a él haberlo dejado en paz, mandar las fotos al curro y volverse a la cama?
Sombra ya empezaba a calentarse así que analizó la situación. Tenía que hacer algo, ¿pero qué? El matón que tenía más cerca parecía divertido con la pequeña batalla dialéctica que parecía a punto de empezar y sostenía la pistola distraídamente. Podía ser una oportunidad... o un suicidio. O una broma, sí, tenía que ser una broma, porque aquello no podía estar pasando, a él no, joder, ya tenía bastante, no podía ser verdad... maldita sea... ¡malditos cabrones!
----------
Llegado a este punto de desequilibrio mental, Sombra decide:
a) Hacerse el valiente e intentar coger la pistola.
b) Dejarse llevar por su recién adquirida locura y echar a correr por la sala gritando ¡es una broma!
c) Recuperar parte de su dignidad pisoteada y dar su opinión. A gritos.
d) Dejarse llevar por la desesperación y echarse a llorar cual niño.
e) ¿Se os ocurre a vosotros algo mejor? ¿Qué? ¡Contádmelo!
¡¡Vamos que solo queda un capítulo!! ¿Preparados para el desenlace?
De modo que, medio a regañadientes y pseudoarrastrado por los matones de turno, le tocó volver a subir los tres pisos. Sin embargo, esta vez pasaron por la puerta de enfrente.
Sombra se encontró en un piso más amplio y mejor amueblado. Mucho mejor, dónde iba a parar, con ese sofá el doble de grande que el otro, y sin las botellas ni la ropa tirada... Eso sí, la joven del pelo azul, Claudia, volvía a estar acomodada en el sofá. Y el dueño de la voz que tanto le sonaba.
Joder, vaya si le sonaba la voz. La voz y la cara y los gestos y el traje caro. Y la sonrisa, por supuesto. Esa sonrisa felina que, junto con la mirada de depredador que la acompañaba, hacía que el Gato perdiera su mayúscula y se quedara en un simple minino aficionado.
Mierda, cómo le había impresionado ese hombre cuando tenía 8 años, cómo lo intrigaba siempre detrás de la puerta de su despacho, qué respeto imponía cada vez que se asomaba para mandarles callar o soltarles un pescozón por haberla liado (otra vez) en el colegio. Mierda, qué respeto imponía ahora con la colección de matones articulados que lo acompañaba. Y venían con todos los extras, joder, joder... De todas esas armas sí que no se acordaba...
-Gonzalo, Simón. Sentados.
Señaló el sofá y ellos, como perrillos entrenados, obedecieron. El Gato se acomodó cruzando una pierna sobre la otra y le respondió con un gesto de cabeza y una sonrisa indolente, manteniéndose en su sitio. En cuanto a Sombra, tuvo que echarle más valor.
-Bu... Buenos días, señor Antares...
- ¿Días? ¿Es que acabas de levantarte, Simón? -Su sonrisa felina se acrecentó.
"Como si no supiera el tiempo que llevo levantado el tío... como si no supiera hasta las veces que he ido a mear... ¡oh, mierda! Maldita sea, Sombra... ¿Por qué tienes que pensar en 'eso' justo ahora?"
-Pero no me habéis dado tiempo a comer... Lo cierto es que me estoy muriendo de hambre y... ¿Puedo ir al baño?
Simplemente lo miró, antes de centrarse en el Gato.
-Teníamos un trato, Guillermo. Tú no te metías en mis asuntos y yo te dejaba en paz.
-Yo no me he metido en tus asuntos.
-¿Ah, no? Creo que las fotos que robó Simón no dicen lo mismo...
Sombra se sintió culpable, terriblemente culpable... Aunque sabía que no tenía por qué sentirse así. A fin de cuentas, él solo había cogido unas fotos. Ellos eran los que habían matado al tipo, ¿no? O al menos eso creía. Y los que lo habían drogado y perseguido y jugado con él todo el maldito día. Y apostaba a que también eran los culpables de que hubiera pegado al Gato y de que le doliera tanto la maldita cabeza y que estuviera muerto de hambre y de que Ella lo odiara y de que se estuviera meando. ¡Joder!
-Tergiversadas. Y además, no debisteis meterlo en esto.
No, claro que no debían haberlo metido... ¿Pero qué coño les pasaba? Con sus pistolas y sus puestas en escena de película de acción americana... ¿No podían haberlo solucionado tranquilamente en el despacho de caoba y a él haberlo dejado en paz, mandar las fotos al curro y volverse a la cama?
Sombra ya empezaba a calentarse así que analizó la situación. Tenía que hacer algo, ¿pero qué? El matón que tenía más cerca parecía divertido con la pequeña batalla dialéctica que parecía a punto de empezar y sostenía la pistola distraídamente. Podía ser una oportunidad... o un suicidio. O una broma, sí, tenía que ser una broma, porque aquello no podía estar pasando, a él no, joder, ya tenía bastante, no podía ser verdad... maldita sea... ¡malditos cabrones!
----------
Llegado a este punto de desequilibrio mental, Sombra decide:
a) Hacerse el valiente e intentar coger la pistola.
b) Dejarse llevar por su recién adquirida locura y echar a correr por la sala gritando ¡es una broma!
c) Recuperar parte de su dignidad pisoteada y dar su opinión. A gritos.
d) Dejarse llevar por la desesperación y echarse a llorar cual niño.
e) ¿Se os ocurre a vosotros algo mejor? ¿Qué? ¡Contádmelo!
¡¡Vamos que solo queda un capítulo!! ¿Preparados para el desenlace?
15 de octubre de 2011
Capítulo 17 - Visitas
- ¿Qué se supone que es eso?
Ella se encogió de hombros.
- Nada. - Otro ruido. -El gato. -Sonrisa.
- Tú no tienes gato. -Ella acompañó las palabras del Gato con una risa corta. -¿Quién anda ahí?
- ¿Y eso qué coño os importa? Es mi casa. Estará quien a mí me salga de los ovarios.
Sombra, se encaminó al pasillo, casi precedido por el Gato. Ella les intentó cerrar el paso, pero el otro ya la estaba apartando con un empujón, sujetándola del brazo, mientras la amenazaba con un tono sombrío.
- Más te vale quedarte quietecita, Claudia.
Enfilaron el pasillo a paso rápido, pero Sombra no pudo evitar preguntar.
- ¿La conoces?
- ¿Que si qué? -De la sorpresa, el Gato se quedó parado, dedicándole una larga mirada de desconcierto y compasión. -Pensaba que estabas de coña... No estás de coña, ¿verdad? Sombra... ¿Que si conozco a Claudia? ¿En serio te han licuado el cerebro? ¿Claudia? ¿No te suena de nada? ¿La insufrible e insoportable Claudia Antares, con sus estúpidas coletas siempre jodiendo al personal? Vale que haga años que no la ves, pero tío...
Sombra abrió mucho los ojos, incrédulo. Miró al salón por encima del hombro, intentando verla de nuevo, pero otro ruido le hizo volver en sí y ambos entraron en la habitación, Sombra un paso por delante del Gato. La habitación también era pequeña y la cama estaba deshecha. En ella, una sombra oscura formada por largos cabellos ondulados y revueltos se removió. La maraña se apartó siguiendo las órdenes de un brazo claro y delgado que salió de entre las sábanas, y dio paso a una cara que Sombra conocía bien... Ella...
- ¿Sombra?
-Ho... hola...
Ella le clavó una mirada fría, cargada de odio y desprecio que le sentó como una bofetada doble. Tenía los ojos brillantes y expresión adormecida y enferma. Aún así su voz sonó alta y firme.
- ¿Por eso no podías ayudarme? ¿Porque habías quedado con este...?
En ese momento oyeron la puerta de la entrada abriéndose. Para Sombra el sonido fue una mezcla de alivio y alarma. Y no sabía cuál de las dos sensaciones pesaba más. A esas alturas la resaca ya empezaba a parecerle una nimiedad dentro del surrealismo del día, y el runrún de su estómago vacío solo era un eco lejano, el recuerdo de algo que fuera y ya no había más. ¿Necesidades físicas? Menudencias...
Se asomó a la ventana buscando una salida alternativa. Era un tercero, lo sabía, pero dentro de todo aquel absurdo esperaba, quizá, el milagro de una escalera contra el alféizar. O, por qué no, un grupo de bomberos, como en las películas, sujetando una gran lona blanca con una diana pintada. La imagen le resultó hilarante y no pudo evitar reír mientras apartaba las cortinas para encontrar, no las escaleras ni los bomberos, sino el tejadillo rígido de una cafetería. Bueno, no era muy bueno en matemáticas, pero eso podría restar un piso, ¿no? Y uno no se mataba al tirarse de un segundo, ¿verdad?
Su ataque de risa, había provocado un par de improperios por parte de ella y una mirada fulminante del Gato, que ahora fijo que estaba convencido de su desequilibrio mental. La vio tomar aire para volver a la carga, pero desde el salón les llegó una voz profunda que a Sombra no se le hizo del todo desconocida.
- ¡Gonzalo Antares y Simón Figueiroa! Han de saber, señores, que están empezando a darme demasiados quebraderos de cabeza y empiezo a estar un poco harto de todo esto...
Sombra miró al Gato, interrogante. Le indicó con un gesto de cabeza la ventana alzando dos dedos de la mano derecha. Ella aprovechó el momento de silencio para empezar de nuevo a gritarle.
-¿Es que piensas suicidarte antes de contestarme?
------------------------------
Sombra y Gato deciden:
a) Enfrentarse a Ella para que deje de gritar.
b) Salir de vuelta al salón y enfrentarse al hombre.
c) Saltar por la ventana y confiar en su buena fortuna.
d) Esconderse debajo de la cama.
e) ¿Otra cosa? ¿Qué? ¡Comentad!
Ella se encogió de hombros.
- Nada. - Otro ruido. -El gato. -Sonrisa.
- Tú no tienes gato. -Ella acompañó las palabras del Gato con una risa corta. -¿Quién anda ahí?
- ¿Y eso qué coño os importa? Es mi casa. Estará quien a mí me salga de los ovarios.
Sombra, se encaminó al pasillo, casi precedido por el Gato. Ella les intentó cerrar el paso, pero el otro ya la estaba apartando con un empujón, sujetándola del brazo, mientras la amenazaba con un tono sombrío.
- Más te vale quedarte quietecita, Claudia.
Enfilaron el pasillo a paso rápido, pero Sombra no pudo evitar preguntar.
- ¿La conoces?
- ¿Que si qué? -De la sorpresa, el Gato se quedó parado, dedicándole una larga mirada de desconcierto y compasión. -Pensaba que estabas de coña... No estás de coña, ¿verdad? Sombra... ¿Que si conozco a Claudia? ¿En serio te han licuado el cerebro? ¿Claudia? ¿No te suena de nada? ¿La insufrible e insoportable Claudia Antares, con sus estúpidas coletas siempre jodiendo al personal? Vale que haga años que no la ves, pero tío...
Sombra abrió mucho los ojos, incrédulo. Miró al salón por encima del hombro, intentando verla de nuevo, pero otro ruido le hizo volver en sí y ambos entraron en la habitación, Sombra un paso por delante del Gato. La habitación también era pequeña y la cama estaba deshecha. En ella, una sombra oscura formada por largos cabellos ondulados y revueltos se removió. La maraña se apartó siguiendo las órdenes de un brazo claro y delgado que salió de entre las sábanas, y dio paso a una cara que Sombra conocía bien... Ella...
- ¿Sombra?
-Ho... hola...
Ella le clavó una mirada fría, cargada de odio y desprecio que le sentó como una bofetada doble. Tenía los ojos brillantes y expresión adormecida y enferma. Aún así su voz sonó alta y firme.
- ¿Por eso no podías ayudarme? ¿Porque habías quedado con este...?
En ese momento oyeron la puerta de la entrada abriéndose. Para Sombra el sonido fue una mezcla de alivio y alarma. Y no sabía cuál de las dos sensaciones pesaba más. A esas alturas la resaca ya empezaba a parecerle una nimiedad dentro del surrealismo del día, y el runrún de su estómago vacío solo era un eco lejano, el recuerdo de algo que fuera y ya no había más. ¿Necesidades físicas? Menudencias...
Se asomó a la ventana buscando una salida alternativa. Era un tercero, lo sabía, pero dentro de todo aquel absurdo esperaba, quizá, el milagro de una escalera contra el alféizar. O, por qué no, un grupo de bomberos, como en las películas, sujetando una gran lona blanca con una diana pintada. La imagen le resultó hilarante y no pudo evitar reír mientras apartaba las cortinas para encontrar, no las escaleras ni los bomberos, sino el tejadillo rígido de una cafetería. Bueno, no era muy bueno en matemáticas, pero eso podría restar un piso, ¿no? Y uno no se mataba al tirarse de un segundo, ¿verdad?
Su ataque de risa, había provocado un par de improperios por parte de ella y una mirada fulminante del Gato, que ahora fijo que estaba convencido de su desequilibrio mental. La vio tomar aire para volver a la carga, pero desde el salón les llegó una voz profunda que a Sombra no se le hizo del todo desconocida.
- ¡Gonzalo Antares y Simón Figueiroa! Han de saber, señores, que están empezando a darme demasiados quebraderos de cabeza y empiezo a estar un poco harto de todo esto...
Sombra miró al Gato, interrogante. Le indicó con un gesto de cabeza la ventana alzando dos dedos de la mano derecha. Ella aprovechó el momento de silencio para empezar de nuevo a gritarle.
-¿Es que piensas suicidarte antes de contestarme?
------------------------------
Sombra y Gato deciden:
a) Enfrentarse a Ella para que deje de gritar.
b) Salir de vuelta al salón y enfrentarse al hombre.
c) Saltar por la ventana y confiar en su buena fortuna.
d) Esconderse debajo de la cama.
e) ¿Otra cosa? ¿Qué? ¡Comentad!
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2 de septiembre de 2011
Capítulo 14 - Cámara de fotos
Le repitió de memoria la dirección de la mujer y el Gato negó con la cabeza mientras aceleraba.
-Vas directo a la boca del lobo... ¿La bolsa?
Tras ponerse el cinto, Sombra vació el contenido de la bolsa en su regazo. Por el peso ya se había imaginado el contenido. El tan familiar peso de su Nikon D60.
-Bueno, así ya no tienes que comprar otra... ¿Sigue funcionando?
-Veamos... Encender enciende... y... ¿No reconoce la tarjeta? ¡Mierda!
-¿Qué?
-¡No está!
-¿El qué?
-¡La puta tarjeta de memoria!
Se sujetó el pelo con una de las manos, desesperado. Ya estaba harto. Que les dieran a la puta tarjeta, el fiambre, a la mensajera y a la madre que los parió a todos. El Gato apartaba la mirada de la carretera de vez en cuando para mirarlo.
-A ver, angustias, tranquilízate... ¿No hay nada más en la bolsa?
-Pues... La cámara, la entrada de un local... un par de nueces... y un recibo de Correos.
-¿Un recibo de Correos? Pues ahí tienes tu tarjeta. Espera, ¿has dicho nueces?
-¿Crees que mandé la tarjeta a algún lado? ¿A dónde? ¿Y qué diablos hace Correos abierto a las...? ¡La leche! ¿Llegué tan tarde a casa?
El Gato se inclinó sobre el recibo, dando un volantazo.
-Temprano. A eso en mi casa se le llama temprano. -Dio un frenazo, aparcando con una maniobra cargada de chulería, y le hizo un gesto con la cabeza hacia el edificio más cercano. -Fin del billete.
Sombra miró el portal con desgana.
-Es el tercero no-se-qué. No sé si me lo dijo. -Se rascó la nuca maldiciendo una vez más la resaca. -Creo que voy a tener que llamarla de nuevo para preguntar la letra.
-¿Quieres que vaya a hacerte compañía o te vales tú solito? ¿Y de dónde coño sacaste esas nueces?
---
Y entonces...
a) Sombra le pide que le acompañe.
b) Sombra le echa un par de... nueces y sube él solito.
c) Sombra se echa atrás y le dice que mejor van a Correos a preguntar.
d) Sombra... ¿Qué hace Sombra? ¡Cuéntamelo, please, que estoy parca de ideas!
-Vas directo a la boca del lobo... ¿La bolsa?
Tras ponerse el cinto, Sombra vació el contenido de la bolsa en su regazo. Por el peso ya se había imaginado el contenido. El tan familiar peso de su Nikon D60.
-Bueno, así ya no tienes que comprar otra... ¿Sigue funcionando?
-Veamos... Encender enciende... y... ¿No reconoce la tarjeta? ¡Mierda!
-¿Qué?
-¡No está!
-¿El qué?
-¡La puta tarjeta de memoria!
Se sujetó el pelo con una de las manos, desesperado. Ya estaba harto. Que les dieran a la puta tarjeta, el fiambre, a la mensajera y a la madre que los parió a todos. El Gato apartaba la mirada de la carretera de vez en cuando para mirarlo.
-A ver, angustias, tranquilízate... ¿No hay nada más en la bolsa?
-Pues... La cámara, la entrada de un local... un par de nueces... y un recibo de Correos.
-¿Un recibo de Correos? Pues ahí tienes tu tarjeta. Espera, ¿has dicho nueces?
-¿Crees que mandé la tarjeta a algún lado? ¿A dónde? ¿Y qué diablos hace Correos abierto a las...? ¡La leche! ¿Llegué tan tarde a casa?
El Gato se inclinó sobre el recibo, dando un volantazo.
-Temprano. A eso en mi casa se le llama temprano. -Dio un frenazo, aparcando con una maniobra cargada de chulería, y le hizo un gesto con la cabeza hacia el edificio más cercano. -Fin del billete.
Sombra miró el portal con desgana.
-Es el tercero no-se-qué. No sé si me lo dijo. -Se rascó la nuca maldiciendo una vez más la resaca. -Creo que voy a tener que llamarla de nuevo para preguntar la letra.
-¿Quieres que vaya a hacerte compañía o te vales tú solito? ¿Y de dónde coño sacaste esas nueces?
---
Y entonces...
a) Sombra le pide que le acompañe.
b) Sombra le echa un par de... nueces y sube él solito.
c) Sombra se echa atrás y le dice que mejor van a Correos a preguntar.
d) Sombra... ¿Qué hace Sombra? ¡Cuéntamelo, please, que estoy parca de ideas!
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17 de agosto de 2011
Capítulo 13 - La bolsa
- Creo que no me conviene volver a ese piso, Gato... me ha visto mucha gente y los tipos que me persiguieron gritaron que era un ladrón. Apuesto a que alguien aún me reconoce.
El Gato asintió y miró a los otros dos.
-¿Os podríais ocupar vosotros? Si veis que hay algún problema os largáis enseguida. No quiero heroicidades. No pienso ir a salvarle el culo a ningún gallito. -Miró a Sombra. -No a nadie más.
-¿Piensas ir con ese gilipollas?
Gato asintió y ordenó a Sombra que les diera la llave, cosa que hizo al punto, tendiéndoles la cajita blanca.
-No deberías hacerlo, Gato.
-Y vosotros deberíais estar largando ya para esa casa y cerrando la boca... -Se llevó una mano a los ojos. -Por favor... -Y les dedicó su mejor sonrisa de cine. -Y ahora tú... espero que todo sea cierto y que no me guardes otra... Más te vale. Vamos. No tenemos tiempo que perder.
Salieron de la casa y se metieron en el Slk del Gato. Para Sombra, montarse en el mercedes plateado del Gato era casi un acto religioso. No le gustaban los mercedes, pero aquel tenía el mismo aire chulesco de su conductor, que bajó la capota y lo miró con aire cansado.
-¿A la estación?
Sombra asintió, poco convencido. Re-sa-ca.
-Deberías aprovechar e ir llamando a la mensajera esa...
Sacó el número y marcó los seis dígitos maldiciendo los pitidos de las teclas. Ojalá el Gato le hubiera dejado tomarse esas aspirinas... Nada. Volvió a marcar. Al tercer tono, una voz de mujer contestó. Sonaba molesta.
-Allô.
-Este... hola... Soy... -Miró al Gato buscando ayuda pero estaba concentrado en la carretera, o al menos eso aparentaba. -¿Me has traído un paquete esta mañana? A nombre de Sombra. Me dejaste este número.
La chica tardó unos segundos en contestar.
-Pásate por mi casa.
Y le dio una dirección y colgó. Sombra miró al Gato, que ya aparcaba en la estación.
-Que vaya a su casa. -Y le repitió la dirección.
-No me jodas, Sombra... Vamos a por la mierda esa de la consigna y ya veremos.
Sombra tuvo que hacer uso del resto de su dinero y de parte del del Gato para sacar la bolsa que correspondía con el ticket. Era una bolsa negra y opaca, plástica, bastante grande. Y tenía publicidad de una tienda de ropa. No llegó a abrirla. De soslayo reconoció a uno de los tipos de gimnasio del piso.
-Gato...
Le hizo un gesto con la cabeza y él asintió. Se volvieron y se acercaron a la puerta, para echar a correr hacia el coche. El Gato saltó la puerta antes de abrir, siquiera, como recién sacado de una película. Cuando Sombra cerró la puerta ya estaba arrancando, y el tipo del gimnasio les estaba dando alcance. Llegó tarde.
-¿A dónde?
---
a) ¿A un sitio alejado para inspeccionar la bolsa?
b) ¿A la casa del Gato de nuevo?
c) ¿A casa de la mensajera?
d) ¿Vuelven a la estación a interrogar al tipo?
e) ¿Otra? ¿Qué? ¡Cuéntamelo!
(PD: Perdonad el retraso... Pero, como habéis podido comprobar, ando un poco carente de imaginación estos días...)
El Gato asintió y miró a los otros dos.
-¿Os podríais ocupar vosotros? Si veis que hay algún problema os largáis enseguida. No quiero heroicidades. No pienso ir a salvarle el culo a ningún gallito. -Miró a Sombra. -No a nadie más.
-¿Piensas ir con ese gilipollas?
Gato asintió y ordenó a Sombra que les diera la llave, cosa que hizo al punto, tendiéndoles la cajita blanca.
-No deberías hacerlo, Gato.
-Y vosotros deberíais estar largando ya para esa casa y cerrando la boca... -Se llevó una mano a los ojos. -Por favor... -Y les dedicó su mejor sonrisa de cine. -Y ahora tú... espero que todo sea cierto y que no me guardes otra... Más te vale. Vamos. No tenemos tiempo que perder.
Salieron de la casa y se metieron en el Slk del Gato. Para Sombra, montarse en el mercedes plateado del Gato era casi un acto religioso. No le gustaban los mercedes, pero aquel tenía el mismo aire chulesco de su conductor, que bajó la capota y lo miró con aire cansado.
-¿A la estación?
Sombra asintió, poco convencido. Re-sa-ca.
-Deberías aprovechar e ir llamando a la mensajera esa...
Sacó el número y marcó los seis dígitos maldiciendo los pitidos de las teclas. Ojalá el Gato le hubiera dejado tomarse esas aspirinas... Nada. Volvió a marcar. Al tercer tono, una voz de mujer contestó. Sonaba molesta.
-Allô.
-Este... hola... Soy... -Miró al Gato buscando ayuda pero estaba concentrado en la carretera, o al menos eso aparentaba. -¿Me has traído un paquete esta mañana? A nombre de Sombra. Me dejaste este número.
La chica tardó unos segundos en contestar.
-Pásate por mi casa.
Y le dio una dirección y colgó. Sombra miró al Gato, que ya aparcaba en la estación.
-Que vaya a su casa. -Y le repitió la dirección.
-No me jodas, Sombra... Vamos a por la mierda esa de la consigna y ya veremos.
Sombra tuvo que hacer uso del resto de su dinero y de parte del del Gato para sacar la bolsa que correspondía con el ticket. Era una bolsa negra y opaca, plástica, bastante grande. Y tenía publicidad de una tienda de ropa. No llegó a abrirla. De soslayo reconoció a uno de los tipos de gimnasio del piso.
-Gato...
Le hizo un gesto con la cabeza y él asintió. Se volvieron y se acercaron a la puerta, para echar a correr hacia el coche. El Gato saltó la puerta antes de abrir, siquiera, como recién sacado de una película. Cuando Sombra cerró la puerta ya estaba arrancando, y el tipo del gimnasio les estaba dando alcance. Llegó tarde.
-¿A dónde?
---
a) ¿A un sitio alejado para inspeccionar la bolsa?
b) ¿A la casa del Gato de nuevo?
c) ¿A casa de la mensajera?
d) ¿Vuelven a la estación a interrogar al tipo?
e) ¿Otra? ¿Qué? ¡Cuéntamelo!
(PD: Perdonad el retraso... Pero, como habéis podido comprobar, ando un poco carente de imaginación estos días...)
27 de julio de 2011
Capítulo 12 - Distintas versiones
Sombra tomó aire con fuerza y asintió.
-Vamos dentro...
Temía cruzar el umbral, de algún modo. Pero también, de algún modo, era el Gato y no podía evitar sentirse en casa allí. Vale que el apartamento del Gato hacía sentirse en casa a cualquiera... pero era diferente. Se dejó caer en el sofá, bajo la mirada amenazante de los dos colegas que ya estaban allí.
-¿Quieres tomar algo?
Era una pregunta retórica. El Gato ya estaba llenando de ron un vaso de tubo. Sombra contaba con los dedos.
-¿Cada cuanto tiempo se puede tomar una aspirina?
-¿Cuántas llevas?
-Creo que... tres. O cuatro.
El Gato lo miró fijamente, analizándolo unos instantes antes de apartar el vaso que le tendía. Le dio un trago antes de dejarlo sobre la mesa.
-Igual deberías parar. -Le tiró un par de hielos con la mano, que Sombra frenó y recogió malamente, y una botella de agua que le golpeó el pecho. Con fuerza. Argh. Y se sentó en el otro sofá, frente a él. -Venga. Empieza a largar.
Sombra se pasó el hielo por la nuca. Ayudaba un poco. Poco.
-Una o dos más no me van a matar... -La mirada de Gato le decidió a no seguir por ahí. -Vale... No hay mucho más que contar. No recuerdo nada de anoche. Igual deberíais empezar vosotros por ahí... Vamos, Gato, sabes que yo no te pegaría. No soy tan idiota. Debía estar... drogado o algo.
-Estabas prácticamente sobrio aún. No tienes excusa. -El moratón del ojo no sumaba grados al frío de su mirada. Estaba más helada que las dos piedras que Sombra sujetaba contra su nuca. -Llegamos al Delirium, pedimos, y al rato llegó el pirado aquel, te dije que era mal tipo y no me hiciste puto caso. Os fuisteis a hablar al baño como dos buenas amiguitas y al rato apareciste, me golpeaste, te golpeé y te largaste a la carrera con ese hijo de puta. Tienes suerte de ser mi amigo... o de haber sido mi amigo, Sombra. He estado a esto -juntó el pulgar y el índice a la altura de sus ojos- de pedirles que te las devolvieran una a una. Con intereses.
Sombra se echó hacia atrás, cerrando los ojos. No los abrió para hablar, sino que se quedó así, derrotado, jugando con el hielo.
-No me acuerdo de nada, en serio. Me levanté esta mañana con la peor resaca de mi vida, me trajeron el paquete con la dirección y las llaves, fui pensando que sería algún tipo de broma o de movida tuya y me encontré al fiambre que, te juro que sigo sin saber quién coño es, y a la pasma en la puerta. Salí de allí en cuanto se despistaron y en la puerta me esperaban cuatro tipos. Corrí, subí al bus, cogí un taxi y aquí estoy. Y no tengo ni puta idea de qué ha pasado.
-¿No tienes fotos de anoche?
-No.
-Mucho me extraña.
Sombra se echó hacia alante con un suspiro, mirándolo por fin.
-Perdí la cámara pequeña.
-Muy conveniente.
-En serio... Bueno, tengo esto. -Sacó las fotos que había cogido en el piso y las dejó sobre la mesita, junto a los vasos de los otros dos, que escuchaban en silencio. -Son buenas, ¿eh? Pero no son mías. Las tenía el cadáver en la mesa del salón. -El Gato las cogió y torció la boca. -Ah... y esto... -Sacó el tiket de la consigna y se lo tendió.
El Gato le dio la vuelta al papel, separando el que lo acompañaba.
-¿Y el número?
-De la mensajera. La que trajo el paquete.
-¿Te la tiraste?
-¡No! Me lo dio...
-¿Y por qué diablos te iba a dar su número? -Alzó una ceja.
-¡Y yo qué sé!
-¿Llamaste?
-No...
El Gato se quedó mirando las fotos y los papeles un buen rato, en silencio, mientras los otros dos cuchicheaban.
-Vale... Podemos... Alguien tiene que ir al piso a borrar tus huellas, porque apuesto a que has dejado todo hecho un cisco... Y necesitamos ver si tienen más fotos por ahí. Con suerte la policía no iba allí por el cadáver y no han revisado aún el piso... ¿Sigues teniendo la llave? -Sombra asintió. -Creo que deberíamos recoger lo que sea que dejaste en la consigna y... Y deberíamos buscar tu cámara... ¿Y llamar a la zorra esa de mensajería por si sabe algo?
------
Decisiones, decisiones, decisiones... ¿Por dónde empezamos?
a) Se van al piso del muerto.
b) A la estación de tren.
c) Al piso de Sombra.
d) Llaman a la mensajera.
e) ¿Otra? ¿Cuál?
-Vamos dentro...
Temía cruzar el umbral, de algún modo. Pero también, de algún modo, era el Gato y no podía evitar sentirse en casa allí. Vale que el apartamento del Gato hacía sentirse en casa a cualquiera... pero era diferente. Se dejó caer en el sofá, bajo la mirada amenazante de los dos colegas que ya estaban allí.
-¿Quieres tomar algo?
Era una pregunta retórica. El Gato ya estaba llenando de ron un vaso de tubo. Sombra contaba con los dedos.
-¿Cada cuanto tiempo se puede tomar una aspirina?
-¿Cuántas llevas?
-Creo que... tres. O cuatro.
El Gato lo miró fijamente, analizándolo unos instantes antes de apartar el vaso que le tendía. Le dio un trago antes de dejarlo sobre la mesa.
-Igual deberías parar. -Le tiró un par de hielos con la mano, que Sombra frenó y recogió malamente, y una botella de agua que le golpeó el pecho. Con fuerza. Argh. Y se sentó en el otro sofá, frente a él. -Venga. Empieza a largar.
Sombra se pasó el hielo por la nuca. Ayudaba un poco. Poco.
-Una o dos más no me van a matar... -La mirada de Gato le decidió a no seguir por ahí. -Vale... No hay mucho más que contar. No recuerdo nada de anoche. Igual deberíais empezar vosotros por ahí... Vamos, Gato, sabes que yo no te pegaría. No soy tan idiota. Debía estar... drogado o algo.
-Estabas prácticamente sobrio aún. No tienes excusa. -El moratón del ojo no sumaba grados al frío de su mirada. Estaba más helada que las dos piedras que Sombra sujetaba contra su nuca. -Llegamos al Delirium, pedimos, y al rato llegó el pirado aquel, te dije que era mal tipo y no me hiciste puto caso. Os fuisteis a hablar al baño como dos buenas amiguitas y al rato apareciste, me golpeaste, te golpeé y te largaste a la carrera con ese hijo de puta. Tienes suerte de ser mi amigo... o de haber sido mi amigo, Sombra. He estado a esto -juntó el pulgar y el índice a la altura de sus ojos- de pedirles que te las devolvieran una a una. Con intereses.
Sombra se echó hacia atrás, cerrando los ojos. No los abrió para hablar, sino que se quedó así, derrotado, jugando con el hielo.
-No me acuerdo de nada, en serio. Me levanté esta mañana con la peor resaca de mi vida, me trajeron el paquete con la dirección y las llaves, fui pensando que sería algún tipo de broma o de movida tuya y me encontré al fiambre que, te juro que sigo sin saber quién coño es, y a la pasma en la puerta. Salí de allí en cuanto se despistaron y en la puerta me esperaban cuatro tipos. Corrí, subí al bus, cogí un taxi y aquí estoy. Y no tengo ni puta idea de qué ha pasado.
-¿No tienes fotos de anoche?
-No.
-Mucho me extraña.
Sombra se echó hacia alante con un suspiro, mirándolo por fin.
-Perdí la cámara pequeña.
-Muy conveniente.
-En serio... Bueno, tengo esto. -Sacó las fotos que había cogido en el piso y las dejó sobre la mesita, junto a los vasos de los otros dos, que escuchaban en silencio. -Son buenas, ¿eh? Pero no son mías. Las tenía el cadáver en la mesa del salón. -El Gato las cogió y torció la boca. -Ah... y esto... -Sacó el tiket de la consigna y se lo tendió.
El Gato le dio la vuelta al papel, separando el que lo acompañaba.
-¿Y el número?
-De la mensajera. La que trajo el paquete.
-¿Te la tiraste?
-¡No! Me lo dio...
-¿Y por qué diablos te iba a dar su número? -Alzó una ceja.
-¡Y yo qué sé!
-¿Llamaste?
-No...
El Gato se quedó mirando las fotos y los papeles un buen rato, en silencio, mientras los otros dos cuchicheaban.
-Vale... Podemos... Alguien tiene que ir al piso a borrar tus huellas, porque apuesto a que has dejado todo hecho un cisco... Y necesitamos ver si tienen más fotos por ahí. Con suerte la policía no iba allí por el cadáver y no han revisado aún el piso... ¿Sigues teniendo la llave? -Sombra asintió. -Creo que deberíamos recoger lo que sea que dejaste en la consigna y... Y deberíamos buscar tu cámara... ¿Y llamar a la zorra esa de mensajería por si sabe algo?
------
Decisiones, decisiones, decisiones... ¿Por dónde empezamos?
a) Se van al piso del muerto.
b) A la estación de tren.
c) Al piso de Sombra.
d) Llaman a la mensajera.
e) ¿Otra? ¿Cuál?
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11 de julio de 2011
Capítulo 11 - La pelea
-¿Qué coño te ha pasado?
-¿Me tomas el pelo?
Sombra parpadeó en silencio, aún asimilando los golpes de su amigo. Sea quien fuere el que le había hecho eso, había sido un estúpido. Nadie se metía con el Gato y salía indemne. Si era cuestión de contactos, el Gato ganaba al más pintado.
Pero en ese momento lo miraba fijamente y levantaba una ceja, en ese gesto chulesco que tan bien tenía ensayado. Solo que nunca lo había ensayado en semejantes condiciones, así que lo siguió otro de dolor.
-¿De verdad no tienes ni idea?
-No. -Sombra se frotó los ojos. Necesitaba beber algo. Y comer algo. Y dormir. Veinte o treinta horas. Y otra media docena de aspirinas. -Ya te dije que no recuerdo absolutamente nada después de la cena. ¿Quién fue tan imbécil como para hacerte eso?
Acompañó la pregunta con un gesto de la mano hacia él, que el Gato debió malinterpretar, puesto que retrocedió un paso. Aún así lo miraba incrédulo.
-Tú, Sombra. El imbécil fuiste tú.
Y tal cual de imbécil debió de quedársele la cara, puesto que el Gato le dio paso a la casa.
-Anda, entra. Pero te lo advierto: hay más gente dentro. Si te pones tontito no duraré en decirles que te peguen tal paliza que no la olvidarás en tu vida, ¿de acuerdo?
La sonrisa del Gato. La sonrisa de "no la olvidarás en tu vida" del Gato. Algo enturbiada por culpa del corte del labio, pero seguía siendo su sonrisa, la que ponía antes de arruinarle la vida a alguien. Genial.
A Sombra no se le ocurría ningún motivo lo suficientemente plausible como para querer jugárselo todo metiéndose con el Gato. No conocía a nadie lo sificientemente estúpido como para eso. Pero es que además, el Gato era su mejor amigo, era su amigo desde hacía siglos. El Gato y su Sombra. No tenía el más puto sentido.
Y sin embargo, explicaba perfectamente lo dolorido que se encontraba, los moratones que le pareció verse en la ducha... Se llevó la mano a la nuca, frotándosela, intentando pensar. Estaba desconcertado, de nuevo sin saber qué hacer, mientras que la encantadora sonrisa del Gato brillaba en casi todo su explendor.
----
Vuestro turno.
Sombra...
a) Respira hondo y entra en la casa.
b) Respira hondo y le dice al Gato que mejor hablan fuera.
c) Le dice al Gato que se dejó algo encendido y huye a casa.
d) Otra. ¿Cuál? Comentarios aquí.
-¿Me tomas el pelo?
Sombra parpadeó en silencio, aún asimilando los golpes de su amigo. Sea quien fuere el que le había hecho eso, había sido un estúpido. Nadie se metía con el Gato y salía indemne. Si era cuestión de contactos, el Gato ganaba al más pintado.
Pero en ese momento lo miraba fijamente y levantaba una ceja, en ese gesto chulesco que tan bien tenía ensayado. Solo que nunca lo había ensayado en semejantes condiciones, así que lo siguió otro de dolor.
-¿De verdad no tienes ni idea?
-No. -Sombra se frotó los ojos. Necesitaba beber algo. Y comer algo. Y dormir. Veinte o treinta horas. Y otra media docena de aspirinas. -Ya te dije que no recuerdo absolutamente nada después de la cena. ¿Quién fue tan imbécil como para hacerte eso?
Acompañó la pregunta con un gesto de la mano hacia él, que el Gato debió malinterpretar, puesto que retrocedió un paso. Aún así lo miraba incrédulo.
-Tú, Sombra. El imbécil fuiste tú.
Y tal cual de imbécil debió de quedársele la cara, puesto que el Gato le dio paso a la casa.
-Anda, entra. Pero te lo advierto: hay más gente dentro. Si te pones tontito no duraré en decirles que te peguen tal paliza que no la olvidarás en tu vida, ¿de acuerdo?
La sonrisa del Gato. La sonrisa de "no la olvidarás en tu vida" del Gato. Algo enturbiada por culpa del corte del labio, pero seguía siendo su sonrisa, la que ponía antes de arruinarle la vida a alguien. Genial.
A Sombra no se le ocurría ningún motivo lo suficientemente plausible como para querer jugárselo todo metiéndose con el Gato. No conocía a nadie lo sificientemente estúpido como para eso. Pero es que además, el Gato era su mejor amigo, era su amigo desde hacía siglos. El Gato y su Sombra. No tenía el más puto sentido.
Y sin embargo, explicaba perfectamente lo dolorido que se encontraba, los moratones que le pareció verse en la ducha... Se llevó la mano a la nuca, frotándosela, intentando pensar. Estaba desconcertado, de nuevo sin saber qué hacer, mientras que la encantadora sonrisa del Gato brillaba en casi todo su explendor.
----
Vuestro turno.
Sombra...
a) Respira hondo y entra en la casa.
b) Respira hondo y le dice al Gato que mejor hablan fuera.
c) Le dice al Gato que se dejó algo encendido y huye a casa.
d) Otra. ¿Cuál? Comentarios aquí.
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2 de julio de 2011
Capítulo 10 - Heridas de guerra
Dio un par de vueltas al recibo de la consigna, incrédulo.
- ¿Y esto...?
Lo guardó junto con el número, comprobó que le quedaba algo de dinero (10€ y algunas monedas. Y aún sin comer. Planazo.) Y paró al primer taxi que, por fortuna, pasó por allí con la luz verde encendida. No era un gran coche, el conductor iba demasiado rápido y era un poco borde, pero visto lo visto...
Dio la dirección de casa del Gato (lo conocía lo suficiente como para saber que no iba a seguir en la tienda esperándolo) y se recostó en el asiento, rogando que el conductor decidiera bajarle el volumen a la maldita radio y que el taxímetro no subiera de los 10€ de marras. No lo hizo. Ni el conductor, ni el taxímetro. Lo cual ya era algo...
Llamó al timbre de la casa y oyó la llave descorriendo el cerrojo, demasiado tiempo después de que se oscureciera la mirilla. No le daba muy buena espina, la verdad. Pero bueno, ahora el Gato aparecería en el umbral, con su cara de estrella de cine perdonavidas y su aire de divo fantástico y...
Y Sombra se quedó congelado cuando la puerta se abrió.
Las gafas de sol no ocultaban totalmente el ojo amoratado, y el corte que lucía en el labio desmejoraba mucho la imagen de galán de su mejor amigo.
El Gato hizo un gesto con la mano, menos ágil de lo normal, como dolorido, bloqueándole la entrada y suspirando agotado. Al menos seguía siendo capaz de cargar un gesto tan sencillo de una dosis de desprecio absoluto, algo quedaba del Gato original...
- ¿Es que no he sido lo suficientemente claro, Sombra? ¿A ti qué coño te pasa?
----
Flipa. El intocable Gato, apaleado. Ahora sí que Sombra está descolocado...
a) De modo que, pasando de todo, le pregunta sobre sus heridas.
b) Si es que ya no puede más... Sombra le cuenta todas sus desventuras, allí mismo, en la puerta.
c) Sombra desespera. Se vuelve a casa corriendo para meterse en la cama.
d) Decide hacerse el longuis, ignorar las heridas del Gato e intentar entrar en la casa.
e) ¿Otra? ¿Cuál? Estáis tardando en comentar.
- ¿Y esto...?
Lo guardó junto con el número, comprobó que le quedaba algo de dinero (10€ y algunas monedas. Y aún sin comer. Planazo.) Y paró al primer taxi que, por fortuna, pasó por allí con la luz verde encendida. No era un gran coche, el conductor iba demasiado rápido y era un poco borde, pero visto lo visto...
Dio la dirección de casa del Gato (lo conocía lo suficiente como para saber que no iba a seguir en la tienda esperándolo) y se recostó en el asiento, rogando que el conductor decidiera bajarle el volumen a la maldita radio y que el taxímetro no subiera de los 10€ de marras. No lo hizo. Ni el conductor, ni el taxímetro. Lo cual ya era algo...
Llamó al timbre de la casa y oyó la llave descorriendo el cerrojo, demasiado tiempo después de que se oscureciera la mirilla. No le daba muy buena espina, la verdad. Pero bueno, ahora el Gato aparecería en el umbral, con su cara de estrella de cine perdonavidas y su aire de divo fantástico y...
Y Sombra se quedó congelado cuando la puerta se abrió.
Las gafas de sol no ocultaban totalmente el ojo amoratado, y el corte que lucía en el labio desmejoraba mucho la imagen de galán de su mejor amigo.
El Gato hizo un gesto con la mano, menos ágil de lo normal, como dolorido, bloqueándole la entrada y suspirando agotado. Al menos seguía siendo capaz de cargar un gesto tan sencillo de una dosis de desprecio absoluto, algo quedaba del Gato original...
- ¿Es que no he sido lo suficientemente claro, Sombra? ¿A ti qué coño te pasa?
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Flipa. El intocable Gato, apaleado. Ahora sí que Sombra está descolocado...
a) De modo que, pasando de todo, le pregunta sobre sus heridas.
b) Si es que ya no puede más... Sombra le cuenta todas sus desventuras, allí mismo, en la puerta.
c) Sombra desespera. Se vuelve a casa corriendo para meterse en la cama.
d) Decide hacerse el longuis, ignorar las heridas del Gato e intentar entrar en la casa.
e) ¿Otra? ¿Cuál? Estáis tardando en comentar.
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25 de junio de 2011
Capítulo 9 - El sueño
Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás apoyándola en el asiento. Estaba agotado. No había sido un día agradable, menos aún para llevarlo con semejante resaca.
No entendía absolutamente nada. No sabía de dónde había salido aquel cadáver, qué había pasado la noche anterior, qué coño le pasaba a Gato y, ya de puestos, qué coño le había pasado a él. Había rechazado una cita con Ella, había estado haciéndole fotos a un cadáver (tanteó la cámara para comprobar que seguía colgada de su hombro), había huído, sí, podía decirse que había huído de la policía y lo habían perseguido cuatro tipos y luego, además...
El ruido del bus se fue tamizando poco a poco...
Negro.
Silencio.
Tarja baila sobre una mesa, poco vestida, mientras a su alrededor, una marabunta de gente aplaude. Hay copas, muchas copas sobre la mesa, tanta que le sorprende que no tire ninguna al bailar. Alguien vacía un vial en una copa.
Una copa para una chica rubia y una joven con el pelo corto, mechas azules y varios piercings le sonríe.
-¿Quieres una copa, guapo?
Y la cerveza es muy amarga, tanto que acaba por escupirla al suelo.
Hay una calle mojada y Tarja ya no es Tarja, es un tipo con una pistola y el Gato está frente a él.
-Lo haces tú o lo mato yo.
Pasan los trenes y hay un puñado de fotos sobre una mesa y...
Alguien lo estaba sacudiendo.
-Oye, chico, si buscas un sitio donde dormir, te pagas la habitación en un hotel, esto no es una pensión.
Sombra parpadeó, aún medio dormido.
-Si no, te bajas del bus y si quieres volver, pagas otro billete.
-¿Pagar qué?
-El viaje. Anda, largo de aquí.
El conductor seguía teniendo cara de malas pulgas así que se bajó del bus. Aún tenía el número de la mensajera en la mano así que sacó la cartera para guardarlo. Dentro, se encontró con un recibo de la consigna del tren.
Hacía años que no viajaba en tren.
----
Sombra entonces...
a) Se busca un bus (o taxi) para ir a la estación de tren.
b) Prueba suerte con la mensajera.
c) Lo intenta de nuevo con el Gato.
d) Se vuelve a casa a dormir de una dichosa vez.
e) ¿Otra? ¿Cual? Contádmelo, a mí los exámenes me tienen sin ideas.
No entendía absolutamente nada. No sabía de dónde había salido aquel cadáver, qué había pasado la noche anterior, qué coño le pasaba a Gato y, ya de puestos, qué coño le había pasado a él. Había rechazado una cita con Ella, había estado haciéndole fotos a un cadáver (tanteó la cámara para comprobar que seguía colgada de su hombro), había huído, sí, podía decirse que había huído de la policía y lo habían perseguido cuatro tipos y luego, además...
El ruido del bus se fue tamizando poco a poco...
Negro.
Silencio.
Tarja baila sobre una mesa, poco vestida, mientras a su alrededor, una marabunta de gente aplaude. Hay copas, muchas copas sobre la mesa, tanta que le sorprende que no tire ninguna al bailar. Alguien vacía un vial en una copa.
Una copa para una chica rubia y una joven con el pelo corto, mechas azules y varios piercings le sonríe.
-¿Quieres una copa, guapo?
Y la cerveza es muy amarga, tanto que acaba por escupirla al suelo.
Hay una calle mojada y Tarja ya no es Tarja, es un tipo con una pistola y el Gato está frente a él.
-Lo haces tú o lo mato yo.
Pasan los trenes y hay un puñado de fotos sobre una mesa y...
Alguien lo estaba sacudiendo.
-Oye, chico, si buscas un sitio donde dormir, te pagas la habitación en un hotel, esto no es una pensión.
Sombra parpadeó, aún medio dormido.
-Si no, te bajas del bus y si quieres volver, pagas otro billete.
-¿Pagar qué?
-El viaje. Anda, largo de aquí.
El conductor seguía teniendo cara de malas pulgas así que se bajó del bus. Aún tenía el número de la mensajera en la mano así que sacó la cartera para guardarlo. Dentro, se encontró con un recibo de la consigna del tren.
Hacía años que no viajaba en tren.
----
Sombra entonces...
a) Se busca un bus (o taxi) para ir a la estación de tren.
b) Prueba suerte con la mensajera.
c) Lo intenta de nuevo con el Gato.
d) Se vuelve a casa a dormir de una dichosa vez.
e) ¿Otra? ¿Cual? Contádmelo, a mí los exámenes me tienen sin ideas.
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4 de junio de 2011
Capítulo 8 - El 17
Saltó al autobús justo cuando se estaban cerrando las puertas. Pasó por alto la mirada furiosa del conductor y sus quejas, mientras sacaba un par de monedas del bolsillo y las tiraba sobre el mostrador, dando saltitos nerviosos. Tan solo murmuró un "lo siento, tengo prisa" entre jadeos. Estaba hecho una mierda, ya no tenía edad para correr así... El conductor arrancó, sin echar una ojeada a los tipos que seguían a Sombra, rebuscó entre las monedas y le tiró el cambio sobre el mostrador, con un mal gesto. Una de las monedas rodó y cayó al suelo. Sombra decidió dejarla allí. No era tanto dinero, no valía la pena. Y si se agachaba, estaba seguro de que acabaría en el suelo.
Al dirigirse a los asientos aún vio a los tipos (cuatro tipos) correr unos metros tras el autobús y hacer gestos hacia él. Fijo que estaban mentando a la madre del conductor. Durante unos instantes le dieron pena. Habían perdido el bus... Luego, recordó que lo estaban siguiendo y casi sonrió.
-Joder, Sombra... te estás compadeciendo de un puñado de matones que quieren darte una paliza... ¿Qué coño has bebido?
El móvil empezó a sonar por tercera vez mientras se dejaba caer pesadamente en un asiento. La mujer de al lado le envió una mirada fulminante cuando casi se sentó (desplomó) sobre su bolsa de la compra. ¿La bolsa había pagado billete? No, ¿verdad? Pues él sí... Delante, un chico con los cascos puestos lo miraba divertido. Si aún se iba a estar riendo de él...
Se echó hacia atrás y levantó la cadera para sacar el teléfono del bolsillo. Junto con el teléfono, sacó un papel doblado al que apenas hizo caso.
Gato.
-¿Se puede saber dónde coño te has metido? Llevo la vida esperándote.
-Estoy en el 17.
-¿Qué?
-En el bus. El 17. ¿Tienes idea de a dónde va?
Se oyó como un suspiro al otro lado del teléfono.
-Sorpréndeme.
-Te lo estaba preguntando. -Se giró intentando mirar por las ventanillas. El autobús había enfilado en dirección oeste. -Creo que voy en dirección contraria.
-¿Y se puede saber qué coño haces en bus en dirección contraria? ¿Tú te has propuesto acabar conmigo o qué? Mira, anda... a ver si tenemos suerte y esa línea te lleva directamente a la mierda.
Y colgó.
Qué bien, no había pasado ni medio día y ya se había empezado a acostumbrar a eso de que le colgaran...
Se echó hacia delante, sujetándose la cabeza con las manos, mientras la mujer de al lado seguía refunfuñando. Había comprado pescado, podía olerlo. Volvía a tener náuseas. El papel, que aún sujetaba en la mano, le hizo cosquillas y lo desdobló para mirarlo. Había estado jugueteando con él durante la llamada. Era el número de la mensajera. Lo había olvidado por completo.
----
¿Qué hace Sombra?
a) Baja del bus y vuelve a casa a buscar la cámara.
b) Baja del bus y va a la tienda del Gato.
c) Baja del bus y llama a la mensajera por si sabe de qué va el tema.
d) Se acomoda en el asiento y se hace la línea del 17.
e) Otra. ¿Cuál? ¡¡Cuéntamela!!
Al dirigirse a los asientos aún vio a los tipos (cuatro tipos) correr unos metros tras el autobús y hacer gestos hacia él. Fijo que estaban mentando a la madre del conductor. Durante unos instantes le dieron pena. Habían perdido el bus... Luego, recordó que lo estaban siguiendo y casi sonrió.
-Joder, Sombra... te estás compadeciendo de un puñado de matones que quieren darte una paliza... ¿Qué coño has bebido?
El móvil empezó a sonar por tercera vez mientras se dejaba caer pesadamente en un asiento. La mujer de al lado le envió una mirada fulminante cuando casi se sentó (desplomó) sobre su bolsa de la compra. ¿La bolsa había pagado billete? No, ¿verdad? Pues él sí... Delante, un chico con los cascos puestos lo miraba divertido. Si aún se iba a estar riendo de él...
Se echó hacia atrás y levantó la cadera para sacar el teléfono del bolsillo. Junto con el teléfono, sacó un papel doblado al que apenas hizo caso.
Gato.
-¿Se puede saber dónde coño te has metido? Llevo la vida esperándote.
-Estoy en el 17.
-¿Qué?
-En el bus. El 17. ¿Tienes idea de a dónde va?
Se oyó como un suspiro al otro lado del teléfono.
-Sorpréndeme.
-Te lo estaba preguntando. -Se giró intentando mirar por las ventanillas. El autobús había enfilado en dirección oeste. -Creo que voy en dirección contraria.
-¿Y se puede saber qué coño haces en bus en dirección contraria? ¿Tú te has propuesto acabar conmigo o qué? Mira, anda... a ver si tenemos suerte y esa línea te lleva directamente a la mierda.
Y colgó.
Qué bien, no había pasado ni medio día y ya se había empezado a acostumbrar a eso de que le colgaran...
Se echó hacia delante, sujetándose la cabeza con las manos, mientras la mujer de al lado seguía refunfuñando. Había comprado pescado, podía olerlo. Volvía a tener náuseas. El papel, que aún sujetaba en la mano, le hizo cosquillas y lo desdobló para mirarlo. Había estado jugueteando con él durante la llamada. Era el número de la mensajera. Lo había olvidado por completo.
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¿Qué hace Sombra?
a) Baja del bus y vuelve a casa a buscar la cámara.
b) Baja del bus y va a la tienda del Gato.
c) Baja del bus y llama a la mensajera por si sabe de qué va el tema.
d) Se acomoda en el asiento y se hace la línea del 17.
e) Otra. ¿Cuál? ¡¡Cuéntamela!!
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16 de mayo de 2011
Capítulo 7 - La plaza
Dos pasos rápidos a la derecha. Dos a la izquierda. Los dos tipos (altos, anchos de hombros, camiseta sin mangas, músculos marcados, cual sacados del anuncio de un gimnasio) le cerraban el paso allá dónde se moviera.
-Llevas una cámara muy bonita…
Pensó en señalar tras ellos gritando cualquier estupidez, un “mirad, es Richard Clayderman” o algo por el estilo, y echar a correr, pero era todo ya demasiado absurdo así que decidió, simplemente, echar a correr.
Atravesó la carretera esquivando los coches aparcados. ¿Qué otra cosa podía hacer? No le atropelló un coche de puro milagro y el frenazo de otro le puso los pelos de punta. Tenía buenos frenos, buenas ruedas, vaya, eso era innegable. Apoyó la mano en el capó gris al tiempo que el coche se detenía y los pitidos histéricos le atravesaron dolorosamente el cerebro.
No se paró a escuchar las imprecaciones del conductor, por supuesto. Los dos tipos de gimnasio ya corrían detrás de él y, a juzgar por la cantidad de pasos golpeando el asfalto a sus espaldas, no eran los únicos. No quiso girarse a mirar. Simplemente, corrió calle abajo todo lo que le dieron las piernas, sin saber muy bien hacia dónde tirar.
Por si no fuera bastante, le empezó a sonar el móvil.
Tropezó con una pareja que venía de frente y los oyó maldecir a sus espaldas. Alguien gritó algo tipo “¡ladrón!”, y de pronto se sintió el centro de las miradas y la agresividad de la gente de la calle. Vio a una señora levantar el bolso para atizarle al pasar, incluso. Derrapó al llegar a la plaza, tropezando con el bordillo de la acera, manteniéndose en pie de puro milagro.
-Vale, Sombra, bien, la plaza…
Al menos ahora tenía una mínima idea de dónde estaba. Como a medio kilómetro de su casa, cogiendo la calle hacia el norte, y a un kilómetro de la tienda del Gato, hacia el este. No es que fuera un genio de la orientación, pero era fácil reconocer los puntos cardinales cuando en el centro de la plaza había una gran rosa de los vientos.
También había un autobús en la parada. El 17. Estaba pensando en que no recordaba haberlo visto en su vida, cuando el móvil, que al fin se había callado, volvió a empezar a sonar, poniéndole banda sonora, de nuevo, a los pasos de sus perseguidores.
Por la mente de Sombra apenas pasó una palabra. Y ni siquiera podía considerarse como tal.
Argh.
------
Esto empieza a superar al pobre Sombra... ¿Qué hace ahora?
a) Sigue corriendo hacia su casa.
b) Sigue corriendo hacia la tienda del Gato.
c) Se sube al autobús, confiando en que los otros no lo hagan.
d) Se para en la plaza y contesta al teléfono.
e) Otra cosa. ¿Cuál? ¡Contádmela aquí!
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23 de abril de 2011
Capítulo 5 - Las fotos
Colgó aún más asustado, si eso era posible, y aún sin saber qué hacer.
- Vamos, Sombra... Esto es demasiado chungo...
Se frotó la cara con las manos, con fuerza, como para intentar despertarse, y luego bajó las manos y se frotó el cuello y la nuca.
- Venga, va... céntrate... tienes que salir de aquí...
Quería hacerle caso al Gato. Realmente quería hacerlo. Se acercó, casi temblando a la puerta, pero el peso de la cámara le hizo girarse de nuevo. ¿Quién podía desaprovechar una oportunidad así? Un asesinato... Podría sacar unas fotos... Y si encontraba cómo venderas sin levantar sospechas, seguramente se podría sacar una pasta. Aparte de que seguramente le tendrían en cuenta para...
El chasquido del disparador de la cámara lo sobresaltó. Ni siquiera había sido consciente de que la estaba sacando de la funda y la estaba montando.
No quiso pasarse. El cuerpo estaba allí, en la alfombra, rodeado de un charco de sangre sobre el que descansaba su cabeza. Apestaba, a pesar de que no tenía pinta de llevar mucho allí, y a Sombra le volvió a asaltar esa sensación de náusea. Otra foto. Otra. Y otra más.
No quería adentrarse en el sálón, pero algo en la mesa llamó su atención. Había varias fotos, y se acercó a verlas. Tuvo que cerrar los ojos y respirar con calma unos segundos para no vomitar.
Y entonces fue cuando oyó la sirena de la policía en la calle. Oyó el frenazo del coche y el ruido de puertas y se maldijo por no haberle hecho caso al Gato. Se asomó a la ventana y los vio caminar hacia el edificio. Cogió las fotos de la mesa, con un gesto rápido.
-Maldita sea... es que además son buenas las jodidas...
Y echó a correr hacia la puerta. Pasó la manga del jersey por la manilla, como había visto hacer en las películas, para borrar las huellas y cerró la puerta con llave. Se la guardó en el bolsillo y bajó corriendo por las escaleras, incapaz de esperar por el ascensor. En el rellano del primero frenó, con el consiguiente resbalón. Casi se rompe la crisma. Oía a los policías hablar en el portal.
-Si es que eres idiota, Sombra... ¿Y ahora, qué?
---------
Eso... ¿Ahora qué?
a) Intenta pasar entre la policía haciéndose el avión y mintiendo de ser preciso.
b) Vuelve al piso y se encierra confiando en que la policía vaya a otro lugar.
c) Se entrega a la policía y les cuenta todo el follón.
d) Pide asilo en casa de cualquier vecino.
e) Cualquier otra feliz idea. ¿Como qué? ¡Coméntamelo!
(No seáis malas pécoras, que os conozco, y dejad vuestro voto en la columna de la derecha del blog...)
- Vamos, Sombra... Esto es demasiado chungo...
Se frotó la cara con las manos, con fuerza, como para intentar despertarse, y luego bajó las manos y se frotó el cuello y la nuca.
- Venga, va... céntrate... tienes que salir de aquí...
Quería hacerle caso al Gato. Realmente quería hacerlo. Se acercó, casi temblando a la puerta, pero el peso de la cámara le hizo girarse de nuevo. ¿Quién podía desaprovechar una oportunidad así? Un asesinato... Podría sacar unas fotos... Y si encontraba cómo venderas sin levantar sospechas, seguramente se podría sacar una pasta. Aparte de que seguramente le tendrían en cuenta para...
El chasquido del disparador de la cámara lo sobresaltó. Ni siquiera había sido consciente de que la estaba sacando de la funda y la estaba montando.
No quiso pasarse. El cuerpo estaba allí, en la alfombra, rodeado de un charco de sangre sobre el que descansaba su cabeza. Apestaba, a pesar de que no tenía pinta de llevar mucho allí, y a Sombra le volvió a asaltar esa sensación de náusea. Otra foto. Otra. Y otra más.
No quería adentrarse en el sálón, pero algo en la mesa llamó su atención. Había varias fotos, y se acercó a verlas. Tuvo que cerrar los ojos y respirar con calma unos segundos para no vomitar.
Y entonces fue cuando oyó la sirena de la policía en la calle. Oyó el frenazo del coche y el ruido de puertas y se maldijo por no haberle hecho caso al Gato. Se asomó a la ventana y los vio caminar hacia el edificio. Cogió las fotos de la mesa, con un gesto rápido.
-Maldita sea... es que además son buenas las jodidas...
Y echó a correr hacia la puerta. Pasó la manga del jersey por la manilla, como había visto hacer en las películas, para borrar las huellas y cerró la puerta con llave. Se la guardó en el bolsillo y bajó corriendo por las escaleras, incapaz de esperar por el ascensor. En el rellano del primero frenó, con el consiguiente resbalón. Casi se rompe la crisma. Oía a los policías hablar en el portal.
-Si es que eres idiota, Sombra... ¿Y ahora, qué?
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Eso... ¿Ahora qué?
a) Intenta pasar entre la policía haciéndose el avión y mintiendo de ser preciso.
b) Vuelve al piso y se encierra confiando en que la policía vaya a otro lugar.
c) Se entrega a la policía y les cuenta todo el follón.
d) Pide asilo en casa de cualquier vecino.
e) Cualquier otra feliz idea. ¿Como qué? ¡Coméntamelo!
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7 de abril de 2011
Capítulo 3 - El paquete
-¿Pero qué…?
¿Le había dado su teléfono? Volvió a abrir y se asomó a la escalera, pero supuso que estaría ya en la calle. No le apetecía lo más mínimo echarse a correr para alcanzarla y además… ¿luego qué? Hola, me has dado un número de teléfono. Sí. ¿Para qué? Eres idiota…
Volvió a entrar, aún flipándolo, y se frotó los ojos y la cara con la mano que tenía vacía, por si aquello era alguna estúpida alucinación producida por la resaca… Igual comiendo algo o… ¿otra aspirina sonaba a suicidio?
Miró el paquete que aún llevaba en la mano. Estaba envuelto en papel satinado blanco, como si fuera un pequeño regalo. Lo agitó. Dentro había algo pequeño que tintineó al chocar con la caja, con un sonido metálico.
Rompió el papel. No tenía el cerebro para estarse con tonterías. Dentro, una cajita del mismo color inmaculado. Volvió a tintinear. No pesaba demasiado… Levantó la tapa. Dentro, dos llaves y una tarjeta con una dirección.
-¿Qué coño…?
Dio varias vueltas a las llaves. Las comprobó con las suyas. Una de ellas se parecía a la del portal, la otra era, claramente, de una puerta de seguridad de un piso. Volvió a mirar la tarjeta. No le decía nada. Ni siquiera conocía la calle.
Pasó por la cocina y abrió el frigorífico. Había olvidado hacer la compra. De nuevo. Refunfuñando, volvió al ordenador y metió la dirección en Google Maps. No parecía quedar muy lejos de allí…
Una débil voz en su cabeza, más débil que la taladradora producida por el dolor de cabeza y que la voz que le decía que no volviera a tocar una gota de alcohol o lo que fuera que se había metido la noche anterior, una voz débil y ligeramente sensata, le decía que, fuera lo que fuese, tenía que ver con la noche anterior, con aquello que no recordaba y con el cabreo del Gato. El Gato seguro que sabía algo… Pero seguro que no le volvería a coger el teléfono.
Cogió una chaqueta y metió el móvil y la cartera en el bolsillo, confiando en que aún le quedara algo de dinero. Seguía sin encontrar la cámara pequeña, así que cogió la del trabajo y un par de tarjetas de memoria del cajón, las llaves de casa y el paquete con la dirección. Y las gafas de sol, por supuesto. Había demasiada luz, demasiada…
Aún así, el sol le golpeó como un mazazo en cuanto abandonó la fría y lúgubre seguridad del portal. Con los ojos casi cerrados y las manos en los bolsillos enfiló calle abajo, con un quejido agónico, arrastrando los pies.
¡Hey! ¡Que se va sin nosotros! ¡Corred!
Vuestro turno: ¿Hacia dónde se dirige?
a) A comer algo antes de nada.
b) A buscar al Gato y pedirle explicaciones.
c) A la dirección de la tarjeta.
d) ¿Alguna otra opción? ¡Contádmela!
(Vuestra opinión, en la encuesta aquí al lado)
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30 de marzo de 2011
Capítulo 2 - El Gato
-¿Te has quedado dormido de nuevo o qué?
-Lo siento, lo siento… -No podía creer que fuera a decirle que no. –Oye… es que tengo que esperar por un paquete… ¿Te parece si cuando llegue te llamo?
-¿No te he dicho que es urgente?
-Bueno… Siempre puedes pasarte tú por aquí…
Tan pronto dijo eso, dejó de respirar. ¿La había invitado a su casa? ¿Acababa de invitarla, a ella, a su casa? Aún debía estar borracho…
-Vete a la mierda. Pensaba que podía contar contigo.
El chasquido seco que sonó al colgar ella se le antojó similar a una bofetada. Genial. Para una vez que se digna en dirigirle la palabra y va y la jode así, de buenas a primeras. ¿Qué le querría? Se frotó la cara y los ojos, intentando despejarse un poco y decidió que necesitaba café. Mucho café. Y que una hora era tiempo más que suficiente para tomarse otra aspirina.
Después de tropezarse con la toalla y de preparar el café, consideró que lo mejor sería enviar las fotos del día anterior. Ya debería haberlas enviado. Fue a buscar la cámara. Tenía dos, la buena, que utilizaba para trabajar, y la no tan buena, que llevaba normalmente siempre que salía de fiesta. Uno nunca sabe cuándo puede surgir una buena foto. Ambas se las había conseguido el Gato, cómo no. Las cámaras, las tarjetas, un par de objetivos…
En el mueble solo estaba la primera. No le preocupó demasiado, supuso que la otra la habría dejado en la habitación, con la ropa. Si había sido capaz de desnudarse para meterse en la cama, seguramente habría sido capaz de no dejarla caer al suelo. Con la taza en una mano, encendió el portátil. Acompañó al zumbido de encendido con un sorbo de café que le abrasó la lengua.
Mientras el ordenador trabajaba por él, cambiándoles la resolución a las fotos y enviándolas, decidió que era hora de llamar al Gato. A lo mejor él sabía algo del paquete, y seguramente podría contarle qué había pasado la noche anterior.
Cogió el móvil de nuevo. G. Gabriella, Gadi, Gala, Garrido, Gato. Llamar. Dejó sonar el teléfono hasta que se cortó la llamada. Rellamar. Gato siempre contestaba. Siempre. Como seguía sin contestar, decidió darle una tregua mientras acababa de mandar las fotos. A lo mejor también arrastraba una resaca como la suya… Se frotó la nuca y cerró los ojos con fuerza. Aunque el Gato no solía emborracharse.
Acabó de enviarlas y volvió a llamar. Gato, de profesión, traficante. Oficialmente tenía una tienda de electrónica, pero hacía meses que no pasaba por allí. En todos esos años, Sombra no había estado nunca. A cambio, no había nada que el Gato no pudiera conseguir, en unas horas y por un precio razonable. Drogas, ropa, herramientas, electrodomésticos, cámaras, armas (Sombra no lo había comprobado, pero estaba seguro de que podría) y, por supuesto, aparatos electrónicos. Era el tipo de persona que todo el mundo sabía que estaba mezclado en asuntos turbios… pero que nadie lo quería ver; ese amigo que las madres dicen que son una mala influencia pero que, en cuanto lo conocen, lo usan de ejemplo y te preguntan que por qué no lo invitas más a menudo a casa. Encandilaba enseguida a la gente con todo su carisma y seguridad, esa sonrisa encantadora y esa mirada traviesa y enigmática de gato callejero. Además, por mucho que la liase, siempre era un tipo tranquilo, simpático y agradable.
-Vete a la mierda, Sombra.
O casi siempre.
-¿Qué…?
No pudo seguir. Ya había colgado. Volvió a llamar.
-Te dije que te fueras a la mierda. ¿No he sido lo suficientemente claro?
-¿Se puede saber qué coño te pasa?
-¿Que qué me pasa? ¡Qué coño te pasa a ti!
-Oye, no sé de qué me hablas. No recuerdo nada de anoche y pensé…
-Una bonita excusa, si señor. Anda, déjame en paz de una puta vez, Simón.
Vale. Mal rollo. Gato nunca lo llamaba por su nombre. Nunca. Lo oyó colgar con la sensación de que algo iba muy muy mal. Y no podía recordar qué. Fue a buscar la cámara pequeña para ver si las fotos le daban alguna pista, pero no pudo encontrarla. El timbre evitó que se pusiera aún más nervioso.
Abrió la puerta maldiciendo todo lo maldecible, y mirando alrededor a ver si veía la cámara por algún lado. Tuvo que entrecerrar los ojos. La luz del sol de la calle le golpeó como un mazazo. Del otro lado de la puerta, una chica con el pelo corto, mechas azules y varios piercings le tendía una carpeta de pinza y un pequeño paquete envuelto en papel blanco.
-Firma aquí.
Cogió la carpeta sin dejar de mirarla. No le gustaban los piercings, pero lo obsesionaban un poco. Siempre que veía a una chica con varios pendientes, no podía evitar desnudarla con la mirada, intentando adivinar dónde más estaría agujereada.
-¿Algún problema? Es para hoy…
Firmó en el recibo, lleno de cifras y letras. No se paró a mirar. Ella tomó la carpeta con el recibo, garabateó algo en el papel de detrás y le tendió el paquete y el papel, sonriendo.
-Hablamos…
La vio bajar las escaleras y cerró la puerta. El paquete era pequeño, poco mayor que una cajetilla de tabaco, envuelto en papel blanco, sin remite ni dirección. Le sorprendió y buscó en el papel que le había dado. No era más que un recibo en blanco, donde la chica había escrito seis cifras: un número de móvil.
.....
Vuestro turno.
¿Qué hace Sombra?
a) Abre el paquete a toda prisa.
b) Busca la cámara desesperadamente.
c) Echa a correr escaleras abajo detrás de la chica.
d) ¿Alguna otra cosa? Contádmela.
(Recordad votar en la encuesta de la página principal, ahí a la derecha...)
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23 de marzo de 2011
Capítulo 1 - El teléfono
Todas estas cosas suelen empezar con una llamada de teléfono. Y esta no podía ser menos. Una llamada tópica e inoportuna que lo pilló, como no, saliendo de la ducha, con el pelo mojado y el cuerpo a medio secar. Y una terrible resaca.
Fue dejando pequeñas gotas, salpicando el linóleo del suelo y arrastrando la toalla hasta llegar a la mesa donde había dejado el móvil. No le importó mojar el suelo. La vibración había acercado el aparato peligrosamente al borde y eso le importó un poco más.
Lo cogió, maldiciendo la melodía que le taladraba el cerebro. Un número oculto.
-¿Sí? -Su voz sonó tan pastosa como esperaba.
-¿Sombra?
-Sí, soy yo... -Frunció el ceño, sorprendido. Los desconocidos no le llamana a uno por el apodo.
-Tendrá su paquete ahí en unas horas.
-¿Qué paquete?
-Asegúrese de estar pendiente para recogerlo.
-¿Pero qué...?
El teléfono solo le devolvió el silencio del final de llamada. Se llevó la mano a la cabeza y gimió antes de empezar a refunfuñar. Le gustaba quejarse.
-Maldita sea... ¿De qué iba ese? -Tiró el teléfono sobre el sofá y se secó el pelo con la toalla, sin preocuparse por secar el suelo. -¿Y por qué sabía mi nombre y mi número? Tiene que ser una broma... O cualquier mierda del Gato...
Se frotó el pelo con fuerza y sacudió la cabeza. Se arrepintió al momento. Tiró la toalla hacia la puerta de la cocina y se fue a la habitación a vestirse, planteándose si habría pasado tiempo suficiente para tomarse otra aspirina.
Cuando el teléfono volvió a sonar, apenas le había dado tiempo a ponerse los calzoncillos y a empezar a calzarse los pantalones, de modo que, con ellos desabrochados y arastrando una camiseta, volvió refunfuñando por lo bajo. Ya se había cortado la llamada cuando logró hallar el escondite del teléfono. Esta vez había ido a parar debajo de un cojín.
Una llamada perdida. Aceptar. El número registrado le hizo contener el aliento. Se frotó los ojos antes de leerlo de nuevo. ¡Era ella! Pulsó el botón de la rellamada con más urgencia de la necesaria. Se arrepintió al momento. Seguro que seguía teniendo voz de ultratumba...
-¿Diga?
-Eh... hola... Tenía una llamada tuya y...
-¡Hey! ¡Sombra! Hola.
-Hola... -Ella... Era ella...
-Sí, ya me lo has dicho.
-Eh... perdón. ¿Qué querías?
-Tenemos que quedar. Tengo que hablar contigo de algo importantísimo.
-¿Conmigo?
-¿Estás dormido o qué? Sí, contigo. Nos vemos en una hora en la cafetería de Juan. ¿Te viene bien?
No, por supuesto que no le venía bien. El maldito bar estaba al otro lado de la ciudad, tenía un ejército de taladradoras asentado en el cerebro y lo único que quería era mandar las fotos del día anterior, dormitar el resto del día y quizá llamar al Gato y preguntarle qué coño había pasado esa noche. No se acordaba de nada.
Y también estaba el asunto ese del paquete...
Pero por otro lado... Mierda, era ella. Ni siquiera sabía que pudiera tener su número. Y quería quedar con él. Eso no pasaba todos los días...
-¿Te viene bien, sí o no? No tengo todo el día...
------------
Vuestro turno:
¿Qué hace Sombra?
a) Se queda en casa a esperar el paquete.
b) Acude a la cita con ella.
c) ¿Se os ocurre alguna otra opción? Contádmela.
Tenéis una semana para votar =)
Fue dejando pequeñas gotas, salpicando el linóleo del suelo y arrastrando la toalla hasta llegar a la mesa donde había dejado el móvil. No le importó mojar el suelo. La vibración había acercado el aparato peligrosamente al borde y eso le importó un poco más.
Lo cogió, maldiciendo la melodía que le taladraba el cerebro. Un número oculto.
-¿Sí? -Su voz sonó tan pastosa como esperaba.
-¿Sombra?
-Sí, soy yo... -Frunció el ceño, sorprendido. Los desconocidos no le llamana a uno por el apodo.
-Tendrá su paquete ahí en unas horas.
-¿Qué paquete?
-Asegúrese de estar pendiente para recogerlo.
-¿Pero qué...?
El teléfono solo le devolvió el silencio del final de llamada. Se llevó la mano a la cabeza y gimió antes de empezar a refunfuñar. Le gustaba quejarse.
-Maldita sea... ¿De qué iba ese? -Tiró el teléfono sobre el sofá y se secó el pelo con la toalla, sin preocuparse por secar el suelo. -¿Y por qué sabía mi nombre y mi número? Tiene que ser una broma... O cualquier mierda del Gato...
Se frotó el pelo con fuerza y sacudió la cabeza. Se arrepintió al momento. Tiró la toalla hacia la puerta de la cocina y se fue a la habitación a vestirse, planteándose si habría pasado tiempo suficiente para tomarse otra aspirina.
Cuando el teléfono volvió a sonar, apenas le había dado tiempo a ponerse los calzoncillos y a empezar a calzarse los pantalones, de modo que, con ellos desabrochados y arastrando una camiseta, volvió refunfuñando por lo bajo. Ya se había cortado la llamada cuando logró hallar el escondite del teléfono. Esta vez había ido a parar debajo de un cojín.
Una llamada perdida. Aceptar. El número registrado le hizo contener el aliento. Se frotó los ojos antes de leerlo de nuevo. ¡Era ella! Pulsó el botón de la rellamada con más urgencia de la necesaria. Se arrepintió al momento. Seguro que seguía teniendo voz de ultratumba...
-¿Diga?
-Eh... hola... Tenía una llamada tuya y...
-¡Hey! ¡Sombra! Hola.
-Hola... -Ella... Era ella...
-Sí, ya me lo has dicho.
-Eh... perdón. ¿Qué querías?
-Tenemos que quedar. Tengo que hablar contigo de algo importantísimo.
-¿Conmigo?
-¿Estás dormido o qué? Sí, contigo. Nos vemos en una hora en la cafetería de Juan. ¿Te viene bien?
No, por supuesto que no le venía bien. El maldito bar estaba al otro lado de la ciudad, tenía un ejército de taladradoras asentado en el cerebro y lo único que quería era mandar las fotos del día anterior, dormitar el resto del día y quizá llamar al Gato y preguntarle qué coño había pasado esa noche. No se acordaba de nada.
Y también estaba el asunto ese del paquete...
Pero por otro lado... Mierda, era ella. Ni siquiera sabía que pudiera tener su número. Y quería quedar con él. Eso no pasaba todos los días...
-¿Te viene bien, sí o no? No tengo todo el día...
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Vuestro turno:
¿Qué hace Sombra?
a) Se queda en casa a esperar el paquete.
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