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8 de junio de 2012

Persiguiendo a Amy 56 .- Lázaro

Cuando llegaron a la taberna encontraron de nuevo sentados en la taberna. Volvían a ser solo dos, pero al menos Servando era uno de ellos.

-¿Salvatore y Leonardo? 

-El bardo dijo que no lo esperáramos despierto. -Servando se rió y se pasó la mano por la calva, luego miró a la joven de reojo. -Y tu her... digo... Leo agarró una francesa y se fue a la habitación a dormir con ella. -Señaló escaleras arriba. -Nos dieron dos, las dos del fondo. Está en la última.  

Lázaro miró de reojo a la moza. Había apretado los dientes y se le habían subido los colores a la cara. Imaginaba perfectamente a qué se refería el hombre, así que tiró del brazo de la zagala escaleras arriba, sin permitirle quejarse. Llegó a la puerta y entró sin llamar. 

Su hermano estaba allí, tumbado boca abajo en la cama, aún sujetando el cuello de la francesa. Una botella del vino francés al que tanto se había acostumbrado en sus épocas de falso noble. Alzó la mirada al ruido de la puerta. En un principio pareció sorprendido ante la mujer, pero enseguida sonrió cuando la reconoció. Maldita fuera su estampa. 

Lo vio sonreír y en lo primero en que pensó fue en partirle la cara. Conocía demasiado bien esa sonrisa y sabía que en la mayoría de los casos solo significaba una cosa: problemas.

Mostraba durante apenas un segundo esa dentadura perfecta que ni los años ni las peleas ni la mala vida habían logrado perjudicar, y luego juntaba los labios en ese gesto que retenía todas sus emociones en una media sonrisa pícara, retadora. Le hacía parecer un ángel encantador, lleno de vida, alegría y bondad a quien uno bien querría entregar alma y vida sin reservas… hasta que el brillo de sus ojos, esos cristales castaños que achinaba ligeramente al sonreír indicaban que, de ser un ángel, bien seguro era uno de aquellos que habían seguido al Maligno en su caída.

Y no era maldad lo que brillaba en sus ojos solo… solo eso. Problemas.

Su sonrisa te pedía el alma y ya había visto a muchas mujeres regalársela. Clamaba por tu vida y más de un hombre la había dejado a sus pies. Y él, sin reservas, cobraba sus rentas en el amor y con el acero sin dudarlo, sin reservas. Así el Altísimo lo confundiera. 

Pero esta vez no podía consentirlo. 

-Llévala a su casa. Y no quiero volver a verla. Aunque tengamos que renunciar a esa recompensa, voto a tal que los problemas que nos está buscando no la compensan. 

1 de junio de 2012

Persiguiendo a Amy 54.- Lázaro


-¡Señor! Parad, os lo ruego...

Y por la misa que no era otra su intención... Echándose a un lado apoyó la espalda y la cabeza contra el muro más cercano, mientras Hernán se enfrentaba al último hombre.

-Sé que me arrepentiré de esto, Hernán, pero déjalo con vida. Por lo visto tiene quien se preocupe por él...

Observó la figura estática que los observaba envuelta en la oscuridad y no pudo reprimir un gemido preocupado, más cuando Hernán ni siquiera se había percatado de su presencia. El tiempo que había pasado con los monjes no le había lavado del alma las supersticiones que le habían inculcado de pequeño las mujeres de la casa donde "trabajaba" su madre: el hecho de que el timbre de la voz no se le antojara del todo extraño, no le quitó esa sensación amarga. La Dama Negra que llegaba al final, siempre al final, para acompañarte hasta la otra orilla, junto al Altísimo. La Gran Meretriz, que decían las rameras, compañeras de su madre, con la que al final, todos nos acostamos.

Los monjes decían que no eran más que leyendas estúpidas, que la muerte no era más que un proceso por el que el alma viajaba junto al Señor, no una dama... pero él no podía dejar de imaginarla así, con el rostro cubierto por los velos oscuros y esos labios capaces de llevarte al otro mundo con un simple roce...

-No lo mates, pero tampoco seas demasiado blando... No tengo ganas de volver a cruzármelo mientras estemos en Huesca. Y vos no os preocupéis, señora. Dejaremos a vuestros compañeros con vida... Lo intentaremos, al menos.

Torció la boca en su sonrisa más amarga y, apoyándose en el arma, recogió el atado con el hábito del suelo.

Mientras tanto, Hernán había sacado una botella de debajo de la capa y le daba largos tragos, entrecerrando los ojos con deleite.

- Tienes mal aspecto… ¿Te apetece un trago? ¡Delicioso! Estos curas se lo montan bien con el tema del alcohol… Por cierto, deberías esquivar las espadas antes de que te corten...

- ¿Esquivarlas? Que te aspen, Hernán... ¡Maldita sea! Casi nos matan por una botella de vino... Casi me matan, al menos.

Pero no pudo evitar reírse. Ese tipo alto siempre lo sorprendía... Se volvió para analizar fríamente, ahora que su vida no estaba en juego, a la sombra del callejón.

Así ardiera en el infierno si no la conocía. Era la damisela en apuros. No era otra que la muchacha del camino. El Altísimo la confundiera, no les iba a traer más que problemas. En mala hora habían aceptado llevarla con ellos...

- ¿No deberíais estar ya en vuestra cama? No creo que este sea lugar para una dama como vos... ¿Y qué tenéis que ver con esta... escoria?

Sonrió ante el apelativo. No eran más escoria que ellos mismos. La joven en cambio, no parecía preocuparse ahora lo más mínimo por los individuos heridos. Los miraba, en cambio, entre preocupada y asustada, alternando la vista entre él y Hernán, y apenas tartamudeó un par de palabras. Una de ellas, el nombre de su hermano. El muy hijo de... Volvió a sonreír. Sí, esa era la expresión exacta.

Decidió que, antes de nada, lo importante era sacarse del medio, evitar una posible guardia, y llevar a la moza a un lugar seguro ¿Qué lugar seguro podían encontrar en Huesca? ¿En una ciudad que no conocían? Decidió que lo mejor sería no perderla de vista y buscar a los demás. Había dejado a los otros en la taberna y allí los encontraría, casi seguro.

Agarró a la joven del brazo y le hizo un gesto a su compañero.

-Vamos, con suerte encontraremos en la taberna a vuestros dos amorcitos. Al menos, Hernán, seguro que al tuyo sí...

21 de mayo de 2012

Persiguiendo a Amy 49.-Lázaro


¿Tumbado? ¿Pero había bebido o qué diantres...? No, no lo suficiente, igual... Tal vez ahí estaba el problema...

La defensa de Hernán le permitió volver a ponerse en pie, aunque la herida le escocía como el mismísimo diablo. Por un momento pensó en dejar a su compañero a cargo de la situación, pero Hernán apenas se dedicaba a defender, basándose en cierto código estricto de honor y zarandajas varias que solo él y el Altísimo conocían.

Aprovechó, pues, que el tipo de cara de caballo atacaba de nuevo para tirar a fondo desde debajo del brazo de su compañero. El acero se deslizó suave entre dos costillas, apenas sin oponer resistencia. El muy cretino ni siquiera iba vestido para luchar... ¿Quién se creían que eran, dos turistas idiotas?

Se vio tentando de soltar el arma, pero el moreno ya estaba en pie y atacaba a Hernán. Dio un tirón seco para liberar la espada de su nueva vaina de carne humana. El hombre de rostro equino había gritado cuando se la clavó, pero ahora apenas gimió mientras caía. Mala herida. El Altísimo lo acogiera en su gloria... o no... Eso ya no era cosa suya, ya bastante había hecho dándole el pasaje al otro mundo...

-No te preocupes por mí, Hernán... Ese es todo tuyo... Sangre para calentar tu otra espada. Con un alma robada, para mí ya es suficiente por hoy...

Se mantuvo, no obstante, espada en alto, a la defensiva, sin perder de vista al moribundo ni al otro, que se retorcía intentando desclavar su mano de la tierra. Maldecía, y junto a los jadeos del moreno en su lucha contra Hernán, los chasquidos de los aceros al encontrarse y los gemidos agónicos del otro, la guerra parecía haber vuelto a aquel perdido callejón. Lázaro sonrió.

Luego volvió la vista al hombre del suelo. En minutos iba a ser cadáver... Otro cadáver más. Le dedicó su sonrisa más amarga mientras le susurraba, más para sí mismo que para el futuro difunto.

-Si hubiera aguantado un par de meses más en el monasterio, te habría podido dar la extrema unción, hermano... Ahora... Ahora nos vemos en el infierno. Pax Vobiscum...

16 de mayo de 2012

Persiguiendo a Amy 47.- Lázaro


Lázaro esquivó otro golpe del aragonés de cara de caballo y retrocedió un par de pasos. El moreno parecía intentar levantarse de nuevo.

-¿Y yo qué sé? ¿Podrías matarle o darle una patada o algo y ayudarme un poco? Esto duele y el tipo este… -Paró otro golpe. –¡Así el Altísimo lo confunda!

La siguiente estocada del enemigo volvió a pasarle demasiado cerca. No le gustaba hablar mientras luchaba. Lo desconcentraba. Esquiva otro ataque, parada en tercera y otro paso atrás. Estaba retrocediendo demasiado. Demasiado…

¿Cómo era aquella estocada que le había intentado enseñar Leo? Para empezar tenía que tratar de ganarle los tercios del arma a su adversario, haciéndole parar sus ataques con la parte más cercana a la empuñadura. Parar en cuarta y luego... Pero el moreno se alzaba, sujetándose la herida y Lázaro retrocedió otro paso más, tropezando. Paró la siguiente estocada ya desde el suelo.

-¡¡Hernán!!

11 de mayo de 2012

Persiguiendo a Amy 45.- Lázaro


-Que elijan ellos. No les vamos a hacer ese feo, ¿no?

Los hombres ya estaban desenvainando y se acercaban a ellos.

-Por cierto, Hernán... ¿A ti te suenan de algo? Caballeros... antes de atacar y ya que están tan convencidos de que estábamos en el otro ejército... ¿Pueden indicarnos en cual ejército? Solo por estar informado, vamos... Hemos estado en tantos...

Siempre que se ponía nervioso antes de luchar no podía evitar provocar a los contrincantes. Las florituras no se le daban bien. El de las clases de esgrima era Leonardo. Sacó la daga a hacer compañía a su espada.

-¿Y bien...?

No le dejaron seguir hablando. Los tres hombres cargaron contra ellos a una y enseguida todo fue caos. Cruzó su espada con un tipo ancho de hombros y cara morena. A su derecha, Hernán se batía con otro que apenas le llegaba a los hombros, y que perjuraba a cada embiste, mientras que el tercero, delgado y con un rostro que le recordaba a un caballo famélico, bailaba entre los dos, ora atacando a uno, ora aprovechando un descuido en la defensa del otro. Lo ponía nervioso. Más aún cuando una de las espadas enemigas le pasó rozando la oreja. El Altísimo los confundiera, ya estaba harto.

Paró otra acometida y tiró a fondo, a la desesperada. Fue un buen golpe, su adversario cayó, herido, pero el hombre de rostro equino aprovechó su parca defensa para clavar su acero en su muslo. Así se quemara en las más ardientes llamas del infierno. Así la próxima vez que conociera mujer, esta le contagiara las más terribles pústulas. Así recibiera el doble de acero que había brindado a sus enemigos.

Mientras desclavaba su arma del cuerpo del moreno, trazó un arco con su daga para apartar al otro. Miró a a Hernán de soslayo. Se las arreglaba bien, pese a luchar solo con una espada. La otra mano la mantenía aún bajo la capa.

-¿Se puede saber qué diantres haces? Voto a...


2 de mayo de 2012

Persiguiendo a Amy 41.- Lázaro


Lázaro ya no sentía las manos ni los pies cuando Hernán salió del monasterio. Recogió el hábito y las monedas. No eran muchas. Estaba casi convencido de que Hernán se había guardado alguna para sí, pero no habían de ser muchas. Y, a fin de cuentas, si pretendía guardarlas todas, bien podría haber ido él...

-¿Nada más?

No sabía si fiarse, pero lo dejó correr. El dinero, sumado al del alcalde, era suficiente para que el grupo pasara la noche en la posada, desayuno incluido. Y aún tenían una recompensa pendiente por parte de la dama... La moza...

-¡Por la misa! ¡Hernán! No recordaste preguntar por Amelia, ¿verdad? Maldita sea... ¿Será posible que no hagamos nada al derecho?

Como si Aristóteles oyera sus palabras, al cruzar la esquina se encontraron con un trío de aragoneses que bien podían acabar de salir de un ejército por la cantidad de metal afilado que llevaban encima. Podrían ser todo el ejército.

Lázaro arrugó el ceño y se rascó la nuca. Aquello atufaba a problemas.

-Buenas noches, caballeros.

-Buenas noches, señores.

-¿Qué hacen unos extranjeros como ustedes tan lejos de casa?

¿Lejos de casa? Ni siquiera habían preguntado de dónde eran... Y Lázaro sabía que no tenían pinta de extranjeros. De desharrapados quizá...

-Tan solo estamos de paso...

-¿Y qué lleva vuesa merced tan bien oculto?

Lázaro miró el hatillo que llevaba en las manos. Aún a esa luz se veía que era un atado de ropa de mala calidad. Sin embargo, al levantar la vista pudo observar que la mirada del hombre no iba dirigida a él, sino al tipo alto que lo seguía. Retrocedió un paso sin separar los ojos de sus interlocutores, hasta ponerse a su altura para poder susurrarle.

-Por el Altísimo, Hernán, ¿qué diantres haces? Estamos en minoría, no creo que sea el momento de hacerse el interesante...

Su hombre mantenía la mano bajo la capa, sujetando algo que permanecía oculto a sus ojos.

-No oculto nada, señores... es que me duele una costilla... una herida de guerra, ya saben...

Los aragoneses dieron un paso al frente.

-Y hablando de guerras... ¿a vosotros no os he visto en el campo de batalla? Juraría haber cruzado mi espada con un tipo como vos...

-Sí, yo también creo haberlos visto en el bando contrario.

Lázaro se rascó la nuca de nuevo. Por todos los santos de este y el otro Reino. ¿Por qué la gente se empeñaba en recordar sus caras después de una batalla? Él solo tendía a recordar los golpes, las heridas, los gritos y la sangre...

-Lo dudo, señores. Soy siervo de la santa iglesia Aristotélica.

-Pues yo juraría por el báculo del papa que también lo he visto... Y al tipo alto también...

Los tres hombres acariciaban sus espadas. ¿Buscaban trifulca? Hacía un par de minutos, Lázaro se había arrepentido de no haberse puesto el hábito sobre su ropa. Ahora se alegraba de no haberlo hecho. Si querían gresca, la iban a tener.

-Espero que a tus armas no les moleste el frío, Hernán. Me parece que va a tocar bailar...

Y dejando caer el hábito a un lado, echó mano a la espada que ocultaba bajo la capa.

11 de abril de 2012

Persiguiendo a Amy. 33.-Lázaro

El mercado de Huesca no estaba en su mejor momento, y las monedas que el alcalde tan amablemente le había brindado, no daban para mucho, de modo que, tras un par de vueltas, decidió desistir. Aún así su ropa no era en absoluto la apropiada para continuar con su papel, por tanto dio media vuelta y se acercó al monasterio. Lo observó, durante unos minutos. Al final se volvió hacia Hernán.

-No quiero entrar ahí.

Hernán se encogió de hombros.

-Algo me dice que si entro, no podré volver a salir. Seguro que los monjes me hacen quedarme a pasar la noche... Acabarían descubriendo el engaño. Pero con la recomendación que me dio el alcalde podría conseguir un hábito, y quizá algo más de dinero…

-¿Entonces?

-Entonces… ¿Qué hay si entras tú? Dices que el emisario de la Iglesia se encontraba demasiado cansado, poco acostumbrado como está a los caminos, por tanto se echó a descansar en la posada y te ha enviado a ti a buscar un hábito para poder vestirse como le corresponde. Te sabes el cuento, voy camino Zaragoza, me asaltaron, me encontrasteis, me escoltáis, esas cosas. No pidas nada ostentoso, desacreditaría la historia. Y si los ves generosos, pídeles algo de dinero para pagar la posada. Una cantidad pequeña. Ya asaltaremos a alguien al salir de aquí…

El hombre alto asintió y se dirigió hacia el monasterio. Lázaro se sentó contra un muro a esperarlo. Pronto, el frío le empezó a lamer los huesos. Anochecía.

26 de marzo de 2012

Persiguiendo a Amy. 28.-Lázaro

Por lo visto Leonardo se había encaminado en su busca así que no tendría que preocuparse por él. Encontraría a los demás. Y deshacerse de la chica no había sido una gran empresa. La joven seguía intimidada en su presencia. Lo cual era lógico teniendo en cuenta que le había rasguñado la garganta con su puñal.

Se encaminó, pues, hasta el ayuntamiento. Encontrar a un joven dispuesto y pedir audiencia fue todo uno. Esperaron allí durante un largo tiempo hasta que les dieron entrada. El alcalde de la ciudad les esperaba rodeado de pliegos y libros.

-Pax vobiscum.

-¿Quiénes sois? ¿Qué deseais?

-Mi nombre es Lázaro, señor. Padre Lázaro. Vengo como representante de la Iglesia Aristotélica. Estoy en misión diplomática, debo entregar este mensaje al obispo de Zaragoza.

Le mostró la carta que había escrito apenas hacía unas horas, poniendo especial cuidado en que el sello resultara visible para el alcalde.

-¿A qué acudís, pues, a mí?

Lo escudriñaba escamado, obviamente. Iba vestido con sus ropas de siempre. Parecía un bribón. Qué propio.

-Señor... Bien veis que estos ropajes no se corresponden con mi rango. Habéis de saber que he sido asaltado en mi trayecto a vuestra ciudad. Se llevaron mi dinero y mis ropajes, aunque tuve la fortuna de salvar este preciado documento. Y de encontrar a este caballero -señaló a Hernán que permanecía firme a su vera -y a sus compañeros que tuvieron la bondad de acompañarme y escoltarme.

-Sigo sin ver qué tiene que ver eso con vuestra presencia aquí. No tengo tiempo para...

-Señor, he venido a solicitaros vuestra ayuda y vuestra clemencia. Como comprenderá, no puedo presentarme de esta guisa frente a mis superiores...

-Si queréis limosna, padre, id a buscarla a la Iglesia. Estamos en tiempo de guerra, hay carestía por todas partes, no puedo daros nada.

-Sin embargo...

La negociación aún duró un buen rato. El alcalde creyó su historia a pies juntillas, en eso habían triunfado. Y aunque bien es cierto que la carestía asolaba el lugar, finalmente el poder de persuasión del mayor de los Medina consiguió sacarle unas cuantas monedas y una recomendación para el monasterio más cercano. Era muy poco dinero, pero menos daba una piedra. A no ser que la piedra fuera bien encaminada a la cabeza de algún adinerado en el camino, claro está... Y tampoco podía pedir mucho más. En cuanto a los monjes... No pensaba volver a acercarse a un monasterio en mucho tiempo. Tal vez cuando se viera al borde de la muerte fuera un buen lugar para morir, pero por la misa que no tenía prisa... Aunque tal vez enviara a Leonardo a por un hábito...

-Que el Altísimo os guarde, señor. -Hizo un gesto de bendición antes de salir del despacho. -Buenas tardes.

16 de marzo de 2012

Persiguiendo a Amy. 24.-María de Quintana + Lázaro

(María -by Xie-)

María escuchó atenta a Leo sin probar bocado. Cuando éste terminó, dio un sorbo a su copa y le contempló en silencio. No creía ni una palabra de lo que había dicho, lo que sólo incrementó la curiosidad de la joven. Se encargaría de ese asunto nada más pisar la capital, sin duda sus contactos sabrían algo de esa tal Amelia. Terminaron de comer en silencio, y Leo se despidió de ella, pues según le había dicho, debía reunirse con sus compañeros de viaje.

María salió poco después, dispuesta a hacer algunas compras. No podía soportar estar encerrada en esa casa y sin la compañía de su criada. Una de las criadas del abogado la acompañó, y pasearon por las calles de la ciudad, parando a comprar cada poco. Al doblar una esquina, ahogó un grito en su garganta mientras notaba cómo el corazón le palpitaba con fuerza. Tenía ante sí al que había oído nombrar como Padre Lázaro. Iba con otro de los malolientes hombres con los que había tenido el "placer" de viajar. El Padre apenas reparó en ella en un principio, pero luego la observó fijamente.

- Te...tenga usted buena tarde, Padre. - balbuceó María haciendo una reverencia. Buscó con la mirada la compañía de Leo, mas no le encontró - ¿Dónde habéis dejado al resto? - preguntó intentando ocultar su aflición al no ver a Leo a su lado.

El cura la observó unos momentos antes de responder.

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(Lázaro)
No tardaron en encontrar quien les encaminara hacia el ayuntamiento. En llegando estaban cuando una voz conocida les increpó. No era otra que la joven del camino, ahora vestida más acorde con su historia. Había conseguido ropas nuevas en muy poco tiempo. Lázaro empezó a dudar si su hermano no habría tenido razón.

Bueno, si era noble les debía una recompensa. Y por la misa que se la cobraría aunque fuera en especies. De momento más le interesaba saber qué había hecho del bribón de su hermano.

-Señora... He de decir que os favorece la estancia en esta ciudad. Bonito vestido. Hacía mucho que no veía una tela y una hechura tan bellas. -La última vez que había estado tan cerca de un vestido así, se ceñía al cuerpo de la revoltosa. -Los demás se han quedado descansando en la taberna. Ha sido un largo viaje, estamos cansados y esto es tan solo una escala. Nos encaminamos a ver al alcalde. ¿Y vos, señora? Si lleváis nuestro camino no nos importaría compartirlo. -A su acompañante sí pareció importarle, pero no dijo nada. -Y hablando de compañía... ¿dónde habéis dejado a mi... a mi buen Leonardo?

Tanto reprender a sus hombres, y casi es él el que mete la pata...

12 de marzo de 2012

Persiguiendo a Amy. 22.-Lázaro

El agua estaba ya fría cuando Lázaro decidió salir del baño. Sacudió un poco la ropa antes de volver a ponérsela. Necesitaría algo de ropa nueva. Estaba destrozada. Se arregló el pelo mojado delante del espejo. No tenía mala pinta. La mayor parte de sus cicatrices quedaban ocultas bajo la ropa, de modo que podría llegar a dar el pego de hombre de bien. Una vez consiguiera ropa nueva, claro. Pero para eso necesitaba dinero. Y la muchacha les había dicho que no les pagarían hasta el día siguiente (aunque estaba casi seguro de que Leo le sacaría algo antes de que se pusiera el sol...) de modo que tendría que esperar. Tendría que jugársela con esas ropas.

Cerró los ojos unos instantes. Cuando los abrió había dejado de ser Lázaro, el canalla buscavidas, para convertirse en el padre Lázaro, hombre piadoso y de bien. Leonardo podría ser un buen noble, pero nunca había conseguido dar el pego como monje o sacerdote. Él sí. Sus hombres a veces se sorprendían de ello, cómo un bellaco como él podía hacer tan buen religioso… La respuesta era bastante sencilla. Era… bueno, había sido religioso. Su madre había ahorrado para darles una educación. A él le había tocado seguir la vía religiosa. Por herencia paterna, por lo visto. Tomó el colgante del que nunca se separaba. Cogió un pliego de papel de la mesa y, mojando en tinta una pluma que allí había, garabateó varias palabras.

El portador de la presente, el padre Lázaro Medina, es miembro de nuestra insigne congregación y como tal, se encuentra en misión diplomática. Se ruega, pues, acomoden a nuestro buen hermano y hagan buen trato de él, ayudando en todo lo posible a su tan necesaria empresa.


Firmó de modo ilegible. No era una gran misiva, pero en realidad sólo era para disimular. Esperaba no tener que abrirla en ningún momento. Dejó caer un par de gotas de tinta, marcando el papel, lo dobló cuidadosamente y, sacando un trozo de lacre de su bolsa, selló la carta con el colgante. Era el sello de una congregación religiosa del este de Francia. Sus compañeros pensaban que se lo había robado a un monje en el camino. En realidad… Sí, seguramente era robado. Pero no lo había robado él. Se lo había entregado su madre antes de mandarlo al seminario. Por lo visto, había pertenecido a su padre. Era todo lo que tenía de él. Ni siquiera tenía un nombre… Pero, al contrario que la revoltosa, él nunca se había preocupado por buscarlo. Si seguía con vida… Bueno. Si seguía con vida, seguramente ni siquiera sabía que tenía un hijo. Sería absurdo.

Guardó la carta y bajó a la sala comunal. Se acercó a sus hombres.

-Bien, hermanos… Creo que acudiré a ver al alcalde de la ciudad. ¿Alguno de vuesas mercedes haría el favor de escoltar a este pobre monje?

Riéndose, paseó la mirada sobre los tres hombres… ¿Tres?

-¡Eh! ¡Un momento! ¿Dónde se ha metido Servando? ¿Lo habéis dejado marcharse solo? ¡Por la misa que no hay quien pueda con vosotros! –Perjuró un par de veces, olvidado ya el papel. Luego, intentó serenarse un poco. –Uno de vosotros que me acompañe. Necesito un escolta para sostener esta historia. Los otros dos haced el favor de buscar a Servando. Y por Aristóteles, hacedlo antes de que apueste los calzones o acabará desnudo por la ciudad. De nuevo.

2 de marzo de 2012

Persiguiendo a Amy. 18.-Lázaro

Lo primero era lo primero, sí: una taberna, una jarra de cerveza y un par de habitaciones.

-Y un baño caliente. Por el Altísimo, decidme, señora, que es posible conseguir un baño caliente en esta posada...

Y mientras calentaban el agua, Lázaro se bajó, no una sino dos jarras, riéndose con el resto, de los versos de Salvatore. Así como de la bofetada, por supuesto.

- Menudo carácter gastan las hembras por aquí... Tu hermano sí que es un hombre afortunado, Lázaro. Sea noble o ladrona esa muchacha, me han mirado unas cuantas mozas con esos ojos como para saber lo que eso significa...

-Baja la voz, no seas idiota, Salvatore. No sabemos a qué juego está jugando con la señora -aplicó toda su ironía en cada una de las seis letras, lo cual ayudó a la cerveza provocando aún más la hilaridad de los hombres -así que, de momento, olvidémonos de los parentescos. Veamos... digamos que... traemos un mensaje para el obispo de Zaragoza ¿os parece? Vengo como enviado de la Iglesia y... vosotros me escoltáis. Sencillo ¿no?

-¿Y la moza?

-La moza... La encontramos, le creímos y la escoltamos. Nada que no sea verdad. Y en cuanto a Leonardo... Ya veremos qué nos cuenta cuando vuelva... si vuelve. Tienes razón, Salvatore... es un hombre afortunado... Siempre consigue lo que quiere.

-Menos encontrar a vuestra revoltosa.

-Amelia es otra historia... Si no quiere que la encontremos, no sé si lo conseguiremos... Es aún más cabezota que Leo. -Se rascó la nuca, al pensar en sus hermanos. Y en lo insufribles que podían llegar a ser si se lo proponían. Pero la retiró pronto. Quería ese baño ya. -Más tarde buscaremos al alcalde o al sacerdote o... Pero ahora, si me disculpáis... creo que voy a retirarme. El agua caliente me espera.

Y él la esperaba... vaya que sí...

16 de febrero de 2012

Persiguiendo a Amy. 12.-Lázaro

Lo primero era lo primero, vaya. Entrar en la ciudad y buscarse el almuerzo. Y alojamiento, tal vez. El problema era a dónde dirigirse. La moza les echó una mano en ese aspecto.

- Tomad, podéis ir a esa dirección mañana a primera hora. Os entregarán lo que se os debe. No acudáis antes, pues sin duda os echarán a patadas si yo no intercedo antes.

Lázaro se acercó a recoger la nota, pero la joven la tendía claramente a Leo, de modo que dejó que fuera su hermano quien la recogiera. Aún así, Leo le entregó la dirección sin siquiera mirarla. Seguía con la mirada prendida de la joven, que ya comenzaba a alejarse.

-Oye Lázaro... -le susurraba. -La mujerzuela esta... igual nos hemos equivocado. Igual no es tal mujerzuela. A lo mejor dice la verdad...

No se lo podía creer. ¿La verdad? Mucho le había dado el sol al muchacho...

-¿Me tomas el pelo? ¿Has visto la nota esta? ¿El desprecio con el que nos la ha dado? Apuesto a que es una trampa.

-Vale la pena intentarlo, ¿no? ¿Nos vemos en la taberna más cercana? Os buscaré.

Leo le guiñó un ojo, les hizo una reverencia burlona a los demás, y echó a correr hasta alcanzarla.

-¿Pensáis ir sola por la ciudad, madame? ¿Por qué no venís a almorzar con nosotros antes? Si no, aceptad al menos mi escolta hasta vuestro destino...

Lázaro se rió ante la desfachatez del muchacho. Siempre conseguía lo que quería, estaba claro. Y eso que ya no estaba el joven italiano para echarle una mano...

-Bueno, señores. ¿Buscamos una taberna donde almorzar? Y si es posible habrá que buscar al alcalde o al sacerdote o... a alguien debería presentarse el padre Lázaro para solicitar asilo en "su sagrada misión"...

-Oh, sí, padre... -Los hombres se rieron con él ante el pretendido engaño. -Busquemos esa taberna...

-Tú no, Servando. Por el Altísimo, que alguien lo tenga vigilado. Este es capaz de apostarse nuestras cabezas.

6 de febrero de 2012

Persiguiendo a Amy. 8.-Lázaro

Servando dejó de jugar con la moneda que llevaba en la mano derecha. No era buena señal, Servando sólo dejaba de jugar con las monedas cuando estaba a punto de matar, o cuando estaba a punto de perderlo todo. Salvatore y Hernán habían llevado la mano a las armas, y Conrado había retirado de su mirada unos cuantos grados, haciéndola aún más fría, volviendo la escarcha en amenazantes, agudos carámbanos. En cuanto a Lázaro, no sabía si la muchacha era demasiado valiente o demasiado inconsciente, pero si no hacía algo, tenía bien claro que acabaría siendo demasiado muerta. Y decidió que, el mejor modo de defenderla, era atacarle.

-¿Sabéis, señora, que haríais un bel cadáver? -Era el que estaba más cerca, así que no tuvo difícil ser el primero en llegar. Le apoyó la daga en la garganta. -¿Qué pensáis? ¿Estaría dispuesto a pagar vuestro padre por recibir al menos vuestros restos?

La joven intentó retroceder, pero Leonardo ya se había colocado a su espalda. La sujetó por los hombros y la acercó a su cuerpo, inmovilizándola y susurrándole al oído. Lázaro no pudo oírlo, pero sabía lo que le estaba diciendo. Conocía aquel juego.

-Pedídmelo, mi señora y haré que pare...

La mujer enrojeció y los hombres se rieron. Lázaro sonrió. Eso era bueno. Con suerte no tendría que matarla.

-Si por mí fuera, pasaría por alto esta ofensa... Me debo al Altísimo y éste no desea más que la paz...
Leo le sonrió desde detrás de la muchacha. Pasó uno de los brazos por delante de sus hombros, para inmovilizarla contra su cuerpo, y enredó sus largos dedos en la melena de la moza, sujetándole la cabeza. Le hablaba casi al oído, así que apenas alzaba la voz para hablarle. Fría y tranquilamente. Como cuando, fingiéndose noble, ordenaba un castigo.

-El Altísimo sabrá perdonaros, padre Lázaro. -Y volvió a susurrar a la muchacha. -Pedídmelo... o estáis muerta...

Leonardo había comprendido. Buen chico. Lo cierto es que llevaba un tiempo pensando en cómo presentarse en Huesca, y había llegado a la conclusión de que la historia de la nobleza de Leo no serviría, tal y como andaba la política. Pero un sacerdote siempre era una buena opción...

-No sé, hijo, no sé... De todas formas, señora, como veréis, estos hombres piden una compensación... Pedidles perdón y tal vez...tal vez no tenga que mataros.

Y completó la amenaza arañando su blanco cuello con la daga, dejando una ligera marca rojiza, arrancando una única gota de sangre de la muchacha.

1 de febrero de 2012

Persiguiendo a Amy. 6.-Lázaro

No sacaron las armas, pero no por ello dejaron de otear el horizonte, de mirar a lo lejos buscando una emboscada, el rastro de cualquier peligro o enemigo.
Pero al final solo era lo que parecía. Una cría con las ropas tan raídas como las suyas, cubierta de polvo y el rostro cansado, que empezó a parlotear de modo incansable.

-Vaya vaya… así que una dama… -Lázaro se rascó la nuca, analizando la situación

-Mira, así nos hace juego con el Señor Conde… -Uno de los hombres se echó a reír señalando a Leonardo, quien enseguida ejecutó una graciosa reverencia.

-Lo cierto, señora… -Lázaro llevaba demasiado tiempo entre estafadores como para creerse la historia de la muchacha, pero una oferta era una oferta. Si no lograban sacarle unos escudos, fuere como recompensa o vendiendo las carnes de la moza en el primer burdel del camino, por el Altísimo que dejaba de llamarse Lázaro Medina. –Como bien podéis ver, nosotros tampoco pasamos por nuestro mejor momento… El camino está lleno de salteadores y ni siquiera un grupo como el nuestro se ve libre de sufrir sus embates…

También podrían dejarla allí tirada. Que timara a otros… Pero el gesto mohíno de la zagala, acompañado de la dulce promesa del oro, le decidieron por escucharla. A fin de cuentas se dirigían a Huesca.

-Sin embargo… -El gesto se mudó en uno de ligero alivio y Lázaro sonrió. ¿La moza creía que los había engañado? ¿A ellos? –Si no teméis viajar con un grupo como el nuestro estaremos dispuestos a escoltaros hasta Huesca. No podemos ofreceros desayuno, apenas nuestra compañía, pero llegaremos en apenas unas horas y, con suerte, no tendremos que cruzarnos con ninguno de esos asaltantes que tanto detestáis.

Los hombres se rieron divertidos. Cruzarse con ellos, viajar con ellos… ¡Qué gran diferencia!

-Os presento a mis hombres, vuestros hombres, ahora, por lo visto… Este es Servando… Alejaos de sus dados… Ese joven alto es Hernán. Salvatore y Conrado.

Cada uno a su manera, saludaron a la muchacha. Servando le hizo un gesto con una mano mientras hacía girar un denario entre los dedos de la otra. Hernán inclinó la cabeza y Salvatore le dedicó una reverencia solo igualable en estilo por la de Leonardo. Conrado se limitó a mirarla con esa mirada de hielo y escarcha que le caracterizaba.

-Leonardo, a vuestros pies, señora.

-Y en cuanto a mí… Mi nombre es Lázaro. A vuestro servicio.

24 de enero de 2012

Persiguiendo a Amy. 3.-Lázaro

-¿Y si en Huesca o en Zaragoza tampoco saben nada de la revoltosa? ¿Qué vamos a hacer? Nos dirigimos a Castilla directamente? ¿Volvemos a Francia?

Lázaro suspiró. Leo podía ser un actor excelente, un luchador más que aceptable y un ladrón poco menos que mediocre, pero como optimista era un completo fracaso. Lázaro llevó la mano a la nuca, pero no llegó a terminar el gesto. Necesitaba ese baño y empezaba a estar dispuesto a matar por él.

-Aquel sacerdote en Lourdes dijo que había pasado por allí, ¿no? Y que le había contado que venía a España, aunque no recordaba si buscando las raíces de su padre o de su madre. Y, conociéndola, yo diría que padre… así que nos deja un área de… aquí a Segovia, más o menos.

-Ya podía haber sido más específica, voto a… De todas formas, el sacerdote también nos dijo que nos iba a dar asilo y ya ves lo poco que tardó en denunciar a François.

El maldito francesito. Casi les habían linchado por culpa de aquel maldito bastardo francés, que no tuvo mejor idea que...

-Se lo merecía. Era un necio y un hipócrita.

-Ya…
-¡Eso por descontado! Echáis de menos a la moza, ¿eh?

-¡Métete en tus asuntos, mentecato!

Empezaron a discutir. Eso se les daba muy bien. Si no era por el camino, era por el tiempo o por la paga, por el juego, mujeres, religión o política, tanto daba. El caso era discutir. En el fondo era buena cosa. Los agresivos paliaban su agresividad a gritos (o a golpes, cuando la cosa se calentaba demasiado) y los más dados a la dialéctica tenían dónde meter baza. Y permitía a los hermanos Medina echarse a un lado y planificar el viaje, el asalto o lo que tuvieran en mente.

Lo malo era que los gritos atraían a los asaltadores como la miel a las moscas, pero por suerte ese día debían estar de descanso porque no se cruzaron con ninguno. El camino transcurrió tranquilo hasta la puesta de sol, montaron el campamento y organizaron los turnos de guardia. Lázaro supervisó la operación, observó como el primero de la noche ocupaba su puesto y se envolvió en la manta para intentar evitar el frío que amenazaba con morderle hasta los huesos.

-Y, por el Altísimo, que alguien le quite los dados a Servando… ¡La última noche le oí apostándose el desayuno con una ardilla!

18 de enero de 2012

Persiguiendo a Amy. 1.-Lázaro

Lázaro se rascó la nuca, revolviéndose aún más, si cabe, el pelo. Lo hacía siempre que se paraba a pensar. Y lo cierto era que en ese momento necesitaba pensar. Llevaban un par de semanas en Aragón, fingiéndose partidarios de uno u otro bando según les conviniese, haciéndole creer a las gentes del camino que apoyaban a uno u otro ejército, a uno u otro grupo armado e, incluso, apoyándolos con las armas de ser necesarios, solo por avanzar, por sobrevivir y, por qué no, por ganarse la soldada. No les había ido mal, apenas habían sufrido bajas por el camino. Tan solo el francesito repelente, que no logró pasar de Lourdes y a quien Lázaro no iba a echar de menos en absoluto, y el joven italiano, que cayó en la última refriega. Lázaro buscó a su hermano con la mirada al recordar al italiano. Había hecho muy buenas migas con el otro, y estaba seguro de que sentía su ausencia… pero no había dudado a la hora de dejarlo atrás. El que caía, se que daba atrás, sin excepción. Eran las normas. No se esperaba por nadie…

Lázaro pensó qué habría hecho si el que hubiera caído fuese Leonardo. Quería pensar que sería lo suficientemente fuerte como para abandonar a su hermano y seguir adelante, acabar con aquello de una vez y luego volver a por él, aunque sabía que no lo haría. Habría mandado al cuerno a los demás, al resto del grupo, y se habría quedado con su hermanito. A fin de cuentas, sin él aquello no tendría demasiado sentido.


-Oye, Leo… ¿tú qué dices? ¿Bajamos a la capital o nos encaminamos hacia el oeste directamente?

Leonardo pestañeó volviendo a la realidad y se encogió de hombros.

-¿Qué más da? Cualquier cosa menos volver a Jaca de nuevo. No hacemos más que dar vueltas, hemos entrado como cinco veces a la ciudad. Y nadie sabe nada de ella, estamos perdiendo el tiempo. A lo mejor vino por Cataluña, a lo mejor… No sé, pero hemos perdido la pista de nuevo. Tú decides.

Lázaro volvió a rascarse la nuca, pero enseguida retiró la mano. Tenía el pelo sucio del polvo del camino y el sudor. Realmente sucio. Necesitaba un maldito baño desde hacía casi una semana.

-Supongo que podemos volver a Jaca esta noche. Al menos allí podremos dormir bajo techo antes de continuar el camino.

Y darse el maldito baño. Caliente, a ser posible. En ese momento Lázaro habría dado todo su capital por un baño caliente.

-Hablad por vos, señor… A mi apenas me quedan… -El hombre que había hablado rebuscaba ahora en su bolsa. –Veinte denarios. ¡Por la misa que hoy me toca volver a dormir al raso! Puestos a ello, prefiero hacerlo avanzando camino.

-Si no hubieras apostado todo tu dinero…

-Ya sabéis lo que dicen… no siempre se gana… Del mismo modo, no se ha de perder siempre. Llegará el día en que cambie mi suerte, sí señor.

-Vamos, Servando… La última vez tuvimos que prestarte hasta ropa… -Leonardo se echó a reír y el hombre se quedó refunfuñando sobre la mala suerte y los tramposos.

-De modo que volvemos al principio. ¿Zaragoza?

-Sea. Quizá en la capital hayan oído algo de la revoltosa. Conociéndola, seguro que no ha podido evitar pasar por una gran ciudad.

-¿Pasaremos por Huesca?

-Sí. Necesito un baño y dudo que lo encuentre en el camino…

Los hombres se rieron tomando la desesperación de Lázaro por un simple chiste. Que se rieran. Él pensaba conseguir ese baño tan pronto llegar a la ciudad oscense, aunque tuviera que dedicarse a allanar casa por casa hasta encontrarlo…

-¿Alguien sabe si hay casinos en Huesca?