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6 de agosto de 2012

ETPA 2.- Capítulo 3: Preparándose

Dejó los pedazos de papel en la entrada. Ya los limpiaría más tarde.

Se volvió a pasear hasta la cocina y se preparó otro desayuno, algo más consistente. Mientras calentaba agua al fuego, se acercó a la habitación para vestirse. Apretó con rabia las tiras de un corpiño ajustado y se embutió en unos pantalones ajustados.

Ya debía haber pasado la hora sexta hacía tiempo, apenas le quedaba medio día para maitines. Y debería salir antes si quería seguir el ritual. Y esa noche necesitaba seguir el ritual.

El agua hervía con fuerza cuando volvió a la cocina, arreglándose el pelo. Añadió dos cucharadas de la infusión y lo alejó del fuego. Pasó la siguiente hora entre sorbos, rebuscando en los cajones en busca de los libros y de algún resto de pergamino que le pudieran quedar.

Apuntó varios hechizos y se deslizó los pedazos de pergamino en el escote, enroscados en un canutillo estrecho. A continuación sacó varias tiras de cuero fino que se enlazó en las manos como protección y enroscó alrededor de sus antebrazos. Repitió lo mismo en sus piernas y enganchó un par de dagas en ellas, cubriéndolas con unas botas altas. En las tiras de los brazos, solo un par de agujas. Se colgó la espada y la misericordia a la cintura, junto con varios saquillos que rellenó de aquello que creyó que podría llegar a necesitar. Adjuntó varios monedas y recitó el hechizo para reforzar el escudo mientras preparaba las trampas en la puerta y las ventanas.

Suspiró, se enderezó, se recolocó el escote y se echó el pelo hacia atrás, revolviéndolo un poco de modo que le diera ese aire algo más salvaje que sabía le favorecía. Se cubrió con la capa y salió con la cabeza alta.

La taberna estaba llena cuando entró. Repasó a los parroquianos con la mirada, sopesando cada una de las posibilidades, pero ninguno le convenció lo suficiente como para perder tiempo con él. Tenía cosas más importantes de las que preocuparse. Comer y aprovechar hasta vísperas para recorrer el mercado. A lo mejor encontraba algo que pudiera ayudarla. Luego aún le quedarían varias horas para completar el ritual y acudir a la cita. Aunque sin Jules, ¿cómo pensaba hacerlo?

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¿Cómo hará el ritual?

a) Sola.
b) Con el primero que encuentre.
c) Buscará a otro viejo amigo.
d) Pasa del ritual y va directamente a la cita.
e) ¿Se os ocurre algo más? ¡Contádmelo!

5 de junio de 2012

Persiguiendo a Amy 55 .- Salvatore



Salvatore remató con disgusto al desdichado arrodillado a sus pies, limpiando el filo de su daga con su pañuelo antes de envainarla. Siguió a los demás escaleras arriba hasta abandonar aquel antro, y miró al cielo. Aún era noche cerrada, tenía tiempo. Sonrió.

- Caballeros... -hizo una reverencia, quitándose el sombrero, como si fuesen señores- ¡no me busquéis hasta por la mañana! ¡Nos veremos en la taberna de antes! -apuntilló ya desde lejos, perdiéndose tras la esquina de una callejuela.

Tenía buen sentido de la orientación, en unos minutos había llegado, escurridizo como una sombra, hasta la casa de la amiguita de Leonardo. Las contraventanas de la habitación de la criada no estaban cerradas, así que se aventuró a lanzar un guijarro contra el cristal, escondiéndose después entre las sombras del callejón, al acecho. No había pasado ni un minuto cuando las ventanas se abrían, asomando la cabeza de la joven. Salvatore sonrió, era evidente que la muchacha lo estaba esperando, y su sonrisa se ensanchó cuando le dijo que su señora no estaba en la casa. Antes de que terminara la frase Salvatore había trepado al balcón con la agilidad de un felino, y se colaba por la ventana.

La muchacha era pequeña y algo flaca para su gusto, pero tenía unos ojos bonitos y una sonrisa dulce. No le costaría demasiado seducirla, aquel brillo en los ojos ya la delataba, pero aún así sacó su laúd y, arrodillándose ante ella le cantó muy bajito una mentira que ella, arrobada de gozo, quiso creerse, y alabó sus oídos de criada con palabras que merecería una princesa... Porque tenía debilidad por aquellas pobres muchachas cuya juventud se marchitaría fregando, o cocinando, o barriendo, o en las más brutas tareas, y que probablemente se entregarían a otros más bárbaros que no se tomarían la molestia de cortejarlas. De modo que cantó para ella con su mejor voz:

Desd´el día que miraron mis ojos vuestra presencia,
de tal forma se mudaron, que no consiente ausencia.

Vuestros amores é, señora, vuestros amores é...

Tengo siempre el pensamiento en servir i contentaros,
que vuestro mereçimiento jamás me dexa olvidaros.

Vuestros amores é, señora, vuestros amores é...

Es vuestra gentil figura tan perfeta y acabada
que con gracia y ermosura teneis mi vida rrobada

Vuestros amores é, señora, vuestros amores é...

Pues quiso mi ventura que de vos fuese cativo,
dadme vida sin tristura, pues por vos muriendo bivo.

Vuestros amores é, señora, vuestros amores é...


No hizo falta mucho más para que la pobre se rindiera a los encantos del bardo, aquellas eran conquistas con poco riesgo y poco mérito, pero se entregaban casi con candor, y eso le hacía sentirse algo incómodo cuando abandonaba el cuarto a hurtadillas, en la madrugada. No pudo resistirse a darle un beso antes de salir de nuevo a la noche, creyéndola profundamente dormida. Mas la chica despertó, y al verlo vestido, unas lágrimas silenciosas acudieron a sus ojos. No parecía extrañada, sólo triste. Lamentó no haberse ido antes. Y cuando buscaba desesperadamente algo que decir, fue ella la que habló:

- Es por esa tal Amelia a la que buscáis, ¿no? ¿vos también la amáis, no es así? A fe que es bella... -hipó, secándose las lágrimas con la sábana.

Salvatore se acercó y la cogió por las muñecas, mirándola a los ojos:

- ¿Habéis visto a Amelia? ¿está aquí?

-La mujer forastera de los ojos verdes y larga melena... -la chica, algo asustada, desistió de la escena de celos, y contestó a las preguntas con la mansedumbre de años de servir- Esas... mujeres siempre llaman la atención allá por donde pasan. La vi hace dos o tres días en el mercado, compraba comida para marchar hacia la capital. Iba vestida con un peto de cuero, como un hombre, y llevaba una espada corta, como los demás hombres con los que iba.

- ¿Un peto de cuero? ¿como los de los soldados? ¿eran soldados? ¡vamos, cuéntame! -le dijo, con cierta urgencia.

- Esa... esa impresión me dio, mercenarios que marchaban a la capital, como muchos otros han hecho desde que empezaron los conflictos...

- Grazie mille, cara...

La muchacha aún lloraba cuando la besó por última vez y salió por la ventana. Aún no había amanecido, pero tenía que correr a la posada y despertar a Leonardo y los demás. Tal vez la Revoltosa estuviera en grave peligro.

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(Salvatore por Sherezade)

7 de mayo de 2012

Persiguiendo a Amy 43.- Salvatore


Aquel par de pícaros condujo a Salvatore hasta una casucha adosada a la muralla oscense. Seguía metido en su papel de "primo" al que van a desplumar, pero empezaba a costarle fingir tranquilidad... Cuando entró a la habitación en el sótano, sopesó que al menos un par de aquellos tipos había matado más de una vez. En aquel antro parecía darse cita lo más granado de la chusma oscense: timadores, charlatanes, bandidos de la peor ralea... Salvatore confiaba en la fuerza de Servando y en su propia destreza con la daga, pero deseó que Leonardo y Conrado no anduviesen lejos, o podrían verse en serios problemas.

Hizo tintinear en su mano las pocas monedas que había reunido, fingiendo despreocupación. Los que jugaban en aquella mesa alzaron la cabeza al oírlo. A la pobre luz que brindaba el candil de sebo identificó a Servando, y con un gesto impaciente le dio a entender que le siguiese la corriente, como si no se conociesen. La frente del condenado ya estaba perlada de sudor, a saber cuánto había perdido ya a los dados, porque en aquel momento los retiraban para sacar una manoseada baraja...

Salvatore se temía que, en el mejor de los casos, saldrían de allí con el pellejo ileso y sin un denario. Eso si Servando no había perdido ya más de lo que podía pagar... Sobre todo porque el italiano no tenía ni idea de juegos de cartas, salvo lo poco que escuchaba cuando Servando les relataba durante horas los pormenores de las partidas que había estado "a esto de ganar". Mientras miraba los ajados naipes, recordó la primera y última vez que había jugado... Sólo era un muchacho, y lo habían dejado sin blanca en una partida de "gioco di Primiera"... Recordó cómo lo había consolado la tabernera del local, y cómo había abandonado para siempre la afición al juego por la afición a las damas...

Se sentó, saludando a sus compañeros de mesa, que esgrimieron sonrisas taimadas, no todos los días tendrían dos presas fáciles juntas. Servando sólo tenía ojos para el mazo de cartas, quizá conjuraba así a la suerte que con tanta frecuencia lo esquivaba. El hombre de la oreja mellada repartió, y el silencio en la sala se hizo más espeso. Salvatore afianzó los pies en el suelo, sintiendo la daga pegada a su costado, por si hubiera que salir de allí por las malas. Después, observó lo que salía en aquella mano y procuró actuar como si supiera lo que estaba haciendo.

En aquel momento llamaban a la puerta.

-¿Santo y seña? -preguntaba el anciano. Su voz sonaba amortiguada desde arriba de la escalera.

- ...

- ¡Santo y seña! -repitió, casi gritando esta vez.

La concurrencia se volvió hacia la escalera, donde en lo alto el vigilante empezaba a impacientarse, asomando la bulbosa nariz por la mirilla, a fin de identificar quién llamaba. Salvatore podía imaginarse quienes eran. Vió cómo acudían a un par de manos sendas navajas melladas. Fue entonces cuando se levantó de un brinco, haciendo caer la silla a su espalda, y señalando a Servando con un dedo enhiesto, gritó:

- ¡Maldito, te he visto mirarme las cartas! ¡Tramposo!

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(Nuestro buen bardo, siempre por Sherezade. ¡Te queremos, Cher!)


12 de febrero de 2012

Persiguiendo a Amy. 10.-Conrado

Conrad, o Conrado como su madre se había empeñado siempre en llamarlo, había nacido a orillas del Lipp, en la costa del sur de Inglaterra.
Hijo de un ollero bretón y la hija bastarda de un caballero castellano, había crecido entre los barros de su padre y las ansias de su madre de recuperar la posición que según ella le pertenecía.

A la temprana edad de trece años su callada furia se cobró la primera víctima y tuvo que huir de las colinas que eran su casa y empezar una nueva vida de pura supervivencia en Francia, donde por aquellos tiempos nadie reparaba en un muchacho callado y taciturno y que había hecho del pasar desapercibido un arte.
Encontró un nuevo hogar en La Roche-Derrien, de donde tuvo que volver a huir 4 años después, tras una refriega que acabó algo peor de esperado. Así conoció a los hermanos Medina y con ellos caminó hacia el sur, en busca de una muchacha a la que llamaban la revoltosa.

Conrado jamás se metía en las discusiones de sus compañeros de viaje, siempre era preferible mantenerse al margen, observar y callar. La vida le había enseñado que eso nunca traía problemas. Cada vez que había tomado partido en un "inocente" intercambio de opiniones, había tenido que marcharse dejando todo atrás. Bien parecía que la mezcla de sangre bretona y castellana no había dado su mejor resultado en él.

Y así fue como terminó en tierra aragonesa, recorriendo los caminos con hombres con los que apenas cruzaba palabras, y de esa manera fue como terminó de escolta de una supuesta dama que aún no había dado dos pasos con ellos y ya se había atrevido a insultarlos.
Conrado rozó la hoja del puñal que siempre llevaba oculto bajo la capa; buen caldo habría salido con una gallina clueca como aquella. Sin embargo la intervención de los hermanos fue una vez más providencial. El ver a aquella altiva muchacha suplicar por su vida casi consiguió dibujar una sonrisa en su cara, quizá la segunda o tercera de toda su vida. No le había gustado desde el primer momento en que la vio aparecer en el camino y menos le había gustado cuando a pesar de su amabilidad, se había atrevido a insultarlos con esa voz que le destemplaba los nervios.
Más le valía a la pequeña comportarse el resto del camino que debían hacer juntos, pues aunque su mirada bien parecía que podía cortar, más estragos podía causar sin duda aquel puñal escondido, único recuerdo de sus días de niñez a orillas del Lipp.

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Conrado mola. Su creadora, Haranne, tb mola. Y tengo que hacerle mucho la pelota aquí porque es a la única a la que no le pude pedir permiso. De todas formas, y por desgracia, es lo único que nos regaló de él en Amy. Te echo de menos, Herr. 

6 de febrero de 2012

Persiguiendo a Amy. 8.-Lázaro

Servando dejó de jugar con la moneda que llevaba en la mano derecha. No era buena señal, Servando sólo dejaba de jugar con las monedas cuando estaba a punto de matar, o cuando estaba a punto de perderlo todo. Salvatore y Hernán habían llevado la mano a las armas, y Conrado había retirado de su mirada unos cuantos grados, haciéndola aún más fría, volviendo la escarcha en amenazantes, agudos carámbanos. En cuanto a Lázaro, no sabía si la muchacha era demasiado valiente o demasiado inconsciente, pero si no hacía algo, tenía bien claro que acabaría siendo demasiado muerta. Y decidió que, el mejor modo de defenderla, era atacarle.

-¿Sabéis, señora, que haríais un bel cadáver? -Era el que estaba más cerca, así que no tuvo difícil ser el primero en llegar. Le apoyó la daga en la garganta. -¿Qué pensáis? ¿Estaría dispuesto a pagar vuestro padre por recibir al menos vuestros restos?

La joven intentó retroceder, pero Leonardo ya se había colocado a su espalda. La sujetó por los hombros y la acercó a su cuerpo, inmovilizándola y susurrándole al oído. Lázaro no pudo oírlo, pero sabía lo que le estaba diciendo. Conocía aquel juego.

-Pedídmelo, mi señora y haré que pare...

La mujer enrojeció y los hombres se rieron. Lázaro sonrió. Eso era bueno. Con suerte no tendría que matarla.

-Si por mí fuera, pasaría por alto esta ofensa... Me debo al Altísimo y éste no desea más que la paz...
Leo le sonrió desde detrás de la muchacha. Pasó uno de los brazos por delante de sus hombros, para inmovilizarla contra su cuerpo, y enredó sus largos dedos en la melena de la moza, sujetándole la cabeza. Le hablaba casi al oído, así que apenas alzaba la voz para hablarle. Fría y tranquilamente. Como cuando, fingiéndose noble, ordenaba un castigo.

-El Altísimo sabrá perdonaros, padre Lázaro. -Y volvió a susurrar a la muchacha. -Pedídmelo... o estáis muerta...

Leonardo había comprendido. Buen chico. Lo cierto es que llevaba un tiempo pensando en cómo presentarse en Huesca, y había llegado a la conclusión de que la historia de la nobleza de Leo no serviría, tal y como andaba la política. Pero un sacerdote siempre era una buena opción...

-No sé, hijo, no sé... De todas formas, señora, como veréis, estos hombres piden una compensación... Pedidles perdón y tal vez...tal vez no tenga que mataros.

Y completó la amenaza arañando su blanco cuello con la daga, dejando una ligera marca rojiza, arrancando una única gota de sangre de la muchacha.