5 de junio de 2012

Persiguiendo a Amy 55 .- Salvatore



Salvatore remató con disgusto al desdichado arrodillado a sus pies, limpiando el filo de su daga con su pañuelo antes de envainarla. Siguió a los demás escaleras arriba hasta abandonar aquel antro, y miró al cielo. Aún era noche cerrada, tenía tiempo. Sonrió.

- Caballeros... -hizo una reverencia, quitándose el sombrero, como si fuesen señores- ¡no me busquéis hasta por la mañana! ¡Nos veremos en la taberna de antes! -apuntilló ya desde lejos, perdiéndose tras la esquina de una callejuela.

Tenía buen sentido de la orientación, en unos minutos había llegado, escurridizo como una sombra, hasta la casa de la amiguita de Leonardo. Las contraventanas de la habitación de la criada no estaban cerradas, así que se aventuró a lanzar un guijarro contra el cristal, escondiéndose después entre las sombras del callejón, al acecho. No había pasado ni un minuto cuando las ventanas se abrían, asomando la cabeza de la joven. Salvatore sonrió, era evidente que la muchacha lo estaba esperando, y su sonrisa se ensanchó cuando le dijo que su señora no estaba en la casa. Antes de que terminara la frase Salvatore había trepado al balcón con la agilidad de un felino, y se colaba por la ventana.

La muchacha era pequeña y algo flaca para su gusto, pero tenía unos ojos bonitos y una sonrisa dulce. No le costaría demasiado seducirla, aquel brillo en los ojos ya la delataba, pero aún así sacó su laúd y, arrodillándose ante ella le cantó muy bajito una mentira que ella, arrobada de gozo, quiso creerse, y alabó sus oídos de criada con palabras que merecería una princesa... Porque tenía debilidad por aquellas pobres muchachas cuya juventud se marchitaría fregando, o cocinando, o barriendo, o en las más brutas tareas, y que probablemente se entregarían a otros más bárbaros que no se tomarían la molestia de cortejarlas. De modo que cantó para ella con su mejor voz:

Desd´el día que miraron mis ojos vuestra presencia,
de tal forma se mudaron, que no consiente ausencia.

Vuestros amores é, señora, vuestros amores é...

Tengo siempre el pensamiento en servir i contentaros,
que vuestro mereçimiento jamás me dexa olvidaros.

Vuestros amores é, señora, vuestros amores é...

Es vuestra gentil figura tan perfeta y acabada
que con gracia y ermosura teneis mi vida rrobada

Vuestros amores é, señora, vuestros amores é...

Pues quiso mi ventura que de vos fuese cativo,
dadme vida sin tristura, pues por vos muriendo bivo.

Vuestros amores é, señora, vuestros amores é...


No hizo falta mucho más para que la pobre se rindiera a los encantos del bardo, aquellas eran conquistas con poco riesgo y poco mérito, pero se entregaban casi con candor, y eso le hacía sentirse algo incómodo cuando abandonaba el cuarto a hurtadillas, en la madrugada. No pudo resistirse a darle un beso antes de salir de nuevo a la noche, creyéndola profundamente dormida. Mas la chica despertó, y al verlo vestido, unas lágrimas silenciosas acudieron a sus ojos. No parecía extrañada, sólo triste. Lamentó no haberse ido antes. Y cuando buscaba desesperadamente algo que decir, fue ella la que habló:

- Es por esa tal Amelia a la que buscáis, ¿no? ¿vos también la amáis, no es así? A fe que es bella... -hipó, secándose las lágrimas con la sábana.

Salvatore se acercó y la cogió por las muñecas, mirándola a los ojos:

- ¿Habéis visto a Amelia? ¿está aquí?

-La mujer forastera de los ojos verdes y larga melena... -la chica, algo asustada, desistió de la escena de celos, y contestó a las preguntas con la mansedumbre de años de servir- Esas... mujeres siempre llaman la atención allá por donde pasan. La vi hace dos o tres días en el mercado, compraba comida para marchar hacia la capital. Iba vestida con un peto de cuero, como un hombre, y llevaba una espada corta, como los demás hombres con los que iba.

- ¿Un peto de cuero? ¿como los de los soldados? ¿eran soldados? ¡vamos, cuéntame! -le dijo, con cierta urgencia.

- Esa... esa impresión me dio, mercenarios que marchaban a la capital, como muchos otros han hecho desde que empezaron los conflictos...

- Grazie mille, cara...

La muchacha aún lloraba cuando la besó por última vez y salió por la ventana. Aún no había amanecido, pero tenía que correr a la posada y despertar a Leonardo y los demás. Tal vez la Revoltosa estuviera en grave peligro.

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(Salvatore por Sherezade)

1 de junio de 2012

Persiguiendo a Amy 54.- Lázaro


-¡Señor! Parad, os lo ruego...

Y por la misa que no era otra su intención... Echándose a un lado apoyó la espalda y la cabeza contra el muro más cercano, mientras Hernán se enfrentaba al último hombre.

-Sé que me arrepentiré de esto, Hernán, pero déjalo con vida. Por lo visto tiene quien se preocupe por él...

Observó la figura estática que los observaba envuelta en la oscuridad y no pudo reprimir un gemido preocupado, más cuando Hernán ni siquiera se había percatado de su presencia. El tiempo que había pasado con los monjes no le había lavado del alma las supersticiones que le habían inculcado de pequeño las mujeres de la casa donde "trabajaba" su madre: el hecho de que el timbre de la voz no se le antojara del todo extraño, no le quitó esa sensación amarga. La Dama Negra que llegaba al final, siempre al final, para acompañarte hasta la otra orilla, junto al Altísimo. La Gran Meretriz, que decían las rameras, compañeras de su madre, con la que al final, todos nos acostamos.

Los monjes decían que no eran más que leyendas estúpidas, que la muerte no era más que un proceso por el que el alma viajaba junto al Señor, no una dama... pero él no podía dejar de imaginarla así, con el rostro cubierto por los velos oscuros y esos labios capaces de llevarte al otro mundo con un simple roce...

-No lo mates, pero tampoco seas demasiado blando... No tengo ganas de volver a cruzármelo mientras estemos en Huesca. Y vos no os preocupéis, señora. Dejaremos a vuestros compañeros con vida... Lo intentaremos, al menos.

Torció la boca en su sonrisa más amarga y, apoyándose en el arma, recogió el atado con el hábito del suelo.

Mientras tanto, Hernán había sacado una botella de debajo de la capa y le daba largos tragos, entrecerrando los ojos con deleite.

- Tienes mal aspecto… ¿Te apetece un trago? ¡Delicioso! Estos curas se lo montan bien con el tema del alcohol… Por cierto, deberías esquivar las espadas antes de que te corten...

- ¿Esquivarlas? Que te aspen, Hernán... ¡Maldita sea! Casi nos matan por una botella de vino... Casi me matan, al menos.

Pero no pudo evitar reírse. Ese tipo alto siempre lo sorprendía... Se volvió para analizar fríamente, ahora que su vida no estaba en juego, a la sombra del callejón.

Así ardiera en el infierno si no la conocía. Era la damisela en apuros. No era otra que la muchacha del camino. El Altísimo la confundiera, no les iba a traer más que problemas. En mala hora habían aceptado llevarla con ellos...

- ¿No deberíais estar ya en vuestra cama? No creo que este sea lugar para una dama como vos... ¿Y qué tenéis que ver con esta... escoria?

Sonrió ante el apelativo. No eran más escoria que ellos mismos. La joven en cambio, no parecía preocuparse ahora lo más mínimo por los individuos heridos. Los miraba, en cambio, entre preocupada y asustada, alternando la vista entre él y Hernán, y apenas tartamudeó un par de palabras. Una de ellas, el nombre de su hermano. El muy hijo de... Volvió a sonreír. Sí, esa era la expresión exacta.

Decidió que, antes de nada, lo importante era sacarse del medio, evitar una posible guardia, y llevar a la moza a un lugar seguro ¿Qué lugar seguro podían encontrar en Huesca? ¿En una ciudad que no conocían? Decidió que lo mejor sería no perderla de vista y buscar a los demás. Había dejado a los otros en la taberna y allí los encontraría, casi seguro.

Agarró a la joven del brazo y le hizo un gesto a su compañero.

-Vamos, con suerte encontraremos en la taberna a vuestros dos amorcitos. Al menos, Hernán, seguro que al tuyo sí...

30 de mayo de 2012

Persiguiendo a Amy 53.- María de Quintana


A pesar de todo lo acontecido ese día, María no podía dormir. Estaba cansada, pero aún demasiado agitada y nerviosa como para permanecer en la cama dando vueltas. Se levantó sin hacer ruido, se vistió como pudo, pues no estaba acostumbrada a hacerlo sin ayuda de su criada, se puso una gruesa capa de lana y salió de la habitación con sigilo. La casa estaba oscura y en silencio, pero la luna iluminaba sus pasos. Llegó a la puerta de las cocinas, que daba a un pequeño patio, cruzó la verja y salió de allí.

En la calle hacía frío, tanto que María se quedó parada largo rato hasta acostumbrarse a la temperatura. Caminó sin rumbo, sintiendo el frío en su rostro. Necesitaba serenarse, calmarse, y olvidar la mirada dura y fría de Leo. El sonido de unos aceros chocando entre sí, la hizo dejar de lado sus pensamientos y prestar atención de dónde estaba. Se vió sola, en una calle oscura y apartada, perdida. Y ante sí, dos hombres luchaban, otro en guardia no les quitaba ojo, y dos más se retorcían en el suelo. Rezó por que no la hubieran visto, pero cuando se iba a girar para volver corriendo a casa, reconoció a uno de los hombres y su corazón se le encogió en el pecho.

- ¡Señor! - no se movió ni un centímetro, pero deseaba salir corriendo el dirección al hombre. No era capaz de reconocer los rostros de los otros cuatro hombres, pero temía que Leo estuviera allí y fuera uno de los heridos - Parad, os lo ruego.

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(María por Xie)

28 de mayo de 2012

Persiguiendo a Amy 52.- Leonardo


Fue una batalla rápida, sentenciada prácticamente desde el primer encontronazo. No les costó dominar la situación. Salvatore era rápido, Conrado, implacable y Servando, grande. En cuanto a él, hacía buen uso de sus lecciones de esgrima. Era grandioso lo que se podía llegar a hacer con un buen maestro. Y aunque muchos podrían pensar lo contrario, la Compañía de Teatro a quien su madre había encargado su educación estaba llena de buenos maestros. ¿Quién iba a haberlo educado mejor? Los de la farándula le habían enseñado todos los usos y costumbres de los nobles hasta el hecho de pasar por uno mejor que los propios descendientes de las más antiguas familias. A fin de cuentas, vivían de ello. No podían cometer el menor error. Y en la esgrima era exactamente lo mismo. Leonardo aprendió las mejores coreografías, las mejores estocadas, las mejores defensas, de un simple actor.

Pero los había aprendido bien. Apenas lucía un par de cicatrices fruto del acero, y una se la había causado Amelia, así que no podía contarla... La revoltosa había destilado la sangre de ramera y mercenario en una mezcla insidiosa y encantadoramente letal... Y de todas formas él no sabía alzar las armas contra su hermana.

Pero contra esos impresentables, no tenía el más mínimo remordimiento. Llegó el último a la fiesta, pero enseguida se avino a ella, esquivando mesas y sillas, tiñendo su arma de escarlata. Pronto los jugadores perdían la partida e imploraban piedad sollozando como niños de cuna. Escoria entre la escoria, perfecto.

Leonardo paladeaba el placer de la victoria, cuando notó las miradas de sus tres compañeros clavadas en él. Sorprendido, se recorrió el cuerpo con la mirada, pero no encontró motivo para tal expectación. Luego cayó en la cuenta. ¿Pero qué se creían, que era Lázaro?

-Vaya... ¿Qué queréis que os diga? No podemos dejar que se vayan de la lengua, pero...

No llegó a terminar la frase. Conrado ya había clavado su espada en la garganta del hombre más cercano, que murió con un gorgoteo húmedo por toda queja. Lucía una sonrisa que habría dotado a su rostro de una belleza y dulzura que no podía menos que helar la sangre del mismo diablo. Conrado solo sonreía así cuando la muerte servía a sus manos.

-Bueno, sea. Muertos no hablarán, y aquí tardarán en encontrarlos.

Dio un paso hacia la puerta, hundiendo su acero en el pecho de uno de los truhanes, que luchaba por ganar la salida.

-Que no escape ninguno o estaremos en un lío mayor...

Tuvo que gritar, para ser oído. El puñado de hombres se alzaron y retomaron su lucha en un intento desesperado por mantener su alma unida al cuerpo, llenando el aire viciado de la sala de aullidos de rabia desconsolada, la tortura de la muerte anunciada, mordiendo su cuerpo en manos de un grupo de canallas como ellos...

Las armas volvieron a brillar y a bailar en el cuartucho, y para cuando el dolor se silenció, Leonardo se agachó y recogió varias monedas de una bolsa.

-Dejad las armas y parte del dinero. Sí. El dinero. Dejadlo.

Sus compañeros le miraron como si estuviera loco. Pudo ver, incluso, un brillo peligroso en la mirada de alguno que casi le hizo desdecirse, pero ¡que diablos! si habían decidido obedecerle, que fueran consecuentes o por la misa que él seguía sabiendo pelear...

-Coged una parte y dejad el resto a la vista. Y si les quitáis algo, que no se note que los han desvalijado. Cuando los encuentren, porque seguramente los encontrarán, pensarán que se han matado los unos a los otros por una mala partida. Y eso ha sido. Su última mala partida.

Sonrió, con esa sonrisa retadora, pícara, que hacía perder la cabeza a muchas mujeres y que desquiciaba a los hombres hasta el punto en que había desnudado aceros y damas solo por ella.

-Y vámonos cuanto antes. Estoy harto de esto y necesito una copa. Vosotros, desgraciados, ya habéis bebido bastante -se echó a reír- y a mí entre la moza y vuestras correrías, no me habéis dejado probar ni una gota...

25 de mayo de 2012

Persiguiendo a Amy 51.- Salvatore


Por fin, en aquel tugurio oscense la jarana había comenzado. Salvatore sonrió. Su cuerpo perdió la rigidez, los pies se adelantaban y volvían a su posición secundando cada estocada, su mano libre se movía para equilibrar el torso. En cierto modo, la lucha tenía algo de danza. Y Salvatore era un buen bailarín.

Lo repentino del combate y la entrada de Conrado y Leonardo pronto inclinó la balanza hacia el bando de los forasteros. Los escurridizos tahúres imploraban clemencia ante los ojos furibundos de Servando. Los matones presentaban resistencia en silencio. Un navajazo certero a punto estuvo de rajar la cara del bardo.

- ¡Ma, figlio di...! ¡Nel viso!

Arremetió con lances ágiles y prestos que hicieron retroceder a su rival. Su daga no era grande, pero en un par de ocasiones se hundió en la carne levemente, lo bastante para teñirse de rojo. Si le hubiese marcado la cara, Salvatore lo hubiese degollado sin dudar.

Miró a su alrededor, y vio que la pelea había terminado, los últimos que se resistían miraban resignados al acero a pocos palmos de su cara, desde el suelo. Los tres miraban a Leonardo sin envainar sus armas. Un movimiento afirmativo de su cabeza, y aquellos pobres diablos no verían amanecer. Eso sí, pasase lo que pasase, pensaba recuperar sus monedas y llevarse además todas las de aquellos maleantes. No parecían del tipo de gente que acude a la guardia a dar parte del suceso. Es más, no parecían del tipo de gente que quisiera estar a cien yardas de la guardia. Salvatore pensó que igualmente, después de aquello no podrían quedarse mucho más tiempo en Huesca, podría ser peligroso. Y a fin de cuentas, allí no habían encontrado ni rastro de la Revoltosa…

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(Salvatore by Sherezade.)

23 de mayo de 2012

Persiguiendo a Amy 50.- Leonardo


Llamaron a la puerta y se echaron a un lado. Si abrían, no los pillarían delante. Tampoco los podrían ver bien.

-¿Santo y seña?

Leonardo miró a Conrado que se encogió de hombros. ¿Pero qué santo y seña ni que... ? El hombrecillo de la puerta se impacientaba, Leonardo podía sentirlo.

-¡Santo y seña!

Leonardo se encogió él también de hombros. Si había que entrar, había que entrar.

-¡Abran paso a la guardia!

Pudo notar el desconcierto del hombre del otro lado de la madera que cerraba la casucha. De todas formas no duró mucho.

-¿Qué estúpido truco pretenden? Por aquí la guardia...

Leonardo se quedó sin saber qué hacía la guardia por esos lares. Se oyó un estruendo apagado, allá dentro, y un juramento por parte del guardia. Lo oyeron alejarse de la puerta corriendo.

-Maldita sea su estampa... ¿Vamos?

Conrado asintió. Se alejaron unos pasos de la puerta y cargaron contra ella, los dos a una. La madera resonó con fuerza, pero apenas tembló. Dentro el ruido era mayor. Volvieron a embestir la puerta. Esta vez se combó un poco. Leonardo se frotó el hombro dolorido.

-Caerá como me llamo Leonardo Medina...

Y cayó. Al cuarto golpe, la puerta se soltó de sus goznes y Leonardo cayó con ella junto al comienzo de las escaleras. Ahora le llegaba mucho mejor el ruido de la lucha. Conrado ya bajaba los escalones. Se levantó y lo siguió, sacando la espada que había ocultado a su espalda.

21 de mayo de 2012

Persiguiendo a Amy 49.-Lázaro


¿Tumbado? ¿Pero había bebido o qué diantres...? No, no lo suficiente, igual... Tal vez ahí estaba el problema...

La defensa de Hernán le permitió volver a ponerse en pie, aunque la herida le escocía como el mismísimo diablo. Por un momento pensó en dejar a su compañero a cargo de la situación, pero Hernán apenas se dedicaba a defender, basándose en cierto código estricto de honor y zarandajas varias que solo él y el Altísimo conocían.

Aprovechó, pues, que el tipo de cara de caballo atacaba de nuevo para tirar a fondo desde debajo del brazo de su compañero. El acero se deslizó suave entre dos costillas, apenas sin oponer resistencia. El muy cretino ni siquiera iba vestido para luchar... ¿Quién se creían que eran, dos turistas idiotas?

Se vio tentando de soltar el arma, pero el moreno ya estaba en pie y atacaba a Hernán. Dio un tirón seco para liberar la espada de su nueva vaina de carne humana. El hombre de rostro equino había gritado cuando se la clavó, pero ahora apenas gimió mientras caía. Mala herida. El Altísimo lo acogiera en su gloria... o no... Eso ya no era cosa suya, ya bastante había hecho dándole el pasaje al otro mundo...

-No te preocupes por mí, Hernán... Ese es todo tuyo... Sangre para calentar tu otra espada. Con un alma robada, para mí ya es suficiente por hoy...

Se mantuvo, no obstante, espada en alto, a la defensiva, sin perder de vista al moribundo ni al otro, que se retorcía intentando desclavar su mano de la tierra. Maldecía, y junto a los jadeos del moreno en su lucha contra Hernán, los chasquidos de los aceros al encontrarse y los gemidos agónicos del otro, la guerra parecía haber vuelto a aquel perdido callejón. Lázaro sonrió.

Luego volvió la vista al hombre del suelo. En minutos iba a ser cadáver... Otro cadáver más. Le dedicó su sonrisa más amarga mientras le susurraba, más para sí mismo que para el futuro difunto.

-Si hubiera aguantado un par de meses más en el monasterio, te habría podido dar la extrema unción, hermano... Ahora... Ahora nos vemos en el infierno. Pax Vobiscum...

18 de mayo de 2012

Persiguiendo a Amy 48.-Hernán


Tras escuchar las palabras de Lázaro no pudo evitar que se le escapará un suspiro mientras miraba al su rival, temeroso, en el suelo. No sabía lo que hacer y las palabras dichas solo le habían suscitado más dudas. Si hubiera sido una batalla justa le habría matado sin dudarlo un segundo.

- Supongo que me siento generoso - Dijo el hombre quitándole la espada de la garganta - no temas, no te mataré, todavía. Pero no dejare que vuelvas a unirte a la batalla - Continuo diciendo - así que mejor que cierres los ojos, dolerá.

Unos segundos después de decirlo el acero del hombre atravesó la mano de su rival, así no podría empuñar una arma con esa mano. Su rival no pudo reprimir un grito del dolor, pero debía dar gracias de conservar la vida.

- Por desgracia para ti, no me fio lo suficiente de tu otra mano - Dijo Hernán mientras retiraba la mano de la empuñadura - Así que conservaremos clavada la espada ¿Te parece bien? Volveré a buscar la espada, solo espera ahí quietecito.


Aprovechó el momento de tranquilidad para sacar la botella a la luz y observar que estaba intacta. “Menos mal” pensó el hombre alto. Volvió a ocultar la botella bajo la capa mientras su mirada ahora se centraba en la pelea de Lázaro. No le iba tan mal, seguía todavía vivo contra dos oponentes. ¿Acaso los hermanos Medina no le dejarían de sorprenderle?

- Bueno habrá que ayudarle - Dijo Hernán desenvainando la otra espada de su funda - aunque ya no recuerdo si ha pedido ayuda…

Por suerte se decidió ir a ayudarle justo a tiempo, antes de que cayera al suelo, dirigiéndose hacia Lázaro casi corriendo.

- ¡¡Hernán!!

Le llamó Lázaro, parecía angustiado por la situación.

- ¿Qué haces tumbado? – Dijo Hernán apareciendo justo a tiempo y parando la espada del rival - ¿Tomándote un descanso? ¡Te parecerá bonito! Mientras yo sufriendo sin beber de la botella… digo… sin beber desde la taberna…

Hernán se fijó el ahora su adversario, ¿o seguía siendo el de Lázaro?, que había retrocedido unos pasos al ver que las cosas se complicaban. No le podía quitar el rival a Lázaro, cada uno tiene que encargarse de sus contrincantes. Así que haciendo caso a su yo interior, el hombre alto se quedó a la defensiva mientras el señorito se decidía a levantarse.

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(Hernán, a manos de Alexsparda.)

16 de mayo de 2012

Persiguiendo a Amy 47.- Lázaro


Lázaro esquivó otro golpe del aragonés de cara de caballo y retrocedió un par de pasos. El moreno parecía intentar levantarse de nuevo.

-¿Y yo qué sé? ¿Podrías matarle o darle una patada o algo y ayudarme un poco? Esto duele y el tipo este… -Paró otro golpe. –¡Así el Altísimo lo confunda!

La siguiente estocada del enemigo volvió a pasarle demasiado cerca. No le gustaba hablar mientras luchaba. Lo desconcentraba. Esquiva otro ataque, parada en tercera y otro paso atrás. Estaba retrocediendo demasiado. Demasiado…

¿Cómo era aquella estocada que le había intentado enseñar Leo? Para empezar tenía que tratar de ganarle los tercios del arma a su adversario, haciéndole parar sus ataques con la parte más cercana a la empuñadura. Parar en cuarta y luego... Pero el moreno se alzaba, sujetándose la herida y Lázaro retrocedió otro paso más, tropezando. Paró la siguiente estocada ya desde el suelo.

-¡¡Hernán!!

14 de mayo de 2012

Persiguiendo a Amy 46.-Hernán


- Me ha tocado el enano… - Murmuraba Hernán mientras echaba un pequeño vistazo a la pelea de Lázaro - Que suerte tienen algunos… Este seguro que me rompe la botella al no poder atacarme más arriba…

Le encantaba quejarse en cada batalla, fuera por lo que fuese, siendo básicamente su forma de mantenerse centrado en el rival. Aunque su rival no estaba dispuesto a dejarle quejarse en demasía, atacándolo con movimientos rápidos mientras perjuraba a no sé quien sobre que iba a hacer no se qué.

- Encima me ha tocado hablador, - Seguía murmurando - por lo menos, podría aprenderse algunas frases diferentes…

Hernán iba parando los golpes como podía mientras buscaba el momento idóneo para esquivarlo y contraatacar de forma certera. Para ello, el hombre memorizaba los movimientos del rival para poder anticiparse. Aunque parecía que el ya apodado por Hernán como “enano hablador” no repetía golpes.

- ¿Izquierda? - Hernán miró a su rival y según los gestos parecía que esa era la dirección - No, al final es derecha…

El hombre alto esquivó el último golpe a duras penas consiguiendo salvar la botella del filo. Sin darle un segundo de respiro, su rival, volvía a la carga, ahora por el costado. Por suerte el juego de pies del hombre alto estaba a la altura de la velocidad de esos ataques pudiendo volver a esquivar el ataque poniéndose de cara al acero y echándose hacia la izquierda.

- Ahora cambia las tornas - El hombre alto aprovechó el fallo del rival para emprender su ataque - es hora de contraatacar...

Hernán dio un paso hacia adelante alzando la espada y descargándola hacia abajo en un golpe poderoso que a duras penas pudo pararlo el enano con su acero. Era su turno así que ahora la felicidad era extrema. El rival retrocedió unos pasos, cosa que hacían todos pero era algo ilógico, ya que concedían a Hernán volver a preparar otro golpe.

Mientras lanzaba el segundo golpe esta vez en horizontal pudo escuchar a Lázaro preguntarle qué hacía.

El hombre se encogió de hombros mientras veía su acero esquivado, cosa esperada, y emprendía ahora un golpe hacia el costado.

- ¿Luchar, no? – Disimulaba el hombre mientras observaba que su espada impactaba contra la del rival, haciéndole a este ultimo perder el equilibrio y caer al suelo - Ah, es por lo del brazo… Es que… Tengo frío, Lázaro, ya sabes que luchar a estas alturas de la estación y a estas horas hiela hasta la mismísima sangre.

Hernán suspiró al ver a su rival en el suelo y la espada, que instantes antes había buscado con ansia su carne, a sus pies. No podía negar que le habría gustado que su rival volviera a coger la espada, pero no podía dejarle hacerlo.

El hombre alto plantó una de sus botas sobre el acero para que no lo pudiera levantar su rival.

- En fin… Cuando empezaba a divertirme… - Dijo con desolación mientras le ponía la otra de sus botas en el peto de la armadura y la espada en la garganta- ¿Qué hago con este Lázaro?

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(Hernán por Alexsparda.)